Crónica negra de Hollywood: ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es una bala directa a tu cráneo

Ahora que queda menos de una semana para el esperado estreno de El hombre de acero, una no puede evitar pensar en aquellos que se quedaron en el camino por un título que está considerado uno de los malditos del cine. Christopher Reeves y su fatídica caída del caballo, la pobre Margot Kidder perdiendo la cabeza, el reparto horrible de Smallville… No, si Jor-El hubiese sabido cómo nos manejábamos en el planeta Tierra, hubiese mandado a su hijo a Plutón. 

¿Pero dónde empiezan las calamidades del hombre volador? El 5 de Enero de 1914, en el pequeño pueblo de Woolstock, Iowa, un bebé al que llamaron George Keefer Brewer emitió su primer berrinche. Era un bebé como todos los bebés, y había llegado a este mundo como todos lo hacemos. Su vida hubiese sido más fácil si un meteorito le hubiese traído envuelto en una tela roja, pero no, el pequeño George era un humano, ¡Qué desdicha! Para colmo de desgracias, sus padres poco tenían que ver con los bien avenidos Jonathan y Martha Kent, y se divorciaron poco después del nacimiento de George, que se trasladó con su madre a la soleada California.
George creció hasta convertirse en un atractivo joven de facciones duras como las de los superhéroes clásicos, y con un porte tan galante que le conseguía todas las papeletas para convertirse en estrella de cine. La suerte parecía sonreírle y George Keefer, ahora convertido en George Reeves, se desvirgó en la gran pantalla con la mayor producción que el mundo había conocido: Lo que el viento se llevo. Es cierto que su personaje tenía pocas líneas y sólo aparecía al comienzo, pero ser uno de los gemelos que cortejan a Escarlata no es precisamente un papelucho. Quién iba a pensar que un comienzo así pegaría un frenazo que condenaría al guapo George al cine de serie B.
Once años más tarde no era más que un secundario prácticamente invisible dentro de una meca que cuando creaba estrellas las hacía tan cegadoras que ensombrecían todo lo que se les acercaba. Sin embargo, un cacharro que prometía democratizar el mundo del espectáculo daba una segunda oportunidad a los actores olvidados. Así, en 1951, George Reeves se convirtió en actor de televisión. Su personaje era el héroe de todo niño norteamericano, un icono del siglo XX y, sin lugar a dudas, el rey del cómic de acción: Superman.
Su popularidad se disparó, al mismo tiempo que se encerraba en un personaje que le encasillaría y le condenaría a vestir de licra el resto de su vida. A George no le bastaba con ser un ejemplo de heroicidad y honradez. No buscaba que los niños le adorasen, y tan sólo esperaba que esa capa roja le llevase volando de vuelta a la pantalla grande. 
Pasaron los años y George Reeves seguía encerrado en un televisor. Su vida fuera de él se había visto envuelta en una relación con Toni Mannix,  la esposa del poderoso e intrigante Eddie Mannix, al que se le atribuían sobornos a las estrellas, relaciones sexuales con las actrices a cambio de trabajo y algún asuntillo más siniestro que había terminado en muerte.

George y Toni no se escondían, y a Eddie parecía importarle poco que ese actorcillo de segunda, que ya sobrepasaba la cuarentena, mantuviese contenta a su esposa. Pero este simpático trío no ayudó a George en absoluto. Eddie no hizo por darle un empujoncito en el cine y las malas lenguas le tildaban de mantenido y aprovechado. Mientras, su modo de vida y sus excesos le encadenaban al único trabajo que no le fallaba, el de superhéroe infantil, aunque ahora, bajo la licra, una faja mantenía en su sitio los resultados del consumo excesivo de alcohol y su vida sedentaria.

Cansado de todo, de la noche a la mañana, rompió su relación con Eddie, que quedó destrozada, y empezó un noviazgo con una niña rica neoyorkina, Leonore Lemmon, que aderezó ligeramente la vida de George con la pasión de la juventud y su aguante a la hora de consumir todo tipo de drogas y alcohol. 
Todo esto nos lleva a la calurosa noche del 16 de Junio de 1959. Leonore y George habían pasado la noche cenando con unos amigos (según una versión) o viendo un combate de lucha libre (según otra). Fuera como fuese, la pareja tuvo una acalorada discusión y regresaron a casa. George finiquitó la pelea yéndose a la cama. A las dos de la mañana se escucharon varios disparos. Alertados por los vecinos, la policía llegó poco después y encontró a George muerto por un disparo en la cabeza. La bala había atravesado sin problema el cuerpo del hombre de acero. 
En seguida se finiquitó el caso considerándolo suicidio. No importaban los disparos fallidos en la pared, o que no hubiese restos de pólvora en su sien, lo que significaba que había sido disparado de lejos. Todo el mundo creyó a la desconsolada prometida, Leonore Lemmon, que aseguró que Reeves estaba muy deprimido por el fracaso de su carrera. Nadie se atrevió a discutirlo, o a sacar a relucir la pelea de aquella noche. Por supuesto a nadie se le ocurrió que tal vez Eddie Mannix vengara a su despechada esposa. Cualquier teoría que se desviara del suicidio era sencillamente absurda.
Así que George murió de un balazo que él mismo se disparó desde unos metros de distancia. No debe sorprendernos, al fin y al cabo era Superman.
Toda esta historia está brillantemente narrada en esa joyita que pasó desapercibida titulada Hollywoodland, donde Ben Affleck por fin actúa para dar vida y dignidad a un hombre cuyo nombre se lo llevó el viento. ¡Pobre hombre volador! Debiste haber hecho caso a tu padre: Prohibido inmiscuirse en la vida de los hombres. 

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