Crítica de ‘Los abrazos rotos’: El pasado, ese lastre que nos mantiene vivos

Las críticas de Carlos Cuesta: Los abrazos rotos

He ido matizando mi opinión sobre las películas de Almodóvar hasta cambiarla. Han sido los años; conocer personas y situaciones complejas y difícilmente definibles lo que me hace pensar en las historias del director manchego como algo más verosímil, dentro de lo abrupto. Puede que sea la experiencia, la visión de nuestro mundo descascarillado, lo que me haya permitido asumir otro concepto de lo normal y lo excéntrico. También aprecio más la forma en que la imagen y la realización son elementos al servicio de una historia, y no al revés. Por todo eso he podido creerme Los abrazos rotos, un nuevo ejemplo de que Pedro Almodóvar domina el poder de la imagen y del símbolo, la mecánica de la cronología y el arte de dosificar la información.
Harry Caine (Lluís Homar, Pájaros de papel) es un escritor de guiones ciego que comenzará a recordar un episodio crucial de su pasado a raíz de una visita inesperada y de la necrológica de un importante empresario publicada en el periódico. Él vive con soltura gracias a la ayuda de su agente (Blanca Portillo) y del hijo de ésta, que le ayuda a redactar sus trabajos. A esta existencia tranquila le precede un pasado como director de cine y también una fogosa relación con la pareja del empresario (Penélope Cruz) que protagonizó su última película. Harry compartirá con su ayudante ese regreso al pasado, la red de acontecimientos, azares y desgracias que unió los destinos del cineasta con Ernesto Martel (José Luis Gómez), un hombre poderoso, obsesivo y violento que marcará el resto de su existencia.

Almodóvar nos va seduciendo poco a poco con un juego sutil de tira y afloja, a base de idas y venidas al pasado y al presente, encendiendo nuestra curiosidad en torno a la relación de los personajes que van apareciendo, la forma en que sus historias se entrelazan hasta llegar a un choque inevitable entre los intereses de todos ellos; lo que en unos provocará la pasión, en otros serán los celos, en otros la violencia, la desconfianza, la traición. Esta enredadera de emociones está vestida con una intensa banda sonora, muy presente, sensual y siniestra a veces, llamada a excitar nuestros sentidos y nuestra impaciencia (de nuevo Alberto Iglesias). 
La imagen del film vuelve a disfrutar de ese color que parece relleno de más color y de una imagen de tonos saturados que encaja con las desgracias y la cruda vida que no quiere ahorrarnos el director. Por ejemplo, la situación familiar de Lena (Penélope Cruz), una actriz frustrada que trabaja como secretaria (y con un pasado relacionado con la prostitución) y que termina envuelta en una viciada relación de interés con Ernesto Martel, para conseguir el dinero que le permita tratar el cáncer de su padre. Su compromiso familiar le colocará en una situación odiosa, fingida, de la que escapa por momentos gracias a su enamoramiento con Harry, el director de una comedia que cautivado por su belleza la ha escogido como protagonista. Martel se convertirá en el productor de la película para satisfacer el capricho de la mujer por la que está obsesionado. Los celos le empujaran al empresario a pedir a su hijo, al que detesta, que espíe a Lena con la excusa de grabar un documental sobre el rodaje. 
La verdad es que este personaje, el del hijo (Rubén Ochandiano), sí logra interpretar los amaneramientos de su personaje, único pero inevitable vestigio de homosexualidad en toda la película (un personaje con unos dejes de locaza muy a lo Muchachada Nui), pero su interpretación es plana, no nos dice nada; no está nada espontáneo tampoco Tamar Ramos en el papel de Diego, hijo de la agente de Harry, fundamental en el desarrollo de la historia, capaz, no obstante, de desarrollar cierta química entre él y Luís Homar, pese a su interpretación poco convincente.
Sin embargo, la historia engancha porque es puramente humana y recurre a emociones esenciales de una forma intensa y atractiva, pese a la diferencia notable entre la calidad de unos actores y otros, porque la verdad es que José Luis Gómez está fantástico, inquietante y terrorífico, podemos llegar a leer en su rostro la sorpresa, el desprecio, el deseo; Lluís Homar está rotundo y seductor (voy a suponer que Almodóvar arroja sobre él parte de la concepción que tiene sobre sí mismo como cineasta y amante del cine); Penélope Cruz está más que radiante, preciosa y convincente  en un papel con muchas vueltas (y transformada durante el rodaje en una hermosa Audrey Hepburn española, en un curioso acto de fetichismo cinematográfico); bien Blanca Portillo salvo en la pirueta mortal imposible de salvar que le plantea Almodóvar al final de la película.
De uno de estos personajes, el de Ernesto Martel padre, saco algunos parecidos con el de Robert Ledgard de La piel que habito. El hombre poderoso, maltratador que maquilla sus actos con un tratamiento cordial  y delicado; la escena de la escalera, él arriba y abajo la mujer, una imagen alusiva a su condición dominante de hombre y a su posición social que le separa del común de los mortales; ostenta un poder económico que le coloca por encima del bien y del mal. Se parece también la forma en que los dos miran, espían más bien la vida de los demás a través de una pantalla. La elegancia, la educación y las maneras esconden un monstruo dentro, en definitiva. 

Los personajes femeninos vuelven a ser la clave de la historia. Está Lena, la figura respecto de la que pivota todo, pese a la omnipresencia de Martel; Judit (Blanca Portillo), resignada compañera de Harry que vive a la sombra de sus otros amores; la madre de Lena (Ángela Molina) capaz de sintetizar en una poderosa mirada de sospecha el terrible error que cometerá su hija por asociarse con Martel. No podemos ignorar la presencia testimonial de Rossy de Palma y las apariciones secundarias de Carmen Machi (como personaje de la comedia de Harry, que es como una película de Almodóvar dentro de otra) y Lola Dueñas (fundamental a la hora de desenmascarar la infidelidad de Lena) propietaria de unas escenas extrañísimas pero vitales y cargadas de emoción.

Los abrazos rotos es una película sensitiva. Podemos palpar las emociones de los personajes, deseamos probar la comida, que se nos presenta en toda su plasticidad. Nos impregnamos de la nostalgia que empapa los pasados irremediables y nos hacemos propietarios incluso de una parte del miedo de los personajes. En esta película vemos un sexo profundamente realista a la vez que artístico, distintas escenas donde testamos una gama de relaciones, desde lo frívolo a lo gozoso hasta llegar al ansia y el asco.  Lo que Ernesto supone un halago, para Lena es una asfixiante repugnancia que la asfixia. Entre esas escenas de sexo, un momento de desfogue y flirteo entre Lluís Homar y Kira Miró nos permite conocer el carácter seductor del protagonista y comprobar que ella tiene los pechos tan lozanos como en Crimen Ferpecto.
La pena es que una vez seducidos por la historia despertamos a un final decepcionante y precipitado; los diálogos convierten en perogrullada verbal lo que al espectador casi le parecían evidencias silenciosas. El final se me parece también al de La piel que habito, en el sentido de que la necesidad de continuar la vida normaliza la desgracia y lo terrible.

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Los abrazos rotos’: El pasado, ese lastre que nos mantiene vivos

  • el 27 abril, 2013 a las 9:54 am
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    Por cierto, el personaje de Carmen Machi protagoniza un cortometraje (más bien un monólogo) llamado La concejala antropófaga, que no tiene desperdicio. Un alegato sobre el sexo libre muy divertido que tiene momentos geniales. Ella, toda tranquila, se está poniendo ciega de coca mientras come un flan y habla con una chica dormida. En los créditos del corto de Almodóvar aparece Harry Caine como guionista y Mateo Blanco (que es el verdadero nombre de Harry Caine) como director.

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