‘Blancañieves’, con eñe

Las críticas de Carlos Cuesta: Blancanieves

El subconsciente es un bicho prejuicioso que se ve afectado por cosas como los premios y la opinión de los entendidos cuando su dueño ve una película. Después de ver Blancanieves de Pablo Berger uno no tiene que complicarse mucho la vida ni meterse en laberintos para conseguir no quedar como un ignorante. En contra de lo que pasa muchas veces en este país, y en todos, Blancanieves no es buena porque tiene premios, sino al revés. Es buena porque está compuesta de grandes fotogramas unidos con buen gusto, la sostiene una hermosa banda sonora y buenas interpretaciones de sus actores. El subconsciente debe olvidarse de los premios. Va a estar ocupado con el sabor que le produce al cerebro reunir en una sola historia la tradición popular de los cuentos y una poderosa selección de imágenes extraídas de lo más hondo del imaginario español.
Blancanieves no parece una versión del cuento, es más un cuento español que se nutre de lo más característico de la historia que todos conocemos y en el que los personajes son conocedores de que ese cuento existe. En la ciudad de Sevilla, una figura del torero (Daniel Giménez Cacho) se enfrenta al reto de encerrarse en la plaza con seis toros para darles muerte. Después de demostrar su temple y de dedicar el sexto a su mujer encinta, recibe una cornada que le deja impedido en una silla de ruedas. Sin embargo es su mujer (Inma Cuesta) la que fallece en el parto mientras da a luz a una niña que el torero repudiará. Abatido, el torero cae en el embrujo de la envidiosa enfermera que le cuida durante su convalecencia; la que se convertirá en su mujer y que hará la vida imposible a la niña, que termina en el cortijo de su padre cuando pierda a todos sus familiares directos excepto a él.

Ésta no es una película habitual, ni siquiera lo habría sido en los tiempos del cine mudo y en blanco y negro. Habría sido difícil conseguirla sin echar la vista atrás y fijarse de las mejores primeras películas. No es común porque aunque pueda verse de la misma manera que cualquier otra requiere de más paciencia y esfuerzo que las películas a las que estamos acostumbrados hoy en día. Más esfuerzo al principio, cuando las escenas le parecen a uno fragmentos más que partes de un todo, pero conforme avanza el relato se deja disfrutar más y cada vez con más facilidad.

Al ver que un director de cine decide ponerse a trabajar en una película muda y en blanco y negro uno puede tener la impresión de que se encuentra ante uno de esos hombres que se ata una mano a la espalda para darle más ventaja al otro en la pelea, porque está sobrado. Quizá Berger haya hecho esta película porque creía que podía hacerla. Qué más da. Las imágenes que propone están cargadas de tal expresividad que recuerda al espectador, y debería ser un mensaje para muchos realizadores adictos a cultivar la obviedad, que a veces es mejor no  decir lo que sólo se tiene que ver.
El montaje de la película es excepcional y nos transporte en un baile visual que se asocia con una banda sonora a ratos sombría y grave, otras veces aguda, escalofriante, luminosa, una obra de fantasía que te sumerge en las emociones. El comienzo ambientado en la corrida de toros es potente, fantástico, lleno de fuerza y movimiento. El desarrollo está sembrado de escenas tiernas (el reencuentro redentor de la hija y el padre, o la nueva etapa de la jovencita durante un episodio de amnesia, “adoptada” por una compañía de enanos toreros); la historia está plagada por los pecados favoritos de España: la envidia, la soberbia y la ira. Blancanieves abraza la redondez de las películas que saben acabarse, con un final delicado y melancólico, perfecto.
El estupendo reparto se permito el lujo de tener como secundarios a Ramón Barea, Ángela Molina o Josep Maria Pou; la actriz revelación de este año para los Goya (Macarena García) transmite la personalidad y la dulzura que necesita esta Blancanieves metida a torera, en una película que ostenta el mérito de injertar en el alma de un cuento (parte también de la cultura de nuestra España) una visión romántica de la concepción más tópica del país. Las realidades más tristes son las que más nos recuerdan a los cuentos y en la historia de una niña despojada de sus padres, de su casa y de su infancia cabe el aroma de los cuentos más típicos pero también las ambiciones del papel cuché, los toreros que se casan con las folclóricas y también las personas que se preguntan por qué no están ellas con el torero, o la folclórica.
El torero es un personaje que que Daniel Giménez Cacho interpreta con dureza, bravura y ternura según el tercio; el juego de miradas que organiza la cámara cuando se reencuentra con su hija es estupendo. La madrastra hará lo imposible porque su felicidad dure poco. Maribel Verdú hace un gran papel; su boca y sus ojos hieren como lo haría su personaje en la vida real. Se entrega a la figura infame de una sobrecogedora maldad grotesca. La imagen de ella tocada con peineta y vestida con mantilla negra es oscura, maligna, fantástica, digna de la madrastra o de la bruja. Parece que el cine mudo le hace el gran favor de quitarle lo que le estorba, su voz impostada. Fabulosa. Blancanieves está repleta de escenas fantásticas y Maribel Verdú es responsable de muchas de ellas. Genial la escena de cómo la memoria perdida de Blancanieves regresa a su mente y genial el tránsito de niña a  jovencita con el paso bailarín tras unas sábanas tendidas.
Blancanieves no es The artist y no creo que pretendiera serlo. Las dos son retos tan complejos y personales que resultaría imposible que el creador de una hubiera imaginado la otra. Blancanieves es una película muda y en blanco y negro pero esas características no la definen más que su buen gusto, su ritmo fluido, su colección de sentimientos puros y nefastos, su estupenda banda sonora y su argumento eterno transformado por la poderosa y hermosa influencia del simbolismo español más atávico.

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