57 SEMINCI. Sección oficial (corto): ‘Le pays qui n’existe pas’ (‘El país de nunca jamás): La ignorancia es un país en el que se vive feliz

Las críticas de Carlos Cuesta en la 57 SEMINCI: 
Le pays qui n’existe pas (El país de nunca jamás)

Un matrimonio francés decide pasar un fin de semana con su hija en Disneylandia. En el viaje en coche se nos muestra a una familia feliz que hace juegos, que se divierte y que disfruta de una buena relación. El padre parece un poco distante, como tantos otras personas que actualmente tienen otro apéndice llamado teléfono móvil. Ese detalle pone al espectador tras la pista de algo, pero uno lo deja pasar, parece que la película irá por otros derroteros. Sin embargo, el apego del hombre al teléfono esconde un secreto que la curiosidad de su hija desvelará inoportunamente, y es que él tiene una amante.
El cortometraje está muy bien hecho, está bien grabado y bien actuado, tiene un argumento interesante y las gracias propias de la espontaneidad osada de una niña cuando el personaje está bien interpretado, y lo está. Además tiene la inteligencia de plantearnos una serie de “trampas”, comenzando por el título, las menciones a Alicia en el país de las maravillas, el escenario de Disneyland, para pensar que la historia discurrirá por un viaje onírico de la niña hacia un país maravilloso que no existe. La niña despertará del sueño que le provoca una siesta debido al zumbido del mensaje de un móvil. Lo que lee la hará despertar del sueño de la familia feliz. Estaba viviendo en un pais que realmente no existía.

La niña (Charlotte Cétaire), desolada, decide escaparse y continuar ella misma su viaje por las atracciones, puede que en busca de algo de fantasía. Todo le parece extraño y fuera de lugar en el parque, ha perdido su magia, resulta que la realidad es mucho más extraordinaria e increíble, aunque sea gris y triste. El disgusto continúa con una bronca de los padres por marcharse sin avisar. No entienden su actitud y ella no la puede explicar. Quizá por vergüenza ajena, incomprensión o porque no quiero traspasar su desilusión a la madre, que ignora la aventura del padre. ¿Acaso se venga de ella por haberla abroncado, o quiere protegerla?
La película es interesante y está bastante bien hecha. Los diálogos son convicentes, divertidos a veces, y conservan el grado adecuado de dramatismo en el momento de la verdad, sin excesos ni sobreactuaciones. El cierre abierto es inquietante, la niña le deja entrever al padre que sabe algo de su secreto, pero de una forma ambigua y el padre no parece darse por aludido.

La directora y guionista Cécile Ducrocq plantea un cierre magnífico, con una escena que escenifica de manera estupenda el sentimiento de incertidumbre de la niña. Ahora pisa terrenos desconocidos y cobran relevancia las respuestas de su padre a un test que respondió como juego; la traducción de sus palabras es suficiente para aterrar a una niña: su padre prefiere vivir la novedad de una vida distinta a una en la que le acompaña su familia.

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