‘El último samurai’: El espíritu del Bushido por encima de la Historia

Las críticas de Carlos Cuesta: El último samurai (The last samurai)

Edward Zwick devuelve de forma épica al presente el paso de Japón al mundo moderno y la desaparición de los samurais como estamento feudal. Tom Cruise en el papel del capitán Nathan Algren demuestra que es una absoluta estrella internacional en el mundo occidental pero también en Asia, y aporta al cine un gran personaje en el que refleja su fascinación por la cultura oriental. En este título continúa por la senda de la acción que tantos éxitos le ha dado, aportando su vitalidad a un buen número de escenas tremendamente contundentes.
El último samurai nos remonta al siglo XIX, época en la que los caballeros feudales japoneses parecen para el gobierno un estorbo en su camino hacia la prosperidad económica y el aperturismo internacional. Algren es un oficial americano abandonado a la bebida, atormentado por las atrocidades que cometió en la guerra contra los indios. Un consejero del emperador nipón requerirá sus servicios para formar a las tropas y plantar batalla al ejército del rebelde Katsumoto (Ken Watanabe). En el transcurso de una escaramuza Algren es apresado, pero mantenido con vida por su enemigo por la valentía demostrada y por su importancia estratégica. El americano no tardará en descubrir que su personalidad se identifica más con el alma del guerrero japonés que con la de una patria sin raíces.
Puede que las licencias argumentales que se toma el relato por encima del rigor histórico puedan resultar un problema para algunos espectadores, sobre todo para los que consideren que la casta sumaria incurrió en muchos excesos que lastraron el desarrollo del país; quizá los parecidos razonables con Bailando con lobos puedan restar un grado de originalidad al relato. Pese a ello, El último samurai nos regala un maravilloso relato épico sobre la supervivencia de un ideal por encima de las cuestiones meramente prácticas.
Actualmente Japón es un país que navega hacia la falta de identidad, y el film ya lo reflejó de alguna forma. Esa inquietud acerca del abandono del espíritu que motiva a una nación hacia la grandeza prevalece sobre los datos exactos y verídicos del pasado real. Las ideas de nobleza, responsabilidad, superación y perfección impregnan una producción engalanada con fabulosos paisajes que imitan las aldeas dominadas por los samurai, fortalecida por grandes actuaciones y magnificada por las grandiosas composiciones musicales de Hans Zimmer. Los temas compuestos para la película son capaces de emocionar al espectador absorto en cada duelo y en cada batalla.
La dialéctica bélica entre Algren y Katsumoto, convertida irremediablemente en amistad para el desarrollo del guión, nos abre, al protagonista y a los que le acompañamos, los caminos hacia el mensaje ciertamente profundo, aunque sencillo, que El último samurai nos quiere hacer llegar. Edward Zwick quizá no consiga la intensidad sentimental que logró con Leyendas de Pasión, porque la historia que ahora nos ocupa no es tan concreta como una historia de amor, pero desde luego que en algunos momentos alcanza cuotas parecidas de inspiración y demuestra sin duda una gran capacidad para conmovernos.
¿Se puede incluir alguna crítica más entre tanta alabanza? Se puede. Quien busque una historia absolutamente original debe olvidar o ignorar la serie Shogun, protagonizada por Richard Chamberlain, que os recomiendo a todos los que leáis esta crítica. También puede decirse que la película de Zwick es otro relato en el que el hombre occidental, aunque quede prendado y deslumbrado de una cultura diferente, trata de resolver la papeleta a una civilización ingenua y aparentemente desvalida.
Desde luego, ninguno de estos argumentos tiene el peso suficiente para dejar de ver una auténtica maravilla visual que nos ofrece la belleza de la marcialidad y de una cultura poderosa tanto estética como conceptalmente. Quien disfrute de los relatos en los que ninjas y samurais pelean a muerte, debe verla. Quien goce con buenas escenas de combate, tiene una obligación consigo mismo. A mí, me encantó.

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