‘Magnolia’: Abrumado por la dolorosa levedad del ser

Las críticas de Carlos Cuesta: Magnolia

Tom Cruise demuestra en Magnolia que sabe sacrificar su protagonismo al servicio de una causa común; que su presencia puede funcionar en una historia de vidas cruzadas donde su presencia se diluye en la mezcla de tramas y personajes. Eso no significa que pueda pasar desapercibido. En ningún caso el papel del maestro de la seducción Frank T. J. Mackey podría ser ese caso. Su nominación al Oscar como actor secundario y el Globo de Oro en la misma categoría son sólo síntomas de una enfermedad que le persigue: el éxito en su oficio.

En Magnolia una lista de personajes dolidos, ansiosos y arrastrados por la pena se verán relacionados en una cadena de acontecimientos sin llegar a percatarse del todo en qué vértice su existencia se conecta con una persona aparentemente ajena. Son historias de amor y engaño, de gente que espera algo de otras con desesperación y que no siempre llegan a la satisfacción de sus anhelos. La casualidad y la emotividad son los ejes de un relato que se agota en sí mismo, sin una moraleja clara y con un mensaje claro: las cosas pasan y la vida sigue.
Julianne Moore es una mujer casada con un marido mucho mayor en edad al que ha sido repetidamente infiel y que ahora se muere de cáncer. Es el padre de Frank T. J. Mackey (Tom Cruise), un hombre que no estuvo presente mientras su mujer moría de una enfermedad similar mientras su hijo se hacía cargo. Pese a su traición, ahora la esposa siente que ama a su marido y quiere renunciar a la herencia porque considera deshonroso recibirla. Mientras, el enfermero del moribundo (Philip Seymour Hoffman, La Duda) pretende encontrar al hijo, ahora convertido en un misógino maestro de la seducción que comparte su arte con cualquiera que asista a sus seminarios.
John C. Reilly (Cyrus) es un policía en exceso bondadoso que se siente el hazme reír del cuerpo de Policía y que se verá atraído por una mujer empujada a las drogas por una destructiva relación con su padre (Philip Baker Hall). Éste hombre es el presentador de un concurso televisivo de éxito vigente desde hace años donde niños prodigio compiten en pruebas de inteligencia con adultos; (William H. MacyParque Jurásico III) fue décadas atrás uno de esos niños, ahora se cree un estúpido, acaba de ser despedido y ahora sólo busca la atención y el amor del joven camarero del bar que frecuenta. Volviendo al enfermo de cáncer, es nada más y nada menos que el productor del programa.
No se le puede negar la maestría a Philip Thomas Anderson al engendrar y dirigir una historia de tal complejidad, poderosamente emotiva, fuerte y detallada, de absorbentes planos secuencia e interesantes relatos entrelazados. Ahora llega el pero, porque la realización se esponja una y otra vez en una serie de escenas presuntuosas y grandilocuentes, de pesadas pausas y angustiosos momentos suspendidos en un forzado sentimentalismo.
Algunos personajes como el de Julianne Moore vuelcan en una sobreactuación molesta de ansiedad y dolor; otros se regocijan en diálogos que parecen no tener fin (la secuencia del enfermero tratando de lograr contacto telefónico con Frank, a través de su manager, tiene una carga dramática tensa y emocionante, pero a uno le entran ganas de colgarle el teléfono y encargarse uno mismo).
En este clímax de muerte, redención y expiación tiene un papel fundamental la banda sonora y un papel trascendente el tema musical Save me, un precioso tema de Aimee Mann nominado al Oscar. Sin embargo, también el musical es un elemento que insiste en la artificiosidad del conjunto, de un puzzle de empiezas que encajan una vez que se las ha forzado lo suficiente. Los huecos se rellenan con una cola que pega pero que deja una discontinuidad engorrosa y notoria en el relato.
Parece raro decir tras ello que la película me gusta, pero así es. La introducción nos cuenta una sorprendente historia sobre la casualidad y el desenlace nos aporta sorprendentes conclusiones de las tramas. El conjunto es raro, es lento, pero cuenta una historia y llega hasta su final dejando algo por el camino dentro de la persona que lo ve. Una especie de consuelo en la idea de que al final, pese a las fachadas, todos asistimos a una sucesión de vidas imperfectas en la que la nuestra es sólo una más.
Seguramente no soy objetivo al decir que la actuación de Cruise eleva el nivel de la película, (también lo hace Moore pese a sus excesos), pero es que sus monólogos acerca de la mujer (y no quiero decir con esto que esté a favor ni lo contrario), son espectaculares, y su evolución desde el control hacia la ansiedad y de ahí a la desorientación emocional es todo un paseo por registros diferentes que nos dan una medida del actor. Un papel sin duda diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en él y que nos demuestran que Cruise sabe ser vital y secundario al mismo tiempo.

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Un comentario sobre “‘Magnolia’: Abrumado por la dolorosa levedad del ser

  • el 29 marzo, 2012 a las 11:15 am
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    Nunca jamás la volveré a ver; no tengo una opinión ni medianamente buena de este director(aun tengo que ver pozos de ambición) pero en su día me pareció muy buena película. Muy buena. En su día.

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