‘Cocktail’: Un combinado de diversión, esperanzas y fascinanción tras la barra

Las críticas de Carlos Cuesta: Cocktail 

La sencillez es a veces un síntoma de perfección y Cocktail es la prueba. Brian Flanagan (Tom Cruise) es un joven que se traslada a Nueva York después de cumplir el servicio militar y lo hace con la pretensión de hacerse rico por la vía rápida, con el negocio del siglo, el pelotazo. El problema es que todavía no sabe cuál es ni cómo hacerlo. Sus aspiraciones se ven cortadas en seco por su falta de estudios y experiencia, pero desde cero, tras la barra de un bar, conocerá a Doug Coughlin (Bryan Brown, F/X, Gorilas en la niebla), un barman pesimista y de vuelta de todo que lo guiará por la senda del éxito fácil.
Una sencillez argumental que enamora porque es intensamente amena (gracias al guión de Heywood Gould). Brian y Coughlin comenzarán a crear una interesante relación de apadrinamiento y amistad forjada entre botellas y cocteleras. La actividad que parecía algo temporal se va convirtiendo en un grillete conforme Brian descubre su escaso interés por la universidad y la dificultad de amontonar dinero de una forma sencilla, incluso en Nueva York. Sin embargo, un joven carismático con respuestas para todo, con un don para el trato con la gente y una cara bonita se convertirá junto a su “tutor” en todo un espectáculo como barman, el auténtico”aristócrata de la clase media”.
La película dirigida por Roger Donaldson (Especie Mortal) es divertida de principio a fin, con un arranque más loco y animado y un cierre algo más dramático, como consecuencia lógica de los errores y aciertos de un impaciente protagonista, obsesionado con un horizonte de éxito pero incapaz de apreciar las cosas trascendentes que ya le están ocurriendo. Muy gracioso comienzo con una secuencia en la que es rechazado en todas las entrevistas de empleo y como cae de rebote tras este fracaso en un club de la ciudad. Allí, tanto o más hilarante es su comienzo en el bar, sin ninguna idea del oficio, y cómo saldrá adelante como una auténtica revelación.
Días cada vez más cortos y noches cada vez más largas que empalman con las clases universitarias. En eso se van convirtiendo sus rutinas, entre charlas filosóficas con Coughlin y su listado de leyes negativistas, juergas, borracheras, y un sueño compartido con su colega de fundar entre los dos su propio negocio. Brian descubrirá que su amigo es incluso más impaciente que él, lo que dificultará que sus caminos sigan unidos. La influencia del propio Coughlin y la importancia que le da a da pegar el braguetazo (con perdón) pondrá en peligro también una de las pocas relaciones sinceras que Brian logrará establecer con una encantadora joven con más de un secreto (Elisabeth Sue, Karate Kid, Regreso al futuro II).
La propia sencillez del argumento me impide contar nada más sobre él sin revelar alguna parte clave que estropee la película a aquellos que no la hayan visto todavía, pero sí puedo destacar el entrañable papel del tío Pat (Ron Dean), un familiar del protagonista que le servirá de punto de partida en la ciudad, un barman resabiado que le enseñará con sinceridad aplastante las claves de la vida. Su mensaje, aunque se fragmente en una aparición discreta en dos o tres escenas, es el auténtico pivote de la historia.
Tom Cruise mantiene con este personaje su línea de roles triunfadores, carismáticos y talentosos pero lastrados por la confusión vital y la impaciencia. Una suerte de alter ego imperfecto que cae en una trampa o que se deja embaucar, en este caso por Couhglin. La mezcla de los dos personajes es simplemente magnífica, espontánea e inspiradora aunque arquetípica. De las películas de su filmografía revisadas en este ciclo hasta el momento, es mi preferida.

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