‘Risky Business’: A veces hay que decir ¡pero qué coño!

Las críticas de Carlos Cuesta: Risky business

Quién no ha pensado alguna vez montar una fiesta y desmadrarse cuando los padres se han ido de viaje. La diferencia es que, lo habitual, supongo, es que la mayoría de nosotros, mientras estaba en la escuela superior no haya aprovechado para contratar a una prostituta de lujo y terminado convirtiendo la casa de los progenitores ausentes en la sede social de un prostíbulo. Risky business es la historia que nos cuenta cómo una cosa lleva a la otra.
Tom Cruise por fin se estrena con un papel enteramente protagonista en la piel de Joel, un adolescente en la búsqueda de su propia identidad, acosado por las expectativas que él mismo y sus padres tienen de su vida y de su carrera universitaria y profesional. Su sueño recurrente le insiste en la idea de que ha desaprovechado el tiempo y que ya es demasiado tarde para complacer esas metas. La vida le enseñará que no hay que dar nada por hecho y que siempre nos da oportunidades de estropearlo todo un poquito más.
La acción comienza con las vacaciones de unos padres un tanto clasistas, maniáticos y tan entrometidos como puede serlo cuando su fijación es intervenir en el futuro de los hijos. Pese a insistir en la confianza que tienen en él, sus acciones son continuamente ambiguas a este respecto. Él teme fallarles en la consecución del futuro que han pensado para él como graduado en Princeton. Lo poco que cuenta en este tipo de decisiones se revela en una magnífica secuencia en la que Joel les acompaña hasta el aeropuerto y en la que pese a responder a cada pregunta, ni siquiera aparece en cámara; con el plano subjetivo se nos muestra que él es sólo un mero espectador. La injerencia de sus amigos y su propia curiosidad harán cambiar esto durante la ausencia familiar.
Los líos comenzarán cuando, presionado por sus amigos, termine por dejarse llevar, quizá más de la cuenta. Hay momentos en la vida, le insiste uno de sus amigos (Curtis Armstrong) en los que hay que decir ¡pero qué coño! Las hormonas harán el resto. La pérdida de la virginidad resurge en la filmografía de Cruise y la pérdida es por la puerta grande. Paul Brickman nos obsequia en la primera de sus dos películas como director (la otra es Los hombres no abandonan), con una muestra de sugerentes escenas de sexo no explícito con Rebecca de Mornay (Lana). En su papel de prostituta de lujo, no sólo se encargará de darle el sablazo a este chico de clase bien, se pasará la película entera manipulando las ambiciones y los deseos de un joven que no puede decir no a la sensualidad encarnada en peligrosa y esquiva complacencia.
Risky business nos ofrece también una inolvidable y popular escena de la historia del cine, en la que Cruise, a ritmo de Old time Rock and Roll de Bob Seger, se revuelca por todo el salón sin contemplaciones, preludio de la llamada decisiva que traerá a Lana a casa, que le llevará a ayudarla a escapar de su chulo, a que ella le robe un valorado objeto familiar y a que, poco a poco, este germen de futuro emprendedor termine por asociarse con ella para hacer un auténtico dineral: juntar a sus amigos con sus “amigas” es, en efecto, también la forma de conseguir que sus problemas sean exponencialmente mucho más grandes.
Pasemos por alto la ligereza y frivolidad superficial con la que Risky business trae una cuestión como la prostitución; evitemos también un análisis profundo sobre esta profesión y la cruda realidad matemática que salta por encima de los escrúpulos y los sentimientos (a la larga pagar a una prostituta puede salir mucho más barato que casi cualquier cortejo); la película es un interesante divertimento que nos muestra la diferencia entre ser listo e inteligente, que hay cosas útiles en la vida que la escuela y un camino de rectitud no puede enseñarnos; también que las apuestas se pueden ganar o perder, pero si se ganan pueden ser no sólo inolvidables: si la puja es alta puede cambiarnos la vida para siempre. Pero es que hay momentos en la vida en que incluso Tom Cruise tiene que decir, pero qué…

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