‘Rebeldes’: Incomprensión, envidia y violencia hacia lo diferente

Las críticas de Carlos Cuesta: Rebeldes (The outsiders)

Uno de los pocos buenos recuerdos que tengo de mi paso por el instituto es el libro Rebeldes. De entre el grupo de amigos no recuerdo ni uno solo que hablara mal de la novela de S.E. Hinton, a pesar de ser lectura obligada. Supongo que en aquella edad una historia sobre bandas rivales, reyertas con navajas, autocines y chicas le resultaba a uno bastante fascinante. La película de Francis Ford Coppola no puede competir con ese recuerdo.
En esta producción repleta de sex symbols e ídolos adolescentes (Matt Dillon, Patrick Swayze, Rob Lowe…), la actuación y el personaje secundario de Tom Cruise se diluye y sirve de complemento prescindible. Tomará parte de forma discreta del relato de dos bandas rivales de un suburbio de Nueva York, los Dandis y los Grasientos, y de la huida de dos de estos últimos después de acabar con la vida de uno de sus enemigos. Ambos serán víctimas del sacrificio de la identidad y la personalidad, que se anulan cuando lo más destacado que te separa del otro es tan solo que no está de tu lado.

Ponyboy (C. Thomas Howell) y Johnny (Ralph Macchio, Karate Kid) son dos de los miembros más jóvenes de los Grasientos, chicos de los suburbios, pobres y habituales de un entorno marginal. Una noche de autocine conocerán a dos chicas afines a la banda rival y discutirán con los Dandis, ricos y populares. La cuestión parecía zanjada, pero la mala suerte quiere que esa misma noche se crucen de nuevo y se enzarcen en una pelea mientras se encuentran solos y en desventaja. Johnny apuñalará a uno de ellos al pensar que la vida de su amigo está en peligro. Entonces recurrirán a Dallas (Matt Dillon), quien les ayudará a escaparse para evitar males mayores y también ser detenidos.
Estar recluidos en una iglesia abandonado será poco distinto a su vida habitual, si descontamos el aislamiento respecto del grupo. Estas escenas de los dos, con el fondo de bucólicos escenarios campestres y de preciosos colores irreales permitirá que salgan a la luz las diferencias de personalidad y opinión de ambos chavales respecto de sus compañeros de banda, al tiempo que se insiste en el tono blandengue del film, potenciado por una banda sonora un tanto ñoña.
Durante su retiro obligado, abandonarán momentáneamente su nuevo hogar para que Dallas les ponga al día de la situación en el barrio. Al regresar descubrirán horrorizados que la iglesia donde vivían está ardiendo en llamas, y que varios de los niños de una excursión se encuentran dentros. Al jugarse la vida por ellos, demostrarán y descubrirán que tan solo las circunstancias separan a veces a los héroes de los delincuentes.
Sorprende bastante que esta película de Coppola haya surgido después de dos partes de El Padrino y Apocalypse Now, pero es así. No es sólo la inevitable comparación con el libro, que abunda en detalles que parecen imprescindibles y que redondean a los personajes, su entorno y su época. Se añade a los peros un ritmo lento y farragoso donde incluso la acción es tibia. Algunos de las actuaciones tienen tan poco tiempo que apenas es posible empatizar con ellos (con Patrick Swazye, por ejemplo, pese a la importancia de su personaje como el hermano más mayor de Ponyboy).
Lo más interesante de la película se extrae de las conversaciones, sobre todo entre Ponyboy y Randy (Darren Dalton), uno de los Dandis, y entre el primer chaval y una de las chicas ricas, (Diana Lane, La tormenta perfecta, Infiel). En esos diálogos se ve que el azar es lo que ha situado a cada chico en uno u otro bando. Sin embargo, en escasa hora y media hay poco tiempo para unar acción y dicción.
En lo que se refiere a Tom Cruise, esta irrupción fugaz de su nombre en una cinta dirigida por Coppola, en los duros momentos de la quiebra de su productora Zoetrope, son sólo un peldaño más en el camino hacia un papel enteramente protagonista, que llegaría en sus dos próximas apariciones en el cine: Ir a perderlo y perderse y Risky Business.

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