‘Ir a perderlo y perderse’: Ver, reflexionar y mejor pasar página

Las críticas de Carlos Cuesta: Ir a perderlo y perderse (Losin’ it)


Que la evolución genera monstruos es una de las cosas que demuestra Ir a perderlo y perderse, un punto negro en la carrera de Tom Cruise, un hito del que supongo que le hubiera gustado prescindir. Pese a todo, logró con esta película su primer papel protagonista (Woody), o casi, en la aventura de un grupo de estudiantes, compartida con Jackie Earle Haley (Watchmen; el remake de Pesadilla en Elm Street) y John Stockwell (Top Gun), de pasar una noche loca en Tijuana.
La presencia de Tom Cruise palidece un tanto al repartirse la acción con estos dos actores que tienen personajes más entretenidos y con algo más que contar. Dave (Jackie Earle) es un chico con fijación por Sinatra, el sexo y su coche (sin mezclar, por supuesto); Araña (John Stockwell) es un joven de carácter, conflictivo y molesto con la vida, mientras Woody es un chico tan normal del que sólo destacan las circunstancias en las que se ve envuelto. Lo que comienza como un viaje de grupo se convierte en una experiencia personal y dividida donde cada uno transitará por sus propias manías y debilidades.
Junto a ellos Wendell (John P. Navin Jr.), un chico más pequeño, pero avispado y negociante, cooperador necesario en el momento en que un cuarto compañero decide abandonar y les corta así la fuente de financiación; de improviso y de camino hacia el divorcio en Tijuana aparece Kathy (Shelley Long, Esta casa es una ruina, Cheers), una mujer casada por la que Araña y Woody terminarán peleados.
En el camino hacia el rocambolesco final la película toca muchos de los palos imprescindibles de lo que podría compararse con un American Pie de los ochenta, con un poco menos de tono, con situaciones convencionales y previsibles y los desaguisados normales que se pueden encontrar tres pardillos carne de cañón de las mordidas de la Policía mejicana, de las leyendas urbanas y de los “relaciones públicas” locales.
Ir a perderlo y perderse es sólo una anécdota más en la carrera de Tom Cruise, en una filmografía en cuyo inicio la responsabilidad, la inseguridad, el compromiso y el tema de la pérdida de la virginidad serán pequeñas constantes. Tanto aquí como en el título que le sucederá, Risky Business, al actor le esperan personajes mojigatos e inexpertos, capaz en este caso de robar en una tienda, por ejemplo, y dejar unos dólares mientras se marcha.

En el viaje de Woody hacia la consumación del sexo, pagando o sin pagar, esa es la cuestión, se suceden escenas de problemas y trifulcas que se ocurren sin tensión, y sin ningún tipo de ritmo, pese a que aisladamente pudieran resultar graciosas, y tampoco mucho. En realidad un quiero y no puedo del humor. No podemos sacar algún claro, ni sólido ni útil sobre la moralidad, la amistad, la irresponsabilidad o los estereotipos con los que etiquetamos a los vecinos de la patria de cada uno, en este pedazo prescindible de cine dirigido por Curtis Hanson, quien en el futuro se resarciría con cosas interesantes como L.A. Confidential o La mano que mece la cuna, con Rebecca De Mornay, actriz que es, si me lo permitís, lo mejor de la próxima protagonista de este ciclo: Risky Business.

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