‘El graduado’, o como sorprender en pleno siglo XXI

Las críticas de Agustín Olivares: El graduado
El cine es un medio con el que me siento muy familiarizado. Prácticamente desde mi primer día de vida he consumido televisión y películas. Con el tiempo, he llegado a creer que no podrá salir ninguna película nueva que me llegue a sorprender, sin caer en la cuenta de que antes de que naciera había más de setenta años de historia del cine, con miles y miles de películas por descubrir.
Desde siempre, la ciencia ficción y el terror me han llamado mucho la atención, por lo que he acabado por “especializarme” en esos géneros. Hasta hace bien poco no apreciaba, por ejemplo, el drama, y he descubierto cuan ignorante he podido ser durante tantos años. Me he tragado bodrios de serie Z por doquier, mientras que me he perdido grandes películas por prejuicios absurdos. No obstante, gracias a webs como noescinetodoloquereluce he descubierto que me entusiasma el drama, y también que por ver películas anteriores a 1980 no sufro riesgo de muerte súbita. Es más, he descubierto películas que me maravillan, como la reciente Incendies, de obligado visionado para todo cinéfago que se precie.

Durante este proceso de redescubrimiento de mi mismo he consumido mucho cine, he saqueado tiendas de ocasión, he fulminado las ofertas de las grandes superficies. Estas ansias cinéfagas me han llevado a tener montones de películas que no puedo ver por falta de tiempo, por lo que poco a poco voy visionándolas en función de mi estado de ánimo.
Anoche le tocó el turno a El Graduado. La empecé a ver sin esperar nada, o más bien sin esperar nada reseñable, pero me llevé una grata sorpresa al visionar una película que, aunque el paso del tiempo la ha maltratado, contiene grandes momentos a nivel técnico y dramático, escenas míticas que hemos visto parodiadas miles de veces, y un elenco de actores que sorprende por su saber hacer.
La película cuenta la historia de Benjamin Braddock, un universitario recién graduado que vuelve a casa sin saber que será de su vida. Entre tanta confusión se refugia en las faldas de la Sra. Robinson, una atractiva cuarentona… que tiene una atractiva hija.
El argumento de la película no tiene demasiados misterios. Lo importante son las interpretaciones, la música, los planos, las transiciones. Se percibe mucho cine actual en una cinta de 1967, lo cual me encanta.
En el campo interpretativo destaca Dustin Hoffman como BenJamin Braddock, el cual se muestra soberbio. Crea al personaje dotándolo de la intensidad necesaria según el momento en el que se encuentra, siguiendo una línea temporal lógica en cuanto a la evolución del mismo. Pasa de ser un joven inseguro a casi un demente, todo ello manteniendo la empatía del espectador.
Junto a Hoffman, las actrices Anne Bancroft (Sra. Robinson) y Katharine Ross (Elaine Robinson) soportan estoicamente el peso de la cinta. La primera se presenta como una madura sin sentimientos, especializada en el cortejo de jovencitos inseguros, cuyo objetivo de huir de una vida soporífera que la hace infeliz. La segunda, como hija de la Sra. Robinson, se deja llevar por el momento y nos alegra la vida con su belleza.
A decir verdad, el personaje mejor desarrollado del trío protagonista es el encarnado por Hoffman. La Sra. Robinson y Elaine resultan, en ciertas ocasiones, un poco planos y despegados de lo que se supone se podría esperar de ellas. Algunas de sus acciones no parecen demasiado justificadas, aunque esto podríamos achacarlo a que el contexto social en el que se rodó la película era muy diferente al actual.
En el apartado sonoro, en concreto la música, el filme hecha a volar. Una soberbia partitura compuesta por Simon & Garfunkel que enfatiza las emociones de cada escena, resultando cada canción un gran acierto. A esto ayuda enormemente un montaje que roza lo videoclipero en ciertos puntos, especialmente en la parte final con Ben conduciendo a toda velocidad.
Las transiciones entre escenas son otro gran acierto. Durante la primera mitad del filme, en pleno affaire con la Sra. Robinson, se nos presenta el desarrollo de las semanas posteriores al inicio del romance en forma de elipsis temporal a ritmo de música, cuyas transiciones juegan con el gran parecido de los lugares en los que transcurren los hechos. En ciertos puntos resultan un poco toscas, pero ahí está el recurso, utilizado hace más de cuarenta años.
Como contrapunto, algunos movimientos de cámara y, sobretodo, los zooms desprenden un hedor naif que tira para atrás. Son estilos que hoy en día han quedado desfasados (al menos hasta que Tarantino los vuelva a poner de moda) y pueden llegar a sacar de la acción al espectador. No obstante, han quedado como testigo que lo que era el cine en aquella época.
El Graduado ha conseguido enamorarme por las interpretaciones de sus actores principales (y la arrebatadora belleza de Catharine Ross), las transiciones, la música, el montaje… Resulta un ejercicio de puro cine, una película que debería estar en las estanterías de todos los hogares. No es perfecta, pero cuarenta y cinco años después de su realización todavía hay gente como yo que la descubre y se maravilla. Muy pocos trabajos actuales podrán presumir de lo mismo en el futuro.

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