Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Sección Oficial
5 minutos más
Por difícil que parezca, conseguí llegar a la proyección de 5 minutos más sin saber absolutamente nada de qué iba y, menos aún, de en qué consistía su premisa argumental y su consecuente mecanismo narrativo. Pero como sí sabía quienes eran sus tres protagonistas, quién su director y había visto su colorido y llamativo cartel, me senté en la butaca convencido de qué iba a ver una divertida comedia de las muchas que se filman en nuestro país a lo largo del año, probablemente una de las buenas teniendo en cuenta que la habían programado en la sección oficial del Festival de San Sebastián y que los tres nombres del elenco protagonista son de absolutas garantías: Javier Cámara, Belén Rueda y Berto Romero.
El caso es que 5 minutos más es una película inclasificable que, si me obligan a etiquetar (cosa que detesto hacer) colocaría en el género de la comedia, pero con tantos apellidos como fuera capaz. Como no me siento particularmente capaz a las horas a las que estoy escribiendo, me quedaré únicamente con uno para decir que es una comedia distópica en la que un punto de partida de lo más convencional: una pareja en crisis matrimonial se dispone a sanar su relación pasando un fin de semana solos y juntos en una bonita casa de campo que, además de estar situada en un enclave natural privilegiado tiene la particularidad de no tener cobertura y, por lo tanto, hacer posible un verdadero aislamiento.
Tras un breve y divertido fragmento introductorio en el que la pareja protagonista (Romero y Cuesta) llegan a la casa en su coche y conocen al peculiarísimo tipo de la agencia que se la ha alquilado (Cámara), salta el dispositivo argumental que da sentido al film. Por alguna misteriosa razón, se produce un bucle temporal que hace que, cada 5 minutos, el tiempo retroceda al mismo punto pero con la particularidad de que lo que haya ocurrido en esos cinco minutos tiene consecuencias: si algo se ha roto, se ha roto; si alguien se ha hecho daño, se ha hecho daño y si los personajes se han enterado de algo, se han enterado, es decir pueden avanzar en sus acciones porque tienen más información que cinco minutos antes.
El resultado de todo esto es una situación tan aparentemente divertida como angustiante, tanto para los personajes que reaccionan con auténtico estupor como para el espectador que no sabe muy bien qué esperar cada nuevo “episodio” de cinco minutos.
Entiendo que habrá espectadores, la mayoría probablemente, a los que les cueste tomarse la película en serio, pero el caso es que, asumiendo la distopia y dejando el mecanismo narrativo al margen, la película, además de resultar divertida, supone un interesante reflejo de cómo reaccionamos los seres humanos ante situaciones que nos sacan de nuestro ámbito inteligible y nos colocan al límite. Es cierto que resulta difícil asumir que ocurra algo tan extremo como un bucle temporal, pero no hace tanto que vivimos una pandemia en la que la gente vaciaba los supermercados de papel higiénico o, más recientemente, un apagón global que, durante varias horas hizo que algunos se volvieran locos por conseguir dinero en efectivo, un transistor de radio convencional o linternas que funcionasen con pilas.
El guion, escrito por Berto Romero, pone el acento en cómo hacemos añicos la racionalidad ante situaciones que no comprendemos y que nos hacen perder pie en nuestra seguridad vital. La forma en la que reaccionan los tres personajes, particularmente la pareja protagonista que no son más que unos padres de familia convencionales cuya mayor preocupación es estar seguros de que su hijo (a quien han dejado con la abuela) está bien, va evolucionando hacia una toma de decisiones cada vez más disparatada que, al mismo tiempo, conduce a la película por un tránsito de géneros cinematográficos, desde la comedia inicial, hasta el drama apocalíptico pasando por el fantástico, el terror y el thriller.
A pesar de que si nos ponemos puntillosos podemos encontrar algunas pequeñas incoherencias (es prácticamente imposible no cometer alguna en una película de este tipo), la película está muy bien filmada, con un mecanismo muy eficaz y un ritmo marcado por esos microepisodios de cinco minutos que están, primero, muy bien escritos y, segundo, muy bien filmados por Javier Ruiz Caldera, un cineasta que siempre parece saber lo que tiene que hacer y casi siempre toma las decisiones correctas (no como sus personajes).
Lo que quiero decir en definitiva con estas líneas es que aunque su principal vocación sea la del entretenimiento (y la cumple con creces), 5 minutos más es una película que merece ser tomada en serio, no solo por lo que pueda pasarnos en la vida real (llegados a este punto, casi todo es posible) sino porque nos permite pensar sobre como en una situación límite podemos poner en cuestión y cambiar nuestros códigos éticos, nuestras escalas de valores y la forma en que nos relacionamos con los demás.
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