Las críticas de Laura Zurita:
Una hija en Tokio
Un conductor de taxi francés afincado en Tokio busca recuperar el vínculo con su hija, de la que fue separado tras su divorcio de una mujer japonesa. Un encuentro fortuito con una adolescente mestiza reabre una herida que nunca llegó a cerrarse.
Una hija en Tokio está escrita y dirigida por Guillaume Senez e interpretada por Romain Duris, Judith Cheml y Mei Cirne-Masuki. La película se estrena en España el 20 de marzo de 2026 de la mano de A Contracorriente Films.
Un pez fuera del agua
El comienzo de Una hija en Tokio introduce un elemento de extrañeza que actúa como puerta de entrada al conflicto: un hombre de fisonomía caucásica conduce un taxi por las calles de Tokio, se expresa en japonés con naturalidad y parece conocer la ciudad al dedillo. Esa imagen, en apariencia anecdótica, ya nos presenta a Jay en Tokio: la de alguien que pertenece y, sin embargo, permanece inevitablemente fuera.
Una hija en Tokio nos va desvelando la historia. Jay estuvo casado con una mujer japonesa, tuvo una hija con ella (Lily) y, tras la ruptura, la ha perdido, literalmente. La aparición de una adolescente mestiza, a la que Jay recoge en su taxi, introduce el elemento decisivo del relato. A partir de ese encuentro, la búsqueda toma un cariz progresivamente más y más problemático. Jay toma decisiones a veces extremas, mientras se enfrenta a un problema profundo y complejo: ¿existe la paternidad cuando los vínculos nunca llegaron a consolidarse?
La película se adentra en una realidad legal poco conocida en Occidente. En Japón, tras un divorcio, la custodia no suele ser compartida, sino que se concede en exclusiva a uno de los progenitores, conforme al Código Civil de Japón, normalmente la madre. El otro queda relegado a una posición prácticamente inexistente en la vida del menor, sin derecho a visitas, aun cuando deba seguir asumiendo obligaciones económicas como la pensión.
Una hija en Tokio aborda este marco desde una perspectiva claramente crítica. La legislación permite el borrado de uno de los progenitores, generando una fractura difícilmente reparable. La película apenas se detiene en explorar sus fundamentos o justificaciones (la estabilidad del menor, la evitación del conflicto) lo que provoca que el espectador la perciba casi exclusivamente como una maquinaria injusta. En este sentido, se echa en falta una mayor complejidad en el conflicto, apuntando apenas una reflexión sobre el modelo familiar que subyace a la norma. Lo que podría haber sido una denuncia centrada en lo legal se convierte en una reflexión más amplia sobre el significado del tiempo en las relaciones. La película sugiere que el verdadero drama no es solo la separación, sino el tiempo perdido: ese intervalo irrecuperable que imposibilita cualquier restitución plena. Cualquier desenlace estará marcado por el tiempo perdido.
Sensibilidad sin melodramatismo
Mientras Una hija en Tokio se queda en su trama principal, emociona de veras y late con fuerza e intensidad. Una trama secundaria con una madre francesa que ha sido privada de su hija introduce un contrapunto interesante —al evidenciar que la situación no responde únicamente a una cuestión de género—, pero su desarrollo resulta limitado y no termina de encajar plenamente en la estructura dramática.
La fotografía de Una hija en Tokio presenta la vida en Tokio mate y casi fría, con la ciudad como un espacio opaco, que, con mucha amabilidad deja a los extraños fuera. La banda sonora, utilizada con discreción, incluye momentos diegéticos, en los que nos acercamos a la dimensión emocional de los personajes a través de la música.
El trabajo de Romain Duris como Jay da en el blanco. Su interpretación tranquila refuerza la dimensión trágica del personaje. Jay es un hombre solitario, marcado por el paso del tiempo, cuya obstinación nace en su negativa aceptar la pérdida más que en la racionalidad. Se gana nuestra empatía por su constancia silenciosa, construida con coraje, que no con esperanza.
Una hija en Tokio cuenta su historia con sensibilidad, y un tono más reflexivo que melodramático. La película muestra su fuerza en la contención y en la lucidez con la que expone una realidad implacable en una reflexión sobre si todas las pérdidas pueden repararse. Y que, en ocasiones, el amor no basta para recuperar lo que el tiempo y las estructuras han decidido borrar.
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