Crítica de ‘La Sombra del Actor’: Barry Levinson, entre Almodóvar y Shakespeare, nos regala al mejor Pacino

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La Sombra del Actor
 

Comencemos por algo que se escapa un poquito de la crítica cinematográfica en sí, pero que si no digo, reviento: Phillip Roth escribe una novela a la que titula “The Humbling”, la novela es traducida al español y se edita en España por la editorial Mondadori con el título “La humillación”, traducción literal del título original. Los guionistas Buck Henry y Michal Zebede adaptan la novela a un guion cinematográfico que dirige Barry Levinson, y que, con muy buen criterio se estrena con el título The Humbling. Pues bien, la película llega a España y a algún genio de la distribuidora, se le ocurre que en España la película en lugar de titularse “La humillación” como sería lógico y coherente, se titule: La sombra del actor. Título que por cierto ya había sido utilizado previamente en España para la película de Peter Yates estrenada en 1983*. Lamentable y grotesco. Me encantaría que alguien me explicara semejante estupidez.

Pero hablemos de cine. La sombra del actor (me resignaré a llamarla así para no contribuir todavía más a la confusión) es una película estimable que supone una rareza en la filmografía del muy académico Barry Levinson, un director que ha conocido las mieles del éxito con Rain Man (por la que obtuvo el Óscar al mejor director en 1988) y que durante los 80 y 90 del pasado siglo dirigió unas cuantas películas notables (algunas incluso francamente buenas) de corte ajustado a la industria hollywoodiense. Lo curioso es que ahora, a los 73 años de edad, Levinson firme una película adoptando maneras del cine independiente americano, tanto en el fondo (argumental básicamente) como en la forma (cámara nerviosa, montaje audaz…) e incluso, para subrayar aún más el carácter indie de la película, cuenta con la nueva musa del cine independiente americano, la bien valorada Greta Gerwig a la que a fuerza de verla repetir una y otra vez personajes de chica extravagante y locuaz, vamos a terminar por confundir. 
 
Pero La sombra del actor es la sombra de Simon Axler, y Simon Axler es el mismísimo Al Pacino resucitado de sus cenizas cual Ave Fénix para regalarnos una interpretación digna de sus mejores tiempos, aquellos que algunos habíamos perdido la esperanza de volver a ver. Aquellos años setenta y ochenta durante los cuales el cine no habría sido lo mismo sin él y sin otro gran actor como él llamado Robert de Niro que últimamente da también más tumbos de los que él y sus, hasta hace poco incondicionales, espectadores merecemos.  
 
Axler/Pacino es un actor venido a menos que metido en los 67 años (Pacino tiene 75) sufre un colapso en plena representación teatral de Macbeth a partir del cual se desencadena una crisis profesional y personal que le llevará a un grupo de autoayuda en el que conocerá a una psicópata inquietantemente simpática (Nina Arianda), a la consulta online de un psicoterapeuta (Dylan Baker) y a frecuentar a una jovencita un tanto singular y presuntamente lesbiana (Greta Gerwig) hija de una amiga con la que tiempo atrás compartió escenarios (Dianne Wiest). 
 
Toda esta galería de curiosos personajes servirán como ingredientes y aliño de una ensalada de lesbianas arrepentidas, transexuales confundidas, psicópatas empedernidas, actrices aburridas y paternidades sobrevenidas en el filo entre la realidad y la ficción, entre la vigilia y el sueño, en un estado onírico en el que Barry Levinson se divierte emulando al mejor Almodóvar mientras deja que poco a poco William Shakespeare se vaya apoderando del relato. La sombra del Rey Lear (la verdadera sombra presente) estará durante toda la película acechando a un Axler/Pacino que tendrá que decidir si vende su alma al diablo anunciando un producto capilar o da un enésimo salto mortal hacia los escenarios para interpretar al padre de Goneril, Regan y Cordelia que no es otro que el mismísimo Lear, rey de Bretaña. 
 
Aquí, Levinson tiene a su disposición al mejor Pacino, al que no hace un gesto de más, al que se ahorra las muecas y los aspavientos para apoyarse en la mirada, en la sutil interpretación de dentro hacia afuera en la que como dicen muchos directores de teatro: “menos es más”. Su personaje tiene alma, y ese alma brota directamente del alma de Pacino que disfruta (y se nota) interpretándolo como hace tiempo no le veíamos disfrutar un papel. La última buena interpretación que recuerdo es su Shylock en el excesivamente envarado El Mercader de Venecia de Michael Radford (Shakespeare again), pero su trabajo allí era pura profesionalidad, aquí es puro arte, puro Pacino viviendo un personaje crepuscular con el que seguramente empatiza como pocas veces ha empatizado con un papel. 
 
Greta Gerwig, aun reconociendo que es uno de los últimos hallazgos del cine independiente americano, me resulta, como ya he dicho, repetitiva en sus gestos y resabiada entonación de chica encantada de conocerse. Parece escapada directamente de Lola Versus o Frances Ha, películas en las que interpreta personajes tan parecidos a éste que resulta, como mínimo, inquietante.  
 
En conjunto se trata de una película más que aceptable, un tanto marciana, que a ratos parece ir a la deriva para recuperar momentáneamente el rumbo, volverlo a perder, volverlo a recuperar, y así unas cuantas veces.  Como amante del teatro, esperaba más teatro y menos derivas argumentales un poco gratuitas, que si bien no aportan gran cosa a la historia, es cierto que crean algunos momentos de comicidad muy agradecibles. 
 
Los forofos de Al Pacino estamos de enhorabuena. 
 
*Por cierto. Con la película de 1983 de Peter Yates se cometió exactamente el mismo pecado, el título original es “The Dresser”, el mismo título de la obra de teatro en la que está basada y debió titularse “El Vestidor” que es como se han titulado los montajes de la obra teatral cuando se ha representado en España.

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