Crítica de ‘Matterhorn’: Un maravilloso canto a la tolerancia

Las críticas de Carlos Cuesta: Matterhorn

Guardo un fabuloso de recuerdo de la proyección de Matterhorn en la última edición de la Seminci. Se trata de una película reconciliadora, fresca y peculiar por su manera de abordar la tolerancia y la libertad personal. El director y guionista Diederik Ebbinge demuestra un enorme sentido del humor y de la oportunidad y un gran talento al fusionar el drama y la comedia surrealista. El argumento se centra en la vida de un calvinista practicante de costumbres cuadriculadas. Un día reprende a un hombre por vagar por las calles pidiendo para comprar gasolina (eso es algo que él supone porque el desconocido no habla). Como contraprestación al dinero que le entregó días atrás le obliga a realizar alguna tarea en su casa. Enseguida se apiada de él y ambos comenzarán a convivir.
La actitud estrafalaria y descuidada del nuevo inquilino provocará en la casa de Theo y en el barrio una sucesión de cómicas situaciones que despiertan la risa más profunda y una reacción a mitad de camino entre la vergüenza ajena y la carcajada que la historia consigue resolver con talento, cariño, grandes actuaciones y un buen guión. Cuando estaba a punto de abandonarme a la idea de que Matterhorn no era sino una metáfora de la caridad mal entendida la película dio un giro para situar casi todo en su contexto. Casi todo, porque hasta la preciosa escena final uno no termina de entender por completo las motivaciones de los personajes.

La conexión entre ambos personajes silenciosos (uno por voluntad propia y otro forzosamente callada) es inmediata. La mirada del sonado desconocido no es sólo portadora de una tierna inconsciencia sino también funciona como reflejo de incomprensión ante ciertas costumbres sociales o ante la hipocresía disfrazada de generosidad o piedad. La presencia de este hombre, Fred, es un desencadenante de envidias, de una competición entre dos vecinos por ver quién es más religioso, más bondadoso, más que el otro (detrás de la que se esconde otras rencillas del pasado). Fred termina por parecer el más normal de la comunidad.

Las vidas reprimidas de personas ocupadas en aparentar más que en ser queda registrada con brillantez en escenas en las que los personajes se abrazan a la bebida para superar la monotonía o el sufrimiento de la vida. Hombres extremadamente religiosos acaban por aprovecharse del prójimo, detestar a sus semejantes, dar lecciones de civismo y moral cuando apenas son capaces de entender ni respetar a las personas más cercanas. Ante el silencio de Fred, una persona que no puede ni quiere adentrarse en la retórica que les impone la religión, sus conciudadanos se arrojan al autoanálisis; ante alguien que no les reprocha nada terminan por descubrir sus propias faltas. Matterhorn sólo puedo entenderla como una divertida manera de aproximarse a la tolerancia, al perdón, a la redención más humana.
La conclusión de esta historia es una de las más afortunadas y emotivas escenas que recuerdo. La resolución es un momento de música y sentimiento en la que todo queda definido y aclarado. Todos los nudos quedan atados y cada gesto y detalle de la trama se resuelve con una coherencia mayúscula.

Nota: Crítica recuperada y editada de su primera publicación con motivo de su proyección en la 58SEMINCI.

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