Crítica de ‘Sentido y sensibilidad’: Una buena historia con estética soberbia

Las críticas de Laura Zurita:
Sentido y sensibilidad

Tras la muerte de su padre, las hermanas Dashwood y su madre se ven obligadas a abandonar la casa familiar, cuya herencia pasa a manos de su hermanastro. Privadas de la seguridad económica y del entorno privilegiado en el que han crecido, deberán adaptarse a una vida mucho más modesta mientras intentan encontrar su lugar en una sociedad que ofrece a las mujeres pocas posibilidades de independencia. Elinor, la mayor, procura mantener la serenidad y proteger a su familia, mientras Marianne se deja llevar por sus sentimientos y sus ideales románticos. Ambas desean encontrar el amor, aunque sus distintas maneras de entenderlo las conducirán por caminos diferentes.

Sentido y sensibilidad está dirigida por Georgia Oakley y escrita por Diana Reid, a partir de la novela homónima de Jane Austen, publicada en 1811. En el reparto encontramos a Daisy Edgar-Jones como Elinor Dashwood, Esmé Creed-Miles como Marianne, Caitríona Balfe como la señora Dashwood, George MacKay como Edward Ferrars, Frank Dillane como John Willoughby, Herbert Nordrum como el coronel Brandon y Fiona Shaw como la señora Jennings, entre otros. La película se estrena en España el 23 de octubre de 2026 de la mano de Universal Pictures Spain.

Una buena historia para adaptar

Jane Austen es una excelente novelista. No es extraño que su obra haya resurgido del discreto rincón en el que algunos lectores parecían haberla dejado, ya que su capacidad de observación y su comprensión de los comportamientos humanos trascienden su época. Sus novelas retratan una sociedad en la que las mujeres disponían de escasas posibilidades para decidir sobre su futuro, pero también hablan de sentimientos, de relaciones familiares, de prejuicios, de ambición y de las contradicciones que aparecen cuando los deseos personales chocan con las convenciones sociales.

No nos dejemos confundir por los corsés, los carruajes o las reuniones sociales. Tampoco por esos personajes que parecen vivir pendientes de encontrar un marido conveniente para tener una mínima seguridad financiera. Detrás de ese universo de apariencias encontramos figuras que reconocemos sin dificultad. Ahí está la joven sensata y responsable que se ve obligada a asumir el papel de adulta antes de tiempo, convertida en el sostén emocional de una familia, como Elinor. La persona que habla poco, escucha mucho y permanece disponible cuando los demás la necesitan, como Brandon. También conocemos a la persona impulsiva que se arroja de cabeza a cualquier aventura sin medir las consecuencias (Marianne), o a quien manipula a los demás para conseguir sus propios fines, como Lucy Steele o el propio Willoughby. Cambian las circunstancias, pero no tanto las personas.

Una buena historia puede adaptarse de muchas maneras, y Sentido y sensibilidad cuenta con una trayectoria cinematográfica y televisiva que lo demuestra. Entre sus versiones más reconocidas se encuentran la miniserie británica de 2008, dirigida por John Alexander y escrita por Andrew Davies y sobre todo la película dirigida por Ang Lee en 1995, con guion de Emma Thompson, una obra sobresaliente que ha quedado para la historia del cine. La adaptación de 2026 se incorpora a esa tradición con una nueva mirada sobre las hermanas Dashwood y su entorno. No voy a comparar esta película con las anteriores, por difícil que me resulte resistirme a la tentación. Prefiero juzgarla por sus propios méritos y defectos, porque merece que la observemos como una obra con identidad propia. Me sentiré en libertad de hablar de algunos elementos de la obra, dado que difícilmente se puede hablar de destripar una novela que tiene más de 200 años.

Sentido y sensibilidad conserva el corazón de la novela. Una familia de mujeres pierde la seguridad económica y la posición social que hasta entonces había conocido, al quedar excluida de la herencia paterna en favor del hermanastro mayor. Su nueva vida las obliga a renunciar a muchas comodidades y a enfrentarse a un futuro incierto. Elinor y Marianne, son muy distintas, y están en la estrecha ventana en las que pueden hacer un buen casamiento. La pequeña Margaret todavía está descubriendo el mundo y ocupa un lugar diferente dentro de la familia.

Para las hermanas mayores, el horizonte no resulta especialmente alentador, viviendo en una casa aislada con pocas posibilidades de hacer nuevos conocidos. Pueden resignarse a una existencia modesta, con escasas posibilidades de independencia, o confiar en encontrar un marido que les proporcione seguridad. Sin embargo, ninguna de las dos busca únicamente una solución económica. Elinor y Marianne, cada una a su estilo, desean amar y ser amadas, compartir su vida con alguien a quien puedan respetar y construir una relación que no se limite a garantizarles el sustento. En esa aspiración reside una de las ideas fundamentales de Austen: la seguridad material importa, y mucho, pero no basta para alcanzar la felicidad.

Sentido y sensibilidad encuentra su centro en el contraste entre las dos hermanas y, al mismo tiempo, en el cariño que las une. Sus temperamentos las llevan a reaccionar de manera distinta ante las dificultades, pero ambas comparten la necesidad de encontrar su lugar en el mundo. Elinor procura contener sus emociones para no añadir más preocupaciones a las que ya soporta su familia. Marianne considera que renunciar a lo que siente equivaldría a traicionarse. Su crecimiento personal les exigirá comprender que la razón y los sentimientos no son necesariamente incompatibles, aunque conciliarlos resulte mucho más difícil de lo que parece.

Lo que no se puede decir

Uno de los aciertos de Sentido y sensibilidad es su manera de acercarse a los personajes mediante los planos cortos y los primeros planos. La cámara busca las reacciones, los silencios y esos pequeños cambios de expresión que revelan lo que los personajes no se atreven a decir. Resulta especialmente interesante la atención que presta a las manos. En ocasiones, un gesto de los dedos, una mano que se retira o un contacto que apenas llega a producirse expresan lo que las convenciones no permiten articular. La película confía en esos detalles para transmitir las emociones y deja que el espectador participe en su interpretación. Esta elección funciona especialmente bien con Elinor, un personaje que calla sus emociones por temperamento y sentido del deber. También permite seguir las fluctuaciones de Marianne, cuya espontaneidad no siempre significa que los demás puedan comprenderla. Es una decisión coherente con una historia en la que las convenciones sociales obligan a medir las palabras a personas en su situación social, y, más aún, a jóvenes casaderas cuyas perspectivas dependen de parecer recatadas.

El reparto es otro de los pilares de la película. Nos encontramos ante una historia con numerosos personajes, cada uno con su importancia dentro del conjunto, y prácticamente todos disponen de algún momento para mostrar sus particularidades. Austen nos regaló retratos de individuos con temperamentos, intereses y maneras distintas de relacionarse con la vida, y la película les da una figura física reconocible.

Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles asumen el protagonismo de Sentido y sensibilidad. Ambas afrontan personajes complejos, llenos de contradicciones y emociones que no siempre encuentran una salida sencilla. Edgar-Jones retrata el carácter firme de Elinor y su tendencia a anteponer las necesidades de los demás a las propias. Creed-Miles, por su parte, aporta a Marianne la intensidad y la impaciencia de quien vive sus sentimientos como una verdad absoluta. Las dos construyen interpretaciones diferentes que se complementan y permiten comprender tanto sus desencuentros como la profundidad del vínculo que las une.

Entre los personajes de reparto, Fiona Shaw roba sus escenas como la señora Jennings. Su personaje puede resultar ligeramente irritante por su curiosidad y su tendencia a intervenir en asuntos ajenos, pero también fascina por su vitalidad y su generosidad. Tras una apariencia indiscreta y algo estridente se encuentra una mujer que disfruta de la compañía, se interesa sinceramente por los demás y está dispuesta a ayudar cuando hace falta. Shaw encuentra el equilibrio entre el humor y el afecto, evitando que el personaje se convierta en una caricatura.

Herbert Nordrum interpreta al coronel Brandon con una presencia reservada y tranquila. Su personaje pertenece a esa clase de hombres cuya sensibilidad se manifiesta mediante la paciencia, la discreción y la capacidad de estar presentes cuando los demás los necesitan. Es una interpretación fuerte y discreta, y su relación con Marianne, tranquila y respetuosa, es como un volcán a fuego lento.

Un pero notable al reparto es Eliot Sumner interpretando al Sr. Palmer. Su actuación proyecta un aire de inmadurez adolescente que no encaja en absoluto con la personalidad ni la edad realista del personaje. Esto delata una elección de casting más enfocada en llevar a una cara conocida a escena que en seleccionar al intérprete más adecuado.

Sentido y sensibilidad destaca asimismo en su aspecto visual. La iluminación está trabajada con esmero y cariño, tanto en los exteriores como en los interiores iluminados por velas. La luz contribuye a crear una atmósfera que nos traslada a otro tiempo sin convertir ese mundo en un decorado artificial. La dirección de arte merece igualmente una mención especial. Las mansiones opulentas, la pequeña casa a la que se trasladan las hermanas, las habitaciones y los espacios de reunión muestran las diferencias sociales y económicas de manera discreta, pero brutalmente. Desde la disposición de los objetos hasta la apariencia de los interiores, la fotografía nos ofrece los detalles de manera minuciosa y sensible. Hay un evidente placer por la reconstrucción de ese universo, pero también un esfuerzo por hacerlo cercano, por conseguir que los espacios parezcan hogares habitados y no decorados.

La música acompaña esa delicadeza visual. La partitura original busca integrarse en la atmósfera de la película y prestar atención a la relación entre las hermanas, los paisajes y la intimidad de los personajes. A ella se suman canciones populares inglesas del siglo XVIII, interpretadas para la película, y la presencia musical del Fibonacci Quartet. El resultado es delicado y bello, y contribuye a que la película conserve una identidad sonora coherente con su universo.

Las escenas de los bailes son preciosas de contemplar. La coreografía, el movimiento de los cuerpos y la expresividad de los intérpretes aportan dinamismo y permiten exteriorizar emociones que los personajes apenas pueden manifestar en otros espacios. Sin embargo, las danzas me parecen anacrónicas. Algunos movimientos, elevaciones y gestos remiten más a la danza contemporánea que a los bailes sociales de finales del siglo XVIII. Comprendo la intención de convertir la coreografía en una expresión del estado emocional de los personajes, pero no estoy convencida de que el resultado sea el más adecuado. La expresividad no debería depender necesariamente de introducir movimientos dignos de Pina Baus en un marco anacrónico.

Sentido y sensibilidadAdaptación con anacronismos

Y con esto entro en aspectos que no me han convencido. Entiendo que una adaptación no tiene por qué reproducir cada detalle de la novela y que trasladar una obra literaria al cine exige tomar decisiones, resumir situaciones y encontrar soluciones visuales. Tampoco considero que toda licencia histórica constituya un problema. Sin embargo, algunas elecciones me parecen poco afortunadas porque no enriquecen la perspectiva y, en cambio, alteran innecesariamente la lógica de la historia.

El aspecto de las protagonistas, con el cabello suelto, despeinado y hasta desaliñado forma parte de una tendencia que busca presentar a las heroínas de época como mujeres más espontáneas y modernas mediante una apariencia deliberadamente descuidada (por no hablar de los vestidos sin planchar). No obstante el recurso puede resultar demasiado evidente, como si la directora de Sentido y sensibilidad nos gritara su tesis a la cara en lugar de tomar decisiones que ayudan realmente a contar la historia.

Más problemáticas son algunas situaciones que afectan a las convenciones sociales del relato. Las jóvenes casaderas parecen poder encontrarse a solas con hombres por todas partes sin problemas ni restricciones, como si las normas que condicionan sus vidas desaparecieran cuando incomodan a la narración. Esas convenciones no constituyen un mero adorno de época: son parte de los obstáculos que las protagonistas deben superar y explican por qué determinados encuentros, conversaciones y decisiones tienen tanta importancia. Cuando esta adaptación de Sentido y sensibilidad las relaja sin una justificación suficiente, debilita el contexto que da sentido a los conflictos y a los peligros, muy reales, de escándalo y descrédito.

También me parece innecesario el cambio introducido en la historia de Willoughby y de la joven vinculada al pasado del coronel Brandon. La novela original presenta a este como un hombre capaz de seducir y abandonar a una muchacha vulnerable, un comportamiento que revela una dimensión particularmente egoísta y cruel de su personalidad. La adaptación modifica elementos de esa historia y suaviza las circunstancias de su conducta, como si se quisiera hacerlo menos culpable. No creo que esa operación beneficie al personaje ni a la narración. Al contrario, la distancia entre la imagen seductora que Willoughby ofrece y la realidad de sus actos es una parte esencial de su función en la historia.

Algo parecido ocurre con Edward Ferrars. La película modifica las circunstancias que rodean su compromiso con Lucy Steele y, en cierto momento deja el peso de sus decisiones a Elinor, apoyando en ella la complejidad moral de las mismas, lo que no tiene sentido en una pareja que se supone es equilibrada en cuanto a decisiones y responsabilidad.

En suma, Sentido y sensibilidad tiene suficientes aciertos para que sus defectos no anulen sus virtudes. La atención a los rostros, la delicadeza de la iluminación, el cuidado de los espacios y la sensibilidad de las interpretaciones permiten disfrutar de una historia cuyo interés no depende únicamente de las relaciones amorosas. Sentido y sensibilidad es, al cabo, el relato de dos hermanas que intentan salir adelante sin perder el afecto que las une.


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Sentido y sensibilidad

7.4

Puntuación

7.4/10

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