Crítica de ‘La última carta de amor’: Deseando amar en presente y pasado

Las críticas de Daniel Farriol:
La última carta de amor
 
La última carta de amor es un drama romántico británico dirigido por Augustine Frizzell (Never Goin’ Back, Euphoria). El guion corre a cargo de Nick Payne (Wanderlust, El sentido de un final) y Esta Spalding (Masters of Sex, The Eleventh Hour), basándose en el bestseller romántico de Jojo Moyes (Me Before You, Con la cabeza llena de miel). La historia sigue a una periodista que encuentra casualmente unas cartas de amor escritas en 1965 y decide encontrar quiénes hay detrás de esa aventura prohibida. La lectura de las cartas también afectará a su vida propia amorosa al sentirse atraída por el archivista que le ayuda a localizar nuevas cartas.
 
Está protagonizada por Felicity Jones (Una cuestión de género, The Aeronauts), Shailene Woodley (The Mauritanian, Snowden), Callum Turner (The Capture, Masters of the Air), Nabhaan Rizwan (Informer, Mogul Mowgli), Joe Alwyn (Harriet, en busca de la libertad, Billy Lynn), Ncuti Gatwa, Vilhelm Blomgren y Christian Brassington. La película se ha estrenado en Netflix el día 23 de Julio de 2021.
 

Lo romántico nunca pasa de moda

La británica Jojo Moyes se ha convertido en una de las escritoras de novela romántica más conocidas internacionalmente. Heredera del clasicismo de Enid Bagnold y de su punto de vista femenino para relatar las relaciones familiares y de pareja, ha conectado con el público actual a través de un lenguaje diáfano y con los diálogos como verdadero motor de sus historias. Su éxito no ha pasado desapercibido para la industria del cine que ya la había adaptado antes de La última carta de amor otras dos novelas suyas con desigual resultado comercial Yo antes de ti (Thea Sharrock, 2016) y Con la cabeza llena de miel (Til Schweiger, 2018).
 
La directora Augustine Frizzell se muestra fiel a la autora e intenta concentrar y comprimir las páginas del libro en los 110 minutos que tiene su película. No es tarea fácil, ya que la historia transcurre en dos niveles temporales distintos que avanzan en paralelo para relatar dos historias que se retroalimentan. En realidad, no siempre consigue mantener el equilibrio narrativo necesario entre ambas historias y, en especial, en la parte inicial hay algunas decisiones discutibles en el montaje o, mejor dicho, en la ordenación de las escenas.
 

Dos mujeres, dos épocas, dos historias de amor

La última carta de amor nos cuenta dos historias de amor. A principios de los 2000 tenemos a Ellie Haworth (Felicity Jones) una periodista de azarosa vida sentimental que por casualidad se topará con unas viejas cartas de amor mientras se dispone a escribir un artículo que le ha encargado el periódico donde trabaja. En los años 60 tenemos a Jennifer Stirling (Shailene Woodley) una mujer de la alta sociedad que durante un viaje con su marido por La Riviera francesa iniciará un romance extraconyugal con un periodista. Las cartas de ese amor prohibido del pasado son las que encuentra Ellie en el presente. 
 
La periodista se empecinará en reconstruir esa historia de amor y descubrir quiénes hay tras las iniciales con las que están firmadas las cartas. No se dan muchas explicaciones de porqué se lo toma tan a pecho, más allá de la simple curiosidad. Durante su persistente búsqueda irá conociendo mejor al metódico archivero que le ayuda a encontrarlas entre un montón de cajas, surgiendo una atracción entre ellos que se verá fortalecida por el romanticismo que destila la correspondencia de los amantes. Para encajar ambas historias se utilizan los flashbacks a modo de escenificación del contenido de las cartas, aunque hay que decir que de una manera un poco tramposa ya que casualmente las van encontrado en modo cronológico a cómo sucedieron los hechos.
 

Un homenaje visual al cine clásico

Si hay algo que define claramente a La última carta de amor es su necesidad de emparentarse con el cine clásico. La historia que sucede en los años 60 (a posteriori la más interesante de las dos) está filmada y ambientada con un gusto exquisito que rememora el cine que se hacía o se veía durante esa misma época. No es casualidad, entonces, que la película comience con una frase de Adiós a las armas (Charles Vidor, 1957). Es precisamente ese tipo de romanticismo el que se despliega en pantalla siendo atravesado sin remedio por el mismo fatalismo que provoca el azar de Breve encuentro (David Lean, 1945). 

Tanto la directora como el fotógrafo George Steel (The Aeronauts, Wild Rose) nos regalan bellas estampas de colores saturados y una luminosidad exacerbada que parece querer imitar el Technicolor de los melodramas rodados por Douglas Sirk o Vincente Minelli, añadiendo el virtuosismo escénico de Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000). La película tiene escenas de gran belleza formal que son potenciadas por la ambientación, los decorados y el estupendo vestuario para Shailene Woodley que está inspirado en la manera de vestir de Jackie Kennedy. También encontraremos elementos en la puesta en escena de la fotografía de Slim Aarons, un biógrafo fotográfico de la alta sociedad de los años 50 y 60 que retrató a multitud de estrellas de Hollywood.

Shailene Woodley y Felicity Jones, por encima del resto

Está claro que el resultado final dista mucho del que tienen todos esos referentes artísticos. La directora no puede estar a su altura por mucho que inserte varios planos cenitales innecesarios. Aún así hay que reconocer que el aspecto estético de la película está muy cuidado y es una auténtica gozada contemplar algunas de sus imágenes. Sin duda, nos hacen rememorar con acierto aquella época y las películas que se hacían entonces. Respecto a la profundidad emocional de las historias de amor creo que se queda a medio camino. La química entre los actores de ambos relatos no llega nunca a echar chispas y hay personajes secundarios definidos con desgana como el marido de Jennifer o los amigos de Ellie.

La última carta de amor funciona mejor en el pasado que en el presente, cuya historia de amor es demasiado convencional. Entiendo que es necesaria para establecer el vínculo con el pasado y llegar a la hermosa (y previsible) conclusión final. De todas formas, si no fuera porque tenemos en pantalla a la siempre estupenda Felicity Jones nuestro interés por esta parte sería nulo. La historia entre Shailene Woodley y Callum Turner es más emotiva y hubiera ganado enteros si se hubiera potenciado el suspense que siempre se deriva de un personaje amnésico. No se puede obviar que Shailene Woodley está magnífica y no tiene nada que envidiar al glamour que desprendían las estrellas hollywoodienses de la época. La última carta de amor seguro que encantará a los románticos empedernidos, pero hará salir algún sarpullido a los que suelen huir del tono rosa de estas historias de amor extremadamente azucaradas.


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La última carta de amor

6.5

Puntuación

6.5/10

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