Crítica de ‘Dios mío, ¡los niños han vuelto!’: Tan agradable como olvidable

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Dios mío, ¡los niños han vuelto!
 

En el año 2001, el realizador francés Étienne Chatiliez firmó una divertida comedia titulada Tanguy acerca de un joven que a sus 28 años seguía viviendo con sus padres, algo que no es extraño para el público español, acostumbrados como estamos al tardío abandono del hogar por parte de la progenie, resulta ser la peor pesadilla de los franceses en general y los parisinos en particular a los que, según me cuenta una buena amiga que vivió largo tiempo allí, les horroriza que los hijos vivan en el hogar parental más allá de los 18. Tal fue el éxito del film de Chatiliez que el término Tanguy se incorporó al vocabulario popular para denominar a aquellos que, ya mayorcitos, siguen viviendo con papá y mamá.

Nos llega ahora una nueva película francesa que, además de abundar en el mismo tema argumental, sirve para poner de manifiesto el tema de que en España los títulos de películas extranjeras se traduzcan al capricho de su distribuidora da para una tesis doctoral. A la película Chacun chez soi (Michèle Laroque, 2021), cuyo título literalmente traducido vendría a ser algo así como “Cada uno en su casa” algún listo le ha puesto el infame título Dios mío, ¡los niños han vuelto! siguiendo la estela de otras comedias francesas con las que no tiene nada que ver como las exitosas Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (Philippe de Chauveron, 2014) o Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho… ahora? (Philippe de Chauveron, 2018). En fin, mejor no abundar en el tema.

El caso es que los niños a los que alude el título son ya talluditos y se acercan a la treintena y el lugar al que han vuelto no es otro que la casa de papá y mamá, el último refugio que se les ocurre cuando Anna (Alice de Lencquesaing) sigue sin terminar de presentar su tesis doctoral y su pareja Thomas (Olivier Rosemberg), un idiota de manual, es despedido de su trabajo precisamente por eso, por idiota.

La falta de recursos para mantener un tren de vida por encima de sus posibilidades y la incapacidad para amoldarse a vivir en un tren de vida más bajo (uno de los grandes males de esta sociedad de instagramers acomodados que nos está tocando vivir) hace que Anna y Thomas se presenten en la casa de los padres de ella con la intención de campar a sus anchas con todos los derechos y ninguna obligación. Los padres en cuestión, Catherine (Michèle Laroque) y Yann (Stéphane de Groodt), son una pareja de mediana edad que viven acomodadamente sumidos en plena crisis de ¿lo adivinan? la mediana edad. Él, prejubilado tras la venta de su empresa, se dedica, de forma enajenada, a cuidar bonsáis y ella a vivir una arquetípica vida de mujer burguesa despreocupada, sumida en la monotonía y la indiferencia de su marido que está mucho más atento al brote de una ramita de bonsái que a cualquier insinuación erótica de su esposa.

Este punto de partida argumental es riquísimo y podría convertirse en una película de casi cualquier género: realismo social, thriller, drama familiar, comedia… y por este último género, uno de los favoritos del cine francés más reciente, es por el que se ha decantado la coguionista, actriz protagonista y directora Michèle Laroque que firma su segundo largometraje tras su exitoso (en taquilla) debut con Una mujer brillante (2018).

Tras un breve prólogo que sirve para presentar a los personajes, Laroque se adentra en el terreno de la comedia buscando la comicidad en dos grandes filones, por un lado las fricciones de la convivencia doméstica y por otro las maniobras que Catherine pondrá en marcha para deshacerse de sus pesados inquilinos y recuperar su vida anterior que, de repente, ya no le parece tan indeseable. La cosa deviene en comedia de enredo con los típicos equívocos del género que se resuelven de manera bastante convencional con chistes un tanto facilones y situaciones que, a pesar de apuntar a conflictos más interesantes, siempre devienen en la resolución más previsible.

La película se completa con una serie de personajes secundarios bastante poco aprovechados como la otra hija del matrimonio (Oriane Deschamps) y el cretino de su novio (¿qué les pasa a estas chicas, tienen un imán para idiotas?), el director de la tesis doctoral de Anna (Lione Abelanski) o la amiga recauchutada de Catherine (Laurence Bibot).

Michèle Laroque filma una película intrascendente, inocua e inofensiva a la que le perjudican sus deseos de no incomodar ni molestar a nadie. Se echa en falta un poquito de mala leche y más atrevimiento en la complicación argumental. El reparto funciona a medio gas, se agradece que no cometan el mayor pecado de la comedia reciente francesa (y por imitación de la española) que es basar la comicidad en interpretaciones exageradas de grandes aspavientos, retorcimientos faciales y gritos grandilocuentes. Los actores están comedidos, pero de tan comedidos acaban resultando sosos en algún momento de mayor potencial humorístico.

En cualquier caso, Dios mío, ¡los niños han vuelto! es una película agradable de ver que, probablemente, no molestará a nadie. Esa es su mayor virtud y, probablemente, su mayor hándicap.


¿Qué te ha parecido la película?

Dios mío ¡los niños han vuelto!

5

Puntuación

5.0/10

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