Crítica de ‘Dime quien soy’: Como hacer un estropicio de una gran novela

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Dime quien soy
 

Todas las adaptaciones literarias, ya sean al cine o a la televisión, sufren en su tránsito del papel a imágenes un proceso de transformación que acarrea el peliagudo riesgo de pérdida de substancia, tanto mayor cuánto más extensa sea la novela y más pequeño sea el formato cinematográfico elegido. La novela Dime quien soy de Julia Navarro, publicada en 2010 por Plaza & Janés, sobrepasa las mil cien páginas. Imagino que a ningún cineasta en sus cabales se le ocurriría partir de esta obra para hacer una película de una duración convencional. Pero este tránsito no estriba únicamente en la acomodación a un metraje determinado, la adaptación del lenguaje literario al lenguaje cinematográfico (o televisivo) exige, en ocasiones, que haya que alterar la estructura narrativa de la obra de la que se parte.

En el caso de Dime quien soy, los guionistas (o alguien ha inducido a los guionistas a ello) han tomado la muy discutible decisión de alterar la estructura narrativa de la novela de un modo tan radical que el resultado final, en forma de serie de televisión, es algo que solo se parece remotamente a la obra literaria que le da título. Y es una lástima porque la azarosa historia de Amelia Garayoa (Irene Escolar) merecía mejor suerte y la serie tenía, a priori, los suficientes atractivos como para conseguir algo mucho mejor.

La novela de Julia Navarro está contada a través de un personaje eje, el periodista Guillermo Albi, bisnieto de la protagonista, que desde el presente va reconstruyendo la vida de su bisabuela Amelia Garayoa a través de los testimonios de diferentes personas que la conocieron personalmente o a través de terceras personas. Las andanzas de Guillermo Albi siguiendo el rastro de su bisabuela no son un mero recurso literario empleado por Navarro, son el armazón narrativo donde todo lo demás cobra sentido, incluido el título de la novela en el emocionante final de las últimas páginas y que en la serie es justificado con una solución sonrojantemente torpe.

La decisión de eliminar este personaje en la adaptación televisiva no es anecdótica, con él se pierde el hilo conductor de una historia, por otra parte, muy compleja en cuanto a personajes y localizaciones. La vida de Amelia Garayoa abarca toda la parte central del siglo XX, desde la II República Española hasta la caída del muro de Berlín en 1989, incluyendo la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y toda la época del telón de acero en la Europa del Este. Lo que en la novela sigue un hilo argumental coherente, en la serie es ofrecido de forma tan fragmentada que, a pesar de los rótulos que indican el lugar y la fecha cuando hay un cambio temporal o espacial, el desarrollo de la trama resulta confuso e inconexo.

Pero por si esta pérdida de fuerza narrativa fuera poco, lo más lamentable es que la serie se limita a contar lo que le ocurre a la protagonista como si se tratase de una historia de aventuras (y desventuras). Lo que Julia Navarro nos cuenta en la novela no es únicamente una sucesión de acontecimientos azarosos por Madrid, París, Buenos Aires, Moscú, Londres, Varsovia, Atenas o Berlín. Dime quien soy es, además y por encima de eso, la evolución del pensamiento de una mujer que se enfrenta a sus propias contradicciones vitales e ideológicas. A través de la serie no sabemos (apenas) nada de las ilusiones puestas por esta mujer en las ideas comunistas, su profunda decepción posterior con las mismas, su actitud frente al nazismo, su opinión sobre Franco o su desapasionamiento ideológico final. Tampoco tenemos constancia, más allá de unas escuetas secuencias a mitad de serie, del profundo remordimiento que le ocasiona haber abandonado a su hijo o sus sentimientos por los diferentes hombres que van ocupando su vida. No hay apenas concesiones a la introspección, a la reflexión o a la construcción escrita de un personaje que, además de ser una heroína, es un ser humano.

Después de toda esta argumentación para que mis palabras no se entiendan como el desahogo de un decepcionado lector de la novela, vamos con los aspectos puramente televisivos en los que también hay tela que cortar.

Probablemente lo más destacable de la serie sea un brillante elenco encabezado por la excelente Irene Escolar que, a pesar de todo lo antedicho, construye un personaje atractivo y lleno de fuerza al que hace evolucionar desde la despreocupada inocencia juvenil del primer capítulo a la dura toma de conciencia de la madurez en un auténtico tour de force interpretativo. No es fácil que la misma actriz de vida a un personaje que envejece más de cincuenta años durante una serie si bien es cierto que los últimos años de su estancia en Berlín han sido drásticamente reducidos por los guionistas; algo agradecible visto el chapucero maquillaje bajo el que la sepultan en las últimas secuencias. El resto del (internacional) reparto se completa con el correcto trabajo de Oriol Pla y los más brillantes Will Keen, Pierre Kiwitt y Maria Pia Calzone. Las presencias de Pablo Derqui y de los siempre magníficos Carlos Hipólito y Joaquín Notario son dignas de ser destacadas a pesar de su brevedad. La aparición de Francis Lorenzo al comienzo y al final de la serie es la torpe manera de subsanar la tropelía cometida con el guion de la que ya he hablado largo y tendido. El cambio argumental no tiene ningún sentido dramático.

También excelente es la dirección artística en todas sus facetas con acertadas localizaciones, creíbles decorados y acertado vestuario. Menos digna de alabanza me parece la dirección de Eduard Cortés, excesivamente conservadora y con abuso de algunos recursos efectistas como el empleo de la grúa para filmar planos un tanto grandilocuentes o innecesarios subrayados de los momentos de mayor tensión. Su dirección, un tanto errática, no imprime el ritmo necesario a una serie que avanza a irregulares trompicones. Algunas secuencias se resuelven con tanta prisa como morosidad se emplea en otras. Vuelvo a insistir en que haber respetado al personaje que en la novela ejerce de hilo conductor, aunque hubiese alargado un poco el metraje, daría mucha más consistencia argumental y fluidez narrativa a la serie.

Tampoco me parece acertada la dirección de fotografía de David Omedes, demasiado pulcra y muy pobre en contrastes entre las diferentes localizaciones. La música de Lucas Vidal es agradable y funciona como leitmotiv.

A modo de conclusión, Dime quien soy es una serie decepcionante para los amantes de la novela y un tanto deslavazada argumentalmente para los que se acerquen a ella sin haber leído la obra. Una de las series más esperadas de la brillante temporada televisiva española que, a pesar de sus incuestionables esfuerzos de producción, se deshincha casi nada más empezar.


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4

Puntuación

4.0/10

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