65 SEMINCI. Sección oficial. Crítica de ‘El discípulo’: Largo y pesado ensayo sobre la música clásica india

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 
El discípulo
 

El cineasta indio Chaitanya Tamhane que estrenó en 2014 su ópera prima Tribunal, presenta en la 65ª edición de la SEMINCI su segundo largometraje, El discípulo, que en el pasado Festival de Venecia fue galardonado con el premio al mejor guion y con el premio FIPRESCI de la crítica internacional.

Estamos ante una historia, un tanto atípica, de relación maestro-alumno. El joven Sharad Nerulkar (Aditya Modak) es un músico de limitado talento que admira a su maestro Guruji (Arun Dravid) a quien quiere emular. Guruji le inicia en la música clásica tradicional india a través de los ragas, cantos melódicos creados mediante la variación de pocas notas, que resultan un poquito duros a los oídos occidentales. De hecho, Tamhane no se anda con muchas contemplaciones y nos obsequia con varios (que no variados) ragas a lo largo de la película que filma íntegros poniendo a prueba el aguante del espectador más paciente.

El film comienza en un tono casi documental con el propósito de divulgar y preservar este tipo de cantos, se insiste en dejar bien claro que se trata de una música muy vinculada a una dimensión espiritual en la que hay que deshacerse de pensamientos deshonestos y ánimos de lucro para alcanzar un estado mental ideal para su interpretación. El joven Sharad que, además de estar corto de cualidades vocales, se dedica al onanismo contemplando vídeos porno en el ordenador, no parece estar en la predisposición espiritual adecuada ni en el flujo de pensamientos oportuno.

Los sucesivos fracasos de nuestro héroe le harán perseverar sin desmayo en los intentos mientras empieza a ganarse la vida como profesor de música. Tamhane nos obsequia con repetitivas secuencias del joven circulando en moto mientras escucha a través de unos auriculares la grabación de lecciones de una mítica maestra canto que insiste en la importancia de la resistencia en el largo camino de pureza, de olvidarse de dar gusto al público o el afán por ganar dinero y, finalmente, cantar solo para el gurú y para Dios.

Esta historia particular, sirve al director para abrir un debate que ya no es tan diferente al que puede plantearse la música en occidente. El peso de la industria, las radio fórmulas, los patrocinadores, los fans y los programas de televisión tipo Operación Triunfo o similares que moldean el estilo genuino de sus jóvenes concursantes para acomodarlos al gusto de ese público o esa industria que son los que, finalmente, ponen el dinero. El film también trata sobre la difícil convivencia de la música tradicional (clásica) india con esa música occidental que, globalización mediante, invade todo a través de internet.

La película, que transcurre a lo largo de varios años, muestra cómo esa evolución digital lleva incluso a músicas ancestrales a ser pasto de las redes sociales o las páginas de difusión masiva de vídeos. En conclusión, El discípulo trata de un montón de cuestiones interesantes, pero su excesivo metraje, la falta de carisma del personaje protagonista y la pesada realización de Tamhane, especialmente durante la primera hora del film, hace que buena parte de los espectadores lleguen aburridos al tramo final en el que empiezan a ocurrir cosas medianamente interesantes.


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