64 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Un gato en la pared’: ¡Es la gentrificación, estúpido!

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 64 SEMINCI: 
Un gato en la pared
 
Mina Mileva y Vesela Kazakova son dos documentalistas búlgaras que han dado el salto al largometraje de ficción con Un gato en la pared, una coproducción búlgara con el Reino Unido en el que éste se hace más presente tanto por la ambientación geográfica como por las disquisiciones argumentales del guion. Vamos, para que me entiendan, que Un gato en la pared parece y es una película inglesa.
 
Y habré de comenzar estas líneas con una confesión por la que no sé si debo o no avergonzarme, y es que no había oído hablar nunca de la gentrificación, y digo que no sé si debo o no avergonzarme porque no sé si en mi círculo familiar, social y laboral todo el mundo sabe lo que es y aprovechan para hablar entre ellos sobre la gentrificación cuando yo no estoy delante y mantenerme ignorante sobre el tema o les pasa como a mí y no tienen ni repajolera idea de este concepto sociológico que las directoras de la película han tenido la amabilidad de explicar someramente en un momento del film para que los no versados pudiéramos pillar algo.
 
Y someramente voy a explicar de qué se trata para que aquellos (a los que les ocurra como a mí) que quieran continuar con la lectura de estas líneas y se planteen ir a ver la película vayan un poco leídos. La gentrificación viene a ser un proceso sociológico y urbanístico por el cual, determinadas zonas de las grandes ciudades son rehabilitadas aumentando su valor pero con dos consecuencias indeseables: un importante desembolso económico para los propietarios tradicionales que no pueden afrontar y un notable incremento del precio del alquiler que los arrendatarios tradicionales tampoco pueden asumir. Como resultado, propietarios y arrendatarios que suelen ser de clase media o media baja son desplazados a otras zonas de la ciudad y la zona rehabilitada que dejan libre, es ocupada por una clase social más acomodada económicamente.
 
Con este concepto en mente, las guionistas y directoras búlgaras, se sitúan en una comunidad de viviendas municipales en Londres en la que conviven arrendatarios (de cuyos costes, teóricamente, se hace cargo el Ayuntamiento) y modestos propietarios que viven lo suficientemente apretados como para que el hecho de que les cambien las ventanas y le den un lavado de cara al edificio no les compensa el importante desembolso al que deben hacer frente. Una de estas propietarias es Irina (Irina Atanasova), una búlgara, madre soltera que vive con su hermano y su hijo pequeño, y a la que su profesión de arquitecta no le reporta los suficientes ingresos como para librarla de trabajar poniendo copas en un pub ya que se niega a vivir de las subvenciones y ayudas estatales.
 
Cuando un gato comienza a merodear por los alrededores de la vivienda de Irina y es finalmente adoptado por la familia, comienza el conflicto argumental, las legítimas dueñas del gato lo reclaman y éste, por una chapuza arquitectónica se cuela por una falsa tubería y termina atrapado (o escondido, no queda muy claro) en el interior de la pared. Este atrapamiento debe ser la metáfora con la que Mileva y Kazakova pretenden ejercer la crítica social al Londres en el que viven.
 
El problema es que la película es farragosa en su narración, fea en su concepción estética, y carente de fuerza emocional suficiente para tocar la fibra del espectador o de ironía y mala leche para, por lo menos, divertir. No resulta fácil empatizar con Irina, una mujer que vive permanentemente cabreada y que, por unos resortes emocionales en absoluto justificados por el devenir del guion, comienza a tomarse la vida con más ligereza y alegría. Tampoco se empatiza con el despreocupado (y vago) hermano de la protagonista ni con el niño, bastante limitado como actor. El resto de los vecinos son tirando a egoístas, las casas están hechas un desastre por dentro, pero no por pobreza sino por falta de la más elemental higiene y sentido del orden.
 
En cuanto al presunto propósito de retratar el momento político que está viviendo el Reino Unido, el film resulta totalmente fallido, las directoras pasan de puntillas sobre el Brexit y el único momento en el que comienza una conversación interesante entre “leavers” y “remainers”, esta es zanjada en apenas dos minutos sin profundizar más allá de algunos lugares comunes demasiado superficiales y dejándonos con ganas de más enjundia.
 
No encuentro nada que destacar en Un gato en la pared ni en el aspecto interpretativo, ni en el estético (ya he dicho que la película es deliberadamente fea), ni en el manejo cinematográfico de dos directoras que, posiblemente, tengan más dotes para el documental que para la ficción. Aquí se quedan a medio camino y me da la impresión de que la película no funciona ni como drama ni como retrato de la realidad. Esta misma historia en manos de Paul Laverty en el guion y Ken Loach en la dirección podría ser un auténtico diamante, pero sería otra película.
 
Por lo menos he aprendido qué es la gentrificación. Eso que me llevo. 

5

Puntuación

5.0/10

Un comentario en “64 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Un gato en la pared’: ¡Es la gentrificación, estúpido!

  • el 22 octubre, 2019 a las 19:18
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    Gentrificación y posterior ocupación por hipsters (los nuevos pudientes), o sea Chueca y Malasaña en Londres. Paso.

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