Crítica de ‘Yomeddine’: Los parias de la tierra

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Yomeddine 
 

De todas las posibilidades que tiene el cine para conmover, el camino más recto es indudablemente el de dar pena. No hay nada más efectivo que mostrar sin tapujos a gente que sufre, que no tiene nada ni a nadie y que vive en la marginación y en la pobreza. Si esa gente además son niños o enfermos (niños enfermos ya es el culmen de la lástima) el éxito está garantizado en el objetivo de mover al espectador a la piedad removiendo las emociones más primarias. Hay que ser un verdadero despiadado para no compadecerse de un hombre estigmatizado por una de las enfermedades más crueles que existen y de un niño abandonado por su familia cuya mayor diversión es encontrar algún tesoro en la montaña de basura del vertedero junto al que vive.

Y estos son los dos principales recursos de los que se vale el director egipcio A. B. Shawky para dirigir Yomeddine, su primer largometraje que fue presentado en el pasado Festival de Cannes en su mismísima Sección Oficial, sí, están leyendo bien, la misma sección oficial que año tras año relega a (notables) películas españolas a las secciones paralelas a menos que sean dirigidas por Pedro Almodóvar o, como este pasado año, por el iraní Asghar Farhadi. La presencia de Yomeddine en la sección oficial a concurso solo puede entenderse por motivaciones extracinematográficas o desde el afán de dar cabida a cine de cinematografías exóticas.

En Yomeddine acompañamos a Beshay (Rady Gamal) que, a pesar de haberse curado de la lepra, su rostro y sus manos han quedado dramáticamente deformados, su cara, surcada por las cicatrices y con los rasgos desfigurados, le mantiene viviendo en una leprosería al norte de El Cairo desde su infancia. Su única compañía es un niño llamado Obama (Ahmed Abdelhafiz), un pequeño huérfano que no tiene absolutamente ningún recuerdo de quienes fueron sus padres y porqué ha sido abandonado.

La triste existencia de ambos confluirá en una búsqueda de sus orígenes que sirve a A. B. Shawky para filmar una suerte de road movie manteniendo siempre un tono amable y condescendiente para aliviar la incomodidad del relato y edulcorar la amargura de las vidas de estos desheredados de la tierra. Así, el metraje está salpicado de anécdotas, graciosas unas, truculentas otras que hacen avanzar los minutos hacia un final igualmente amable y previsible.

Los actores fueron elegidos entre intérpretes no profesionales, Rady Gamal ha padecido realmente la lepra y no hay en su rostro resto alguno de maquillaje o prótesis de látex; esto, que es muy de agradecer en aras a la verosimilitud y el (descarnado) realismo, resta sin embargo potencia a una interpretación en la que el amateurismo es demasiado limitante. Bastante más espontáneo es el niño Ahmed Abdelhafiz o, probablemente, esté mejor dirigido. Lo que es incuestionable es que hay química entre ambos y que la pareja tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros la hora y media de metraje.

Yomeddine es una película amable, de incuestionables buenas intenciones, que muestra un Egipto diferente al que se enseña a los turistas y con un trasfondo de denuncia social que se diluye por culpa de la bisoñez de un director demasiado pendiente de todos los detalles que adornan la película y que, sin embargo, busca todos los atajos de efectismo emocional y evita cualquier carga de profundidad en una historia que daba para ello.


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