Crítica de ‘Cafarnaúm’: No quiero vivir en este mundo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Cafarnaúm
 
Cuando leí las reseñas y algunas críticas que se publicaron tras la presentación de Cafarnaúm en el pasado Festival de Cannes, donde fue galardonada con el Premio del Jurado, comprendí que una película que recibía quince minutos de aplausos y a la que la crítica despachaba con posturas enconadamente extremas que iban desde la obra maestra hasta los más deplorables calificativos no podría dejarme indiferente. No suelo hacer referencia a lo que otros críticos escriben sobre una película pues defiendo mis opiniones con el mismo encono con el que reparto respeto a las de los demás aunque ni las comparta ni me agraden. Pero en este particular caso no puedo evitar hacer referencia a un concepto que se repitió en no menos de media docena de críticas, nacionales y extranjeras, cuya insistencia, por inusual, me dejó sorprendido y ahora que he visto la película, mosqueado. Se trata del concepto de “pornografía emocional” o “pornomiseria” con el que algunos se refirieron a la película tras su pase en Cannes y que se ha extendido como un mantra entre los detractores del film que lo repiten cansinamente como si acabaran de descubrir un nuevo género cinematográfico.
 
Entendiendo como entiendo lo que quieren decir, me cuesta comprender la actitud que lleva a sostener que un largometraje que muestra la vida miserable de unos niños en una ciudad de oriente medio pueda ser calificada como pornomiseria por mucho que su directora, Nadine Labaki, se sirva de muchos recursos cinematográficos para despertar emociones en el espectador, lo cual, no lo olvidemos, es el fin último del cine. Supongo que los que así escriben son los mismos que acusan a Spielberg de “sentimentaloide” o que censuran de “demasiado comercial” a toda película que de uno u otro modo exalte los buenos sentimientos. Supongo que son también los mismos que prefieren aburrirse miserablemente durante dos horas viendo crecer la hierba en algún largometraje audaz y radical. 
 
Como después de lo dicho ya he corrido todos los riesgos posibles para que se me acuse de hacer demagogia, pienso llegar hasta el paroxismo en el ejercicio de la misma pero, al mismo tiempo, aliviarme la mala leche soltando la manida frase de que esta película debería de ser de “visionado obligatorio” para todos los niños y adolescentes del primer mundo que en su puñetera vida han pasado media hora de hambre y se quejan de no tener el último modelo de móvil o no poder ir a esquiar a Baqueira. También deberían verla todos los que miran a los inmigrantes con ojos revirados pensando que estaban mejor en su país y que a qué coño han venido al primer mundo a que compartamos con ellos el estado del bienestar o los que, en la apoteosis del cinismo, piensan que ser vagabundo es un estilo de vida que ellos han elegido y que por tanto no son dignos de lástima (esto lo he escuchado decir a personas presuntamente normales, lo juro). Finalmente estaría bien que vieran Cafarnaúm todos los activistas de salón que alivian su conciencia y se creen muy solidarios por ponerse determinado pañuelo alrededor del cuello e ir un par de veces al mes a gritar soflamas y frases hechas a según que manifestaciones.
 
Soltado el desahogo voy a hablar de cine. Cafarnaúm es la tercera película como directora de la actriz (y realizadora) libanesa Nadine Labaki, en ella nos cuenta la historia de Zain, un niño de doce años (aparenta menos) que vive una vida miserable en una casa miserable de un barrio miserable hacinado junto a personas miserables empezando por sus propios padres. Con una perspicacia impropia de alguien tan joven es capaz de ver venir las desgracias antes de que sucedan y trata de proteger a su hermana de ser vendida a un hombre adulto ayudándola a ocultar que ya ha tenido su primera menstruación y por tanto es útil para “dar placer y procrear” a cualquier degenerado dispuesto a pagar por ella.
 
Con cierta estructura de cine judicial, Cafarnaúm nos presenta a Zain detenido en prisión por acuchillar a un hombre y a su vez acusando a sus padres ante un tribunal por haberle traído a un mundo en el que solo ha conocido el hambre y las calamidades. A partir de ahí, mediante flashbacks y elipsis, Labaki nos permitirá ir conociendo más de la vida de un niño sumergido en la autoconsciencia de carecer de infancia. Su encuentro casual con Tigest, una mujer etíope que también sufre mil y una indignidades con tal de procurar alimento a su bebé, le pondrá en una rampa de aceleración para hacerse aún mas adulto cuando la momentánea desaparición de la mujer le obligará a hacerse cargo del pequeño Yonas.
 
Resulta tan difícil apartar la mirada de los ojos de Zain Al Rafeea, el nombre del niño actor que da vida a Zain, como de no conmoverse con sus penalidades y acompañar sus pasos en una ciudad hostil y llena de gente sin escrúpulos dispuesta a engañar a los desheredados pidiéndoles dinerales para que se embarquen en viajes, a menudo suicidas, con la promesa de venirse a esta Europa nuestra en la que ejercemos una solidaridad de telemaratón navideño.
 
Labaki tiene dos auténticos diamantes en bruto en su pequeño actor y en un bebé tan expresivo y fotogénico que contagia por igual sus llantos y sus sonrisas, conocedora de esto, sabe como depositar su cámara sobre ellos para que, a través de una astuta utilización de los encuadres, el relato fluya a través de sus movimientos, de sus gestos, de sus palabras y de sus silencios. Un montaje inteligente, una música lo suficientemente emotiva y alguna digresión en el guion sueltan la cuerda que parece ahogar sin remedio al espectador ofreciendo respiros a través de algún personaje extravagante como un impagable superhéroe en forma de Cucaracha-man.
 
Esta Cafarnaúm a la que el Nuevo Testamento se refiere como “la ciudad de Jesús” por ser uno de sus primeros lugares de predicación, es utilizada como palabra coloquial en la lengua árabe para referirse al desorden de lugares donde los objetos se amontonan caóticamente. Labaki toma esta acepción para titular un largometraje vibrante y emocionante en el que trata de retratar las situaciones de explotación laboral de miles de niños en El Líbano, los matrimonios concertados entre menores o la venta de niñas en cuanto son fértiles con la cínica excusa de que al menos tendrán un hogar y una cama en la que dormir.
 
Además del mencionado Premio Especial de Cannes, Cafarnaúm ha hecho una importante carrera internacional y ha conseguido colocarse entre las finalistas a la mejor película en habla no inglesa en los Globos de Oro, los BAFTA y los Óscar donde se enfrentará, entre otras, a las dos joyas de la cinematografía mundial de 2018, la polaca Cold War y la mexicana Roma. No está mal para una película pornográfica.


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