Crítica de ‘Juliet, desnuda’: El encanto de la comedia británica

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Juliet, desnuda

Comenzamos un nuevo año, y lo hacemos algo indigestos física y emocionalmente. Demasiadas cenas, demasiados encuentros, demasiados buenos propósitos. Es el momento de disfrutar de algún título ligero, amable y divertido. Diamond Films nos receta esta semana un antiácido para los excesos mentales de estos días con Juliet, desnuda, una comedia que adapta la novela homónima del siempre ingenioso Nick Hornby.

El nombre del autor británico es la tarjeta de presentación de esta película. Hornby, cuya popularidad se disparó tras la adaptación a la pantalla de su novela Alta fidelidad, ha mantenido siempre una relación muy estrecha con el cine. A otras novelas suyas que también se convirtieron en películas como Un niño grande o Amor en juego, se le suman adaptaciones que el mismo hizo de otros libros como An Education o Brooklyn y que le consiguieron dos nominaciones a los premios Oscar.

Juliet, desnuda es la historia de un matrimonio marcado por el amor del marido, Duncan, por Tucker Crowe, un cantante de rock indie de comienzos de los noventa que vive en la actualidad prácticamente desaparecido. Su pasión es tal que maneja su vida y la de su esposa, Annie. En un acto de rebeldía, ésta decide hacer una crítica desfavorable del disco favorito de su marido, lo que no solo precipita el final de su matrimonio sino que propiciará la amistad de Annie con quien menos espera, el mismísimo Tucker Crowe.

Juliet, desnuda es su séptima novela y llega a las pantallas nueve años después de su publicación. Se reparten la adaptación a guion Tamara Jenkins (La familia Savages), Evgenia Peretz (Our Idiot Brother) y Jim Taylor (Election, Entre copas) y el resultado es fresco, ingenioso y dinámico. Con pequeñas licencias allí y allá, la adaptación cinematográfica se mantiene fiel a la novela y, aunque no alcanza la brillantez de Alta fidelidad, desde luego deja el buen sabor de boca propio de toda comedia británica.

El guion mezcla diálogos precisos, personajes secundarios peculiares y el puntito justo de romance. Su argumento es predecible, pero también reconfortante en su falta de artificios. Dentro de su patrón de comedia romántica, caben temas como la paternidad, la frustración o las decepciones asociadas a la edad. Todo abarcado desde el ingenio propio de Hornby.

Jessee Peretz, que tiene una larga trayectoria dirigiendo episodios de series tan prestigiosas como Girls, Nurse Jackie o Glow, se hace cargo de la dirección de Juliet, desnuda y consigue una química entre sus tres protagonistas absolutamente deliciosa.

Rose Byrne (Insidious, Malditos vecinos) está, como siempre, encantadora y hace de Annie un personaje adorable y cercano, con su mezcla de belleza, inteligencia y profunda inseguridad. Aunque en La boda de mi mejor amiga apenas comparten escena, esta es la segunda ocasión en la que trabaja con Chris O’Dowd (Radio encubierta, The IT crowd) que aquí interpreta a su marido, Duncan. O’Dowd, que ha desarrollado su carrera principalmente en la comedia, interpreta en Juliet, desnuda un personaje tan cómico como mezquino y patético, y roba la escena en cuanto sale en pantalla.

Tucker Crowe solo podía tener el rostro de Ethan Hawke (Antes de amanecer, Training Day). Podríamos estar ante una visita, veinticinco años después, a Troy Dyer, su protagonista en Bocados de realidad. Su forma de entender la paternidad tiene similitudes con su papel en Boyhood, de su amigo Richard Linklater. Así que Tucker Crowe parece hecho a medida sobre Hawke su su carrera.

Juliet, desnuda recuerda a las comedias de los noventa, con un humor a veces adorable, a veces corrosivo, diálogos ingeniosos y tres personajes que funcionan en conjunto tanto como por separado. Si esto inaugura el año de cine, bienvenido sea el 2019. 


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