62 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Los pájaros cantan en Kígali’: Y las ovejas se duermen escuchándolos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 62 SEMINCI: 
Los pájaros cantan en Kígali
 

Larga, innecesariamente larga; lenta, deliberadamente lenta y contemplativa hasta la extenuación. Así es Los pájaros cantan en Kígali el tercer largometraje del matrimonio formado por Krzysztof Krauze y Joanna Kos-Krauze y que lamentablemente será el último como dúo por el triste fallecimiento de Krzysztof en 2014 al comienzo de la producción de esta película. Anteriormente el matrimonio Krauze había presentado en la Seminci Plaza del Salvador que obtuvo en 2007 la Espiga de Plata y el premio a la mejor actriz para Jowita Budnik; y en 2013 Papusza con la que obtuvieron los galardones a la mejor dirección y al mejor actor para Zbigniew Walerys. Es decir, nunca se han ido de vacío.

Los pájaros cantan en Kígali se sitúa en la Ruanda de 1994 cuando tuvo lugar el terrible genocidio de la población tutsi por parte del gobierno hutu que ostentaba la hegemonía en el país. Allí, Anna Keller (Jowita Budnik) una ornitóloga polaca, tras presenciar el terrible genocidio en el que muere su socio, un célebre ornitólogo ruandés con el que estaba estudiando los buitres de Ruanda, ayuda a huir del país a Claudine Mugambira (Eliane Umuhire) hija del ornitólogo. Una vez en Polonia, a pesar de la distancia, a ambas les será demasiado difícil huir del horror recientemente vivido y ser capaces de reconducir sus vidas. Mientras Anna acompaña a su padre gravemente enfermo, Claudine será incapaz de pasar página y olvidar a todos los muertos que dejó atrás en su país de origen.

Así contado hasta puede resultar interesante. El problema es que no hay narración. La directora opta por un tedioso transcurrir del metraje en el que las breves secuencias en las que ocurre algo se intercalan con eternos planos de foto fija detrás de los cuales supongo que haya algún propósito artístico más allá de poner a prueba la paciencia del espectador más calmado. La realización es totalmente arbitraria, la colocación de la cámara es deliberadamente excéntrica y no parece seguir ningún criterio que no sea el de huir forzadamente de lo racional. Lo mismo filma un plano desde detrás de unas sillas mientras la acción tiene lugar en una mesa del fondo que apenas se intuye desenfocada como coloca el encuadre (es un decir) desde un pasillo y filma una puerta entreabierta donde se intuye lo que ocurre dentro. Todo muy artístico, muy impostado y con muchas ínfulas autorales pero entre esta realización esquizofrénica y los interminables tiempos muertos, Los pájaros cantan en Kígali mientras se duermen las ovejas de Valladolid.

Los personajes no resultan empáticos, y no digo que tengan que serlo, pero lo que a priori parecería fácil: implicarte con el drama humano de una refugiada ruandesa que huye del horror, resulta imposible porque exterioriza su rabia de forma irracional revelándose incluso contra quien la ayuda lo cual hace que resulte tremendamente antipática. Vamos mal si una película no engancha al espectador ni por la forma de ser contada ni por el encanto de sus personajes.

Pero lo más irritante está por llegar cuando tras hora y media de caprichos de realización, de delirios estilísticos, de decisiones narrativas arbitrarias, de uso abusivo de la foto fija y el fuera de campo y de desprecio absoluto por la puesta en escena, de repente a la directora se le ocurre volverse académica y aturdirnos con composiciones efectistas de los miles de cadáveres apilados, de montañas de ropa y zapatos de las víctimas ocupando toda la extensión de una iglesia, ahora sí nos los muestra con claridad, ahora no hay desenfoques ni fuera de campo, ahora sí que hay una impostada puesta en escena con fines efectistas. Lo siento pero cuando se pierde la coherencia estilística que se ha pretendido durante la mayoría del film me siento engañado. El drama de la guerra de Ruanda, del terrible genocidio con sus cientos de miles de muertos, de los miles de refugiados que hubieron de huir del país, es decir, el auténtico meollo de la cuestión queda desdibujado por las ínfulas autorales de la directora. Únicamente el brillante trabajo de las dos actrices, polaca y ruandesa, elevan el nivel de una película que desaprovecha su esencia a fuerza de aburrimiento.

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