Crítica de ‘Carne trémula’: Azar tras azar para adornar la pura imagen del deseo

Las críticas de Carlos Cuesta: Carne Trémula

Retomamos nuestro ciclo dedicado a la trayectoria como director de Pedro Almodóvar, en sentido inverso, encaminándonos hacia su origen. Al llegar a Carne Trémula pisamos una frontera difusa de la filmografía del autor. Todo sobre mi  madre, la anterior parada de este trayecto, supuso el primero de los Oscar de Almodóvar y también el Globo de Oro a la mejor película extranjera y en nuestra marcha atrás hacia el comienzo de todo seguiremos encontrándonos nominaciones e importantes reconocimientos nacionales e internacionales, pero en Carne Trémula advierto un punto de inflexión (con el permiso de Tacones lejanos y Mujeres al borde de un ataque de nervios, de las que hablaremos en un futuro cercano).

Ese salto cualitativo no supone que el cineasta se despoje de sus pulsantes motivaciones (el deseo, la desconfianza, la mentira, la violencia) ni que abandone los universos de los que extrae a sus personajes (lo marginal, lo fronterizo). Víctor (Liberto Rabal), hijo de una prostituta, se gana la vida como repartidor de comida a domicilio. Un confuso encuentro con la Policía en el que se le confunde con un agresor armado le llevará a la cárcel, y a uno de los inspectores (Javier Bardem) le postrará en una silla de ruedas. Víctor había acudido al domicilio de una amante ocasional (Francesca Neri), una drogadicta, que acabará casada con el policía. En el momento en que el joven cumple su condena las vidas de todos ellos cruzarán de forma enfermiza. Lo que unió la pasión de esa situación al límite la pasión lo separará.

Hay algo que atrapa de este cine negro impregnado de relato de barrio, de cine quinqui, de estética sucia y cruda. Que esta producción es chocante es una afirmación que tiene más sentido si se tiene en cuenta el momento de mi vida en el que se estrenó (yo tenía 15 años). Ahora sobra un click de ratón para plantarse enfrente de “la carne”, sobran páginas, pero en los años 90 la carátula de Carne Trémula suponía para mí una electrizante ilustración que sudaba por cada centímetro la concepción más tórrida del deseo. Para mí el carácter icónico de ese cartel nunca se ha perdido, como una seña de identidad de la condición provocadora del realizador que nos ocupa.

De esta película hay cosas que me llaman poderosamente la atención. Tiene que ser deliberado que el comienzo de la historia se plantee casi como comedia negra con un contexto de finales de los 70, con el Franquismo agonizando, pero las secuencias posteriores, ya asentadas en los 90, viren su tono hacia la seriedad, la gravedad, la violencia y una decadencia aún más marcada. Es como si para el director la sombra de la dictadura, la descendencia del Franquismo fuera más peligrosa y más despreciable, por ser más hipócrita y más reprimida. Pepe Sancho, como uno de los policías envueltos en el fatal tiroteo que mencioné, personaliza ese sector del país que hubiera preferido un caudillo infinito y que ve en liberalidad emergente (también en la sexual) una amenaza.

Ya no sorprende después de lo visto la tendencia de Almodóvar de embarazar a Penélope Cruz (la actriz tiene un papel secundario en esta trama como madre de Víctor), ni en el regocijo que siente al construir personajes de turbio pasado que reconducen su vida (o tratan de hacerlo). De nuevo, la estructura narrativa se moldea como un círculo perfecto, empieza y acaba en un mismo punto, aunque el tiempo y las vivencias lo hayan cambiado todo,  con un diagrama muy similar al de Todo sobre mi madre. Esta vez sucede una paradójica vuelta a la tortilla en la que el que engaña es engañado y el “triunfador” cae derrotado.

Es una lástima que la película se empeñe en rebotar de azar en azar, que la sucesión de hechos y el desarrollo de los acontecimientos se sustente en pequeñas dosis de efecto mariposa para colocar a los personajes en su sitio. No sólo las casualidades ocurren en el peor momento, sino que las eventualidades son casi inverosímiles y el drama viene inducido a base de carambolas. El encaje de azares es un tanto artificial. 

Si el cuerpo de la historia lo componen el deseo, el ansia, los celos y la desconfianza, las patas son los personajes que mueven en esas emociones, y una de ellas es muy coja. Liberto Rabal se muestra incapaz de ser natural y su voz suena impostada y casi ridícula, con una locución que es prácticamente una lectura del guión. Su mal papel queda subrayado al solaparse con una cuajada y rotunda interpretación de Pepe Sancho y la destacada participación de Javier Bardem (la escena en la que se le ve jugando al baloncesto en silla de ruedas tiene mucha garra y llena de sentido la actitud del personaje). 

Los personajes femeninos vuelven a ser la clave. Si Francesa Neri interpreta a una mujer de sinceridad sin filtro, objeto de deseo y desencadenante de todo, Ángela Molina acude a escena como una sensual mujer que lucha por su derecho a gozar, a ser feliz, a no ser la propiedad de nadie, a abandonar la infelicidad de la que es cómplice en su matrimonio con Sancho (Pepe Sancho) policía compañero de David (Javier Bardem). Es también el puente necesario que Víctor cruzará para llegar a la vida de los otros personajes y desbaratar el equilibrio inestable en el que existen. Lamento que la forma en la que se reencuentran sea radicalmente forzada, la forma en la que sus vidas vuelven a solaparse para comenzar una dinámica casi ritual de celos y seducción.

Esa sensación de que la vida nos merece una sospecha se refuerza con la sombría composición musical de Alberto Iglesias que convive con temas desgarrados de honda y flamenca visceralidad. Ese relato sonoro transita por una película donde la violencia y la celebración de un gol se permiten compartir escena y protagonistas; la amistad y la traición son regiones colindantes y  para mudarse de la tranquilidad al desastre sólo hace falta una mala tarde. En esta ocasión, para que las piezas encajen Almodóvar ha puesto alguna del revés y se nota el parche. Con todo, me quedo con el mensaje del cartel, la que para mí es la viva imagen del deseo carnal.

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