Crítica de ‘Los archivos del Pentágono’: Nuevo capítulo de la historia de EEUU desde la cámara de Spielberg

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Los archivos del Pentágono
 

Parece difícil creer que alguien sea tan estúpido como para dejar pruebas escritas de que es consciente de estar haciendo algo mal a propósito, de ahí la existencia de los secretos de estado que salvaguardan fechorías tales como un uso indebido de los fondos reservados, un empleo para fines partidistas o particulares de los sistemas de información y medios de vigilancia o, como es el caso que nos ocupa, conocer la realidad de lo que está ocurriendo en una guerra y aun así tomar decisiones que contradicen el más elemental de los sentidos. Bien sabemos en nuestro país, pero la plaga de mentirosos en tan universal como la mentira misma, que lo primero que va a decir un político cuando se le interpele sobre una de estas incómodas cuestiones es el consabido “yo no sabía nada”. Hace menos de tres días que se lo he oído decir a determinado presidente del gobierno de un país de cuyo nombre no quiero acordarme.

Por encima de la incompetencia o incluso de la corrupción, pocas cosas hacen más daño a la imagen de un gobierno que la prueba fehaciente de que ha mentido a sus ciudadanos con plena conciencia de estar haciéndolo. La enorme dificultad de demostrar que las mentiras son dichas a sabiendas de que lo son suele recaer en el tradicionalmente llamado cuarto poder (desconozco que lugar ocuparía ahora mismo en el ranking si se revisase el orden). Precisamente por eso es tan importante que la prensa no sólo sea libre si no también independiente de los demás poderes. Las amistades peligrosas entre periodistas y políticos o magnates de grandes empresas y la más aún peligrosa dependencia económica en forma de subvenciones e ingresos por publicidad ponen en peligro la valentía y el coraje de los periodistas de raza que a menudo se ven en la tesitura de poner en peligro la supervivencia de sus medios si deciden sacar a la luz información dañina para los que ostentan un poder superior al cuarto.

Steven Spielberg se sirve de un vergonzoso episodio de la historia de su país para poner en pantalla todos los principios que deben regir el buen periodismo y sus correspondientes “lados oscuros” en la excelente Los archivos del Pentágono, una especie de precuela de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) como se encarga de remarcar con el homenajeador plano final. Estamos en 1971 cuando una serie de archivos confidenciales (me encanta el eufemismo de material sensible) sobre información ocultada por cuatro presidentes estadounidenses son revelados al The New York Times cuyos editores, una vez sabida su intención de publicarlos, son amenazados por la administración Nixon que se salta a la torera la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos que, entre otras cosas, prohíbe la creación de cualquier ley que reduzca la libertad de expresión y vulnere la libertad de prensa.

La posición que en aquel momento tomó el Washington Post (rival del New York Times) supone el núcleo de la narración escrita (a ratos farragosamente) por Liz Hannah y Josh Singer que Spielberg rueda con la mano maestra que le ha convertido en uno de los más grandes directores de la historia del cine. Los archivos del Pentágono supone un nuevo capítulo de un, ya abultado, apartado de la filmografía de Spielberg en el que se ocupa de episodios históricos de su país tratados con rigor (salvo la vergonzante Amistad) y didáctica puesta en escena. Munich es el antecedente más directo y la más emparentada argumental y estilísticamente.

No puede reducirse Los archivos del Pentágono a una mera película alegato en pro de la libertad de prensa como tampoco, por mucho que la lectura feminista vaya totalmente a favor de corriente en los tiempos que corren, puede dejarse en un film hagiográfico sobre la figura de Katherine Graham (Meryl Streep), editora a su pesar del Post, que tomó valientemente las riendas de su periódico haciendo frente a un ecosistema masculino de socios e inversores que se disponía a manipularla anteponiendo los intereses económicos a la obligación de informar que debe gobernar la profesión periodística.

El hipnótico arranque del film con un Matthew Rhys muy en su papel de la (infravaloradísima) serie The Americans da paso a casi dos horas de cine clásico en su acepción más ortodoxa del término. Recuerdo haber dicho a propósito de El puente de los espías que una película dirigida por Spielberg y protagonizada por Tom Hanks no podía salir mal, por si fuera poca apuesta a caballo ganador, Spielberg se rodea además de la (una vez más) superlativa e infalible Meryl Streep que se come la segunda mitad del film. Igualmente brillantes están Tom Hanks como el director del periódico Ben Bradlee y todo un selecto elenco de secundarios encabezados por Bob Odenkirk, Bruce Greenwood, Bradley Whitford, Carrie Coon, Alison Brie, Michael Stuhlbarg y el citado Matthew Rhys. Completan la producción la banda sonora de un eterno John Williams y la clasicista fotografía del maestro Janusz Kaminski.

No hay alardes estilísticos en la dirección de un Spielberg con su talento inmune al paso del tiempo, no hay fuegos de artificio en la concepción fílmica, no hay manipulaciones sentimentales en la puesta en escena ni trampas argumentales en el aparato narrativo de un film tan potente como eficaz. Los detractores de Spielberg lo tienen difícil para acusarle de tramposo, de sentimentaloide o de manipulador, aun así, encontrarán algún argumento para deslucir una obra que de haber sido dirigida por un director poco conocido sería sin duda una de las películas del año y a la que no se le habrían escatimado nominaciones a unos Óscar cada vez más empeñados en cumplir cuotas y no disgustar a ningún lobby. Las ausencias del propio Spielberg, de Hanks, de Williams y de Kaminski son un desvergonzado insulto al buen cine. Uno más.

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