Crítica de ‘El mar nos mira de lejos’: Viendo la arena pasar

Las críticas de Pablo Cózar: El mar nos mira de lejos

A veces es complicado enfrentarse a una crítica, muchas veces no tienes muy claro qué decir sobre la película que acabas de ver. En otras ocasiones, sin embargo, esta labor es mucho más sencilla. Y luego está el caso de aquellas cintas en las que no encuentras mucho de lo que hablar. Este es el caso de El mar nos mira de lejos, película que llega al circuito de salas independientes de nuestro país, se encuentra a medio camino entre el documental y la ficción, y de la que no se puede ir mucho más allá de su apartado visual.

El mar nos mira de lejos es la opera prima del director sevillano Manuel Muñoz Rivas, encargado también del guión de la misma junto con Mauro Herce. La premisa en principio parece atractiva, contar como el paso del tiempo ha terminado por convertir la otrora rica y poderosa costa de Doñana, cuando el mítico pueblo de Tartessos pisaba la tierra, hasta la decadencia actual de la zona. Aunque del dicho al hecho, como se suele decir, hay un trecho, y una buena idea no se plasma siempre en una buena película.

Y es que no hay que engañarse, El mar nos mira de lejos es una de esas películas de autor que rara vez encontrará vida más allá del ciclo de festivales, de los circuitos independientes y de alguna que otra emisión televisiva. Durante los casi noventa minutos de metraje asistimos a una película casi muda, con apenas tres segmentos narrados por una voz en off que serán la única referencia a la citada Tartessos, y escenas con lugareños que desarrollan pequeñas historias ficcionadas basadas en su día a día. Poco se puede comentar, consecuentemente, sobre el reparto, más allá de que algunos de ellos consiguen transmitir cierta naturalidad.

Lo más destacable de la producción, sin lugar a dudas, es la fotografía, sobre la que recae el peso de la obra. Para quien no conozca la costa onubense, y el Atlántico andaluz en general, se trata de una zona con el potencial para ser en sí misma un personaje, y precisamente es eso lo que consigue Manuel Muñoz Rivas. La textura visual de las imágenes de las olas del mar, de los rostros ajados, y sobre todo de las dunas hacen de El mar nos mira de lejos una película esencialmente sensorial. Y precisamente son las dunas, que supuestamente ocultan aquella antigua civilización, las que se llevan la palma dentro del metraje. No serán pocas las veces en las que el espectador se verá sumergido ante planos de tierra cayendo por la gravedad como si de un gigantesco reloj de arena que marca el lento pasar de los minutos se tratase.

En conclusión, El mar nos mira de lejos es una película contemplativa, una obra en la que deleitarse con la paisajística pero que peca en muchos aspectos. Es difícil que un público no afín a los circuitos más independientes sea capaz de disfrutar la obra, puesto que la barrera del silencio, la falta de un guión desarrollado y que la idea sea más metafórica que tangible puede espantar a gran parte de los espectadores. Y tampoco vamos a engañarnos, una película puede permitirse un ritmo completamente inmóvil si tiene algo más que haga contrapeso, algo que te haga salir de la sala pensando que no has asistido sólo a una sucesión de imágenes y sonidos. Y eso es precisamente lo que falla aquí, salir de la proyección después de ver un sitio maravilloso y que la película no haya sido capaz en ningún momento de transportarte a aquel lugar.

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