Crítica de ‘El bebé jefazo’: La más Pixar de las películas no-Pixar

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: El bebé jefazo

De unos años a esta parte, desde que tengo hijas en edad de ser llevadas al cine, veo un alto porcentaje de las películas de animación que se estrenan en nuestra cartelera. No podría decir que las veo todas, primero porque no tengo tiempo para todo, segundo porque no toda la animación es para público infantil y tercero porque hay determinadas, vamos a llamarlas cosas, que me niego a ver tras cierta experiencia acumulada.

Dejando a un lado las maravillas que suele hacer el estudio Ghibli en Japón o Cartoon Saloon en Irlanda y las más que estimables películas francesas de Sylvain Chomet o estadounidenses del estudio Laika, la mayor parte de las películas que alcanzan distribución internacional y por tanto estrenos a bombo y platillo con gran aparato publicitario e inundación de merchandising al canto proceden, como no, de Hollywood. Y a pesar de que detesto los prejuicios, de todo cuanto llega de Hollywood, tan solo la etiqueta Pixar y, en similar medida Disney, me ofrecen las suficientes garantías como para ir al cine sin el semblante de un cordero llevado al matadero.

Es cierto que, puede que por las pocas expectativas, en algunas ocasiones me he llevado agradabilísimas sorpresas como las dos fantásticas películas de Gru, mi villano favorito (no así la de los Minions en solitario que no dan para una peli para ellos solos). En cuanto al sello DreamWorks Animation de quien procede El bebé jefazo que ahora nos ocupa, tengo una particular prevención dada su particular tendencia a alternar películas más que estimables como el primer Shrek (2001), el primer Kung Fu Panda (2008) o ambas partes de Como entrenar a tu dragón (2010 y 2014) con productos infumables como El espantatiburones (2004), Vecinos invasores (2006), Turbo (2013) o la pestilente Home, hogar dulce hogar (2015).

Así las cosas, mi estado antes de ir a ver El bebé jefazo era de absoluta incertidumbre ante lo que podían ser cien minutos de diversión u otro denodado esfuerzo por mantenerme despierto intentando contener mi cabreo. Bien. Antes de entrar en materia desvelaré el desenlace, El bebé jefazo me ha parecido la mejor película de los estudios DreamWorks desde Antz (1998), la primera de los estudios y la mejor hasta la fecha.

Y si, dada la amplia experiencia del estudio, damos por supuestos el talento de los animadores, la calidad técnica de la realización, el diseño de producción y el acabado final del producto, ¿dónde reside la clave para que unas películas funcionen y otras no? A mí la respuesta a tal pregunta se me aparece como insultantemente obvia, tanto que no sería necesario ni tan siquiera plantearla, pero como parece que algunos ejecutivos de los estudios de animación de Hollywood en general y de la DreamWorks en particular no parecen tenerlo tan claro habrá que responderla con vehemencia: ¡en el guion, estúpidos, la clave está en el guion!

No se puede vivir continuamente de segundas o terceras partes de los mismos productos que una vez funcionaron, de cansinas repeticiones de la misma fórmula, de aprovechar clichés o personajes convertidos en populares por la televisión. Y, sobre todas las cosas, no se puede tratar a los niños como imbéciles y a sus padres como “pagaentradas” (versión cinéfila del clásico “pagafantas”).

Existen innumerables cuentos infantiles pidiendo a gritos ser adaptados al cine como este “The Boss Baby” de la autora e ilustradora californiana Marla Frazee sobre el que Michael McCullers escribe un vibrante y divertido guion distribuyendo con acierto los gags para lectura infantil con los guiños divertidos para el público adulto, eso que Pixar lleva ya un par de décadas haciendo con brillante acierto y excelentes resultados.

Todo comienza cuando Tim, un niño de 7 años querido (y mimado) por sus padres recibe la llegada de un nuevo hermanito que vendrá a trastocar su idílico orden establecido. Aunque el punto de partida pueda hacernos pensar que vamos a asistir a otra versión del paradigma del príncipe destronado que tan bien retrató Miguel Delibes en su novela así titulada (“El príncipe destronado”, 1973), El bebé jefazo pronto se convierte en una película de espías en la que ambos hermanos, Tim y un peculiar bebé que viste traje y corbata y lleva un maletín lleno de biberones “especiales”, se verán obligados a entenderse a pesar de su mutua animadversión inicial. El arquetipo cinematográfico de dos policías antagónicos y mal avenidos que viven juntos una misión es llevado al paroxismo en algunos momentos con la comicidad y el ritmo como permanente norma de conducción del director Tom McGrath. Aquí la misión será hacer fracasar a una empresa que pretende fabricar la mascota perfecta para desplazar a los niños como “objeto querible” preferido por los padres.

El argumento puede parecer delirante pero no está mal traído en esta sociedad nuestra en la que a menudo parece más valorado tener y cuidar animales que traer hijos al mundo. La competencia entre niños vs perritos convertidos en productos de marketing destinados a satisfacer las necesidades de ternura de las parejas jóvenes daría para más de un ensayo sociológico que profundizase en la verdadera naturaleza de la paternidad/maternidad y en sus implicaciones en esta sociedad de consumo y frenéticos trabajos que nos ha vendido la quimera de la conciliación familiar y laboral, lo cual no es, ni más ni menos, que la mayor mentira que nos han hecho tragar en la sociedad occidental. Y miren que nos tragamos mentiras.

Añadamos entrañables y divertidos personajes secundarios, escenarios atractivos, y una inteligente utilización de ciertos tópicos sobre la llegada de un nuevo bebé a un hogar y su explosiva alteración de la rutina para completar un producto divertido que consigue resultar al mismo tiempo gamberro y entrañable a pesar de que aparentemente ambos efectos puedan parecer antagónicos.

No sé cómo se recordará El Bebé Jefazo dentro de diez años, es probable que no se cuele entre las mejores películas de animación de la década, pero a mí hasta ahora me ha parecido lo más parecido a una película Pixar que una película no-Pixar ha logrado ser jamás. Y sí, la clave está precisamente ahí donde están pensando.

 

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