Crítica de ‘Animales nocturnos’: Brillante envoltorio vacío

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Animales nocturnos

Mi despreocupada y feliz ignorancia del mundo de la moda es la causante de que no tuviera ni la más remota idea de quién era el, al parecer genial, diseñador Tom Ford hasta que en 2009 decidiera dar el salto a la dirección de cine con Un hombre soltero, película que sigo sin haber visto a día de hoy a pesar de su atractivo reparto con Colin Firth y Julianne Moore a la cabeza. Sé que está en algún lugar de mi colección de DVD, así que puede que algún día lo remedie. El caso es que se ha estrenado hace unas semanas, con gran aparato mediático alrededor de la personalidad de su director, su segunda película, esta Animales nocturnos en la que adapta la novela “Tony & Susan” de Austin Wright.

El punto de partida es enormemente sugerente, una mujer atractiva y sofisticada que trabaja como galerista de arte e interpretada por una excelente Amy Adams recibe un paquete procedente de su ex marido que contiene la primera novela de éste que, finalmente, ha logrado cumplir su sueño de ser escritor y desea la valoración de la que siempre consideró su mejor crítica. A partir del comienzo de la lectura de la novela, la película se desdobla en dos vertientes, la de la acción narrada en la novela y la de la realidad de una Amy Adams que vive sumida en el hastío de la frivolidad de su trabajo y una más que posible infidelidad de su segundo marido.

Ambos relatos siguen líneas paralelas a lo largo del metraje con la más que evidente intención de explicitar cierta intención en el ex marido/escritor sobre la ex esposa/lectora. El problema es que el peso en el metraje de ambas vertientes, la de la ficción y la realidad, se desequilibra claramente en favor de la peor de ellas que no es otra que la que muestra lo que ocurre en la novela. Como espectador me interesa mucho más la vida de la protagonista que lo que me cuenta un relato cargado de violencia y sordidez abocado a una venganza más que previsible y convencional.

La truculencia de la novela se apodera de Amy Adams a medida que se sumerge en sus páginas, los planos insertos con sus reacciones de estremecimiento ante determinados pasajes de la lectura son de lo mejor de un film demasiado ambiguo e irregular que durante gran parte del mismo es víctima de las ínfulas artísticas de su director, un Tom Ford que ante cualquier disyuntiva que suponga elegir entre forma y fondo, cede claramente ante el estilo. La brillante interpretación de Amy Adams es a menudo sacrificada en favor de la meticulosidad de una puesta en escena depurada hasta el más mínimo detalle. No cabe culparle demasiado por ello siendo como es el estilo, cualidad imprescindible en un diseñador de moda, lo que ha granjeado a Tom Ford fama y posición, pero como espectador, apreciaría un poquito más de hondura en un montón de interesantísimos temas que deja apenas hilvanados sin dar una sola puntada de costura firme.

El asunto de la debilidad como menosprecio a la masculinidad mal entendida, la fragilidad de los vínculos que unen a una pareja, el poder evocador de la memoria, la capacidad de sugestión de una obra literaria y otras muchas ideas son elementos con los que Tom Ford no consigue más que crear atmósfera. No caigo rendido ante tanta aparatosidad, después de ver Animales nocturnos me siento como el niño que abrumado por el sugerente y atractivo envoltorio de un regalo, descubre después de hacer a un lado lazos, papeles brillantes y cajas decoradas, que en el interior no había más que una nadería.

Jake Gyllenhaal realiza también un brillante trabajo en su doble interpretación, por un lado el protagonista de la novela y por otro el ex marido, autor de la misma, presente en la película a través de los flashbacks en los que Amy Adams recuerda su relación. Completan el reparto Michael Shannon en su enésima repetición del mismo papel que tantas veces ha hecho y Aaron Taylor-Johnson como el villano de la novela en un personaje que le ha llevado a ser nominado al Globo de Oro al mejor actor de reparto (excesivo reconocimiento a mi juicio). Completan la propuesta estética la fotografía de Seamus McGarvey y la turbadora e hipnótica banda sonora de Abel Korzeniowski de la cual se hace, en algunos momentos, un uso un tanto abusivo.

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