SITGES 2016. Crítica de ‘Tenemos la carne’: Enfermiza, extraña, absorbente

Las críticas de Agustín olivares en Sitges 2016: Tenemos la carne
 
Es la película más extraña y enfermiza que he visto en Sitges 2016. Inclasificable, perversa, provocadora. La película en la que más espectadores han abandonado la sala durante el festival. Y, al contrario de lo que podríais pensar, no es un carnaval de vísceras  y humillaciones en la onda de A Serbian Film o Martyrs. No, aquí hay cosas que podéis hacer en vuestras casas, con vuestros hermanos y hermanas, con vuestros abuelos o con el mendigo más cercano. 
 
Según la sinopsis facilitada por la organización, Tenemos la carne nos sitúa en un México apocalíptico. Mariano pasa los días en una casa que pretende convertir en una cueva con forma de vientre materno. Los hermanos Lucio y Fauna le piden que los acoja, y el hombre los iniciará en una extraña relación sentimental.
 
Si, lo que reza esta sinopsis es cierto, tan cierto como que cuando la película llega al punto de la “extraña relación sentimental” todo deja de tener sentido, y eso es antes de la mitad de metraje. A partir de ese punto todo se torna en una pesadilla del David Lynch más críptico, con situaciones extrañas y comportamientos alejados de la lógica. ¿Esto es malo? En este caso no. Deja tantas interpretaciones como espectadores, y eso es mágico. No sabes lo que pasa, no sabes por qué pasa, pero intuyes que tras toda esta parafernalia hay una historia, un mensaje y un objetivo. ¿Cuáles? Ni idea. Tengo mi propia teoría, pero prefiero reservármela y discutirla con vosotros al calor de una cerveza. Exponerla aquí podría condicionar vuestra propia interpretación.
 
La dirección, a cargo de Emiliano Rocha, es fantástica. Se permite el lujo de mezclar la narración más clásica con insertos experimentales. Es épica la escena de sexo explícito grabada con una cámara de infrarojos. Me imagino a Emiliano en su casa, pensando: “¿Cómo puedo demostrar que estos dos pives están cogiendo de verdad? Pues los grabo con cámara térmica”. Y si, los actores están bien calientes. La locura del film es culpa/gracias a Rocha. El críptico guión también surgió de su prodigiosa/enfermiza cabeza.
 
El aspecto visual también es brillante. La fotografía cambia a medida que los protagonistas se sumergen en la locura. La luz natural que tiende a los amarillos se transforma en luces extremadamente frías o calientes, según la situación. Esa cueva que fabrican entre los tres, con palos y cartones, va mutando hasta convertirse en una especie de útero materno, en la que la escasa luz natural se cuela por una pequeña abertura, que simboliza la vagina. O eso me pareció entender.  
En cuanto al arte solo puedo decir que es magnífico. Dota de una roñosidad total el entorno en el que viven, dándole un punto todavía más enfermizo.
 
El aspecto interpretativo es un tanto irregular. Noé Hernandez, Mariano en la película, está soberbio en su papel de tarado profeta. Da mucho mal rollo, pero también es muy cómico. Por su parte María Évoli, que interpreta a una de los hermanos, se muestra resuelta y muy metida en el papel. En cambio Diego Gamaliel, que interpreta al hermano, está más seco y acartonado. Esto es comprensible si consideramos que es su primera actuación, y que además tuvo que interpretar escenas un poco escabrosas y subidas de tono. Si no se retira por el trauma es que tiene aguante: hay futuro para él.
 
Voy a dar por finalizada la crítica porque estoy tentado de destripar escenas para que entendáis el nivel que maneja Tenemos la carne, pero me voy a aguantar. Si os gusta el cine de Lynch en la onda de Carretera perdida, la época de la carne de Cronenberg y no le tenéis miedo a lo nuevo tenéis que verla. Es la película que siempre quiso hacer Brian Yuzna pero que no le salió.

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