SITGES 2016. Crítica de ‘Mon Ange’: Poesía audiovisual para todos los públicos

Las críticas de Agustín Olivares en Sitges 2016: Mon ange
 
La película empieza con un magnífico espectáculo de magia, en el que Louise y su marido juegan con los espectadores del teatro, apareciendo y desapareciendo mágicamente. Pero algo en el último truco sale mal: el marido desaparece para siempre. Louise es internada en un psiquiátrico, donde dará a luz a su único hijo, Mon Ange, (supongo que) un precioso bebé que le alegra la vida. Y digo que supongo porque no se le ve, es invisible. Louise decide mantenerlo oculto y en secreto, no quiere que su hijo sufra. Todo cambia cuando Mon Ange conoce a Madeleine, la vecina ciega de su misma edad que se convierte en su única amiga. Juntos comparten sus años de infancia y juventud, hasta que Madeleine revela a Mon Ange que la van a operar de los ojos y que, por fin, podrá verlo. OMG, menudo marrón para nuestro ángel.
 
Mon Ange es una gran película poética. Es preciosa, con una historia que atrapa, una atmósfera mágica y un gusto estilístico abrumador. Es poética, pero también comercial. En Mon Ange no caben los atardeceres en planos secuencia, tres horas de palpitaciones en la femoral del protagonista, ni demás flipadas de autor. Es bonita, es sensorial, es emotiva y la podría ver tu abuela sin aburrirse.
 
Mon Ange es una de las pocas películas en las que los efectos visuales y digitales están 100% al servicio de la historia. Si Mon Ange se lava las manos vemos el contorno de su piel a través de las ondas del agua. Si se pone un vestido lo vemos flotar en el aire, al igual que si escribe vemos moverse mágicamente el lápiz. Nada está por casualidad ni capricho, todo rema hacia el mismo objetivo: crear una película que te llegue a las entrañas.
 
El guión es muy sencillo pero cautivador. Es una historia fantástica, en la que no tienen cabida ciertas preguntas lógicas. ¿Acaso Madelaine no cuenta a sus padres lo de su amigo? ¿Sus padres no ven que su hija habla sola? Hacerse estas preguntas es cargarse la magia, al igual que podría pasar con filmes fantásticos como Amelie. Pero dudo que alguien llegue a molestarse por estas cuestiones, puesto que la película es pretendidamente fantástica y onírica.
 
En el aspecto actoral hay que aplaudir el excepcional trabajo de Fleur Geffrier, Hannah Boudreau y Maya Dory, las tres actrices que interpretan a Madeleine en sus diferentes etapas evolutivas (infancia, adolescencia, madurez).  Juntas componen un personaje que tiene coherencia a lo largo de su trayectoria vital, estando todas al mismo nivel de exigencia. Sin duda un gran trabajo del departamento de casting. En el lado contrario está Mon Ange, al que jamás se le llega a ver. La tercera en discordia, Elina Lowënsohn, ejecuta un interpretación perfecta para el personaje de Louise, la sufridora madre de Mon Ange.
 
La fotografía luce naturista, sin pomposidades ni grandilocuencias. Tiende a las altas luces, quemando frecuentemente los ambientes, dotando a la atmósfera un aire onírico que impregna todo el metraje.
 
En definitiva, Mon Ange es una película personal, emotiva y muy humana. Cualquiera que se haya podido sentir ignorado en su vida encontrará una bella historia en la que sentirse reflejado. Dejaros seducir por este genial film belga, os tocará la fibra y os hará mejores personas. 

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