Crítica de ‘Un monstruo viene a verme’: Doblemente fantástica

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Un monstruo viene a verme

 

Acercarse al mundo de la infancia a través del cine es un ejercicio muy arriesgado, en primer lugar porque hay que tener una buena historia que contar para no caer en lugares comunes y, en segundo lugar, porque cuando un largometraje se apoya en un intérprete infantil, es absolutamente imprescindible que esté muy bien elegido. Lo de que los niños siempre “dan bien” en las películas es una de las mayores falacias que  circulan sobre el mundo del cine. A un niño hay que dirigirle bien, cierto, pero también tiene que tener mimbres de actor, es imprescindible que tenga un rostro empático, de esos que se pegan a la cámara, y que encaje con la naturaleza del personaje, ya sea por su vis cómica o por su capacidad dramática. Y no nos confundamos, el hecho de que sea un buen intérprete infantil no significa que luego vaya a ser un gran actor adulto, es algo que puede ocurrir como en el caso de Christian Bale en El Imperio del Sol (Steven Spielberg, 1987) o no ocurrir: Henry Thomas en E.T. El Extraterrestre (Steven Spielberg, 1982).
 
Juan Antonio Bayona ha conseguido con solo tres largometrajes de ficción (documentales y producción televisiva al margen) acercarse al mundo de la infancia de un modo muy personal, los niños de sus películas no tienen una vida fácil, o están enfermos, o sufren una catástrofe natural o sufren de un inmenso aislamiento emocional víctimas de difíciles situaciones en el colegio y en su familia. No sé si Bayona supervisa personalmente los casting para elegir a los intérpretes infantiles de sus películas, pero sea quien sea el responsable de la elección, lleva un pleno de aciertos en las tres películas. Tanto el pequeño Roger Príncep de El orfanato como Tom Holland (actual Spider-Man) en Lo Imposible resultaron ser fundamentales en el éxito de los films aunque el peso de los mismos los llevaran sus respectivas madres, Belén Rueda y Naomi Watts. El hallazgo de Lewis MacDougall en Un monstruo viene a verme supone un nuevo descubrimiento. La película, a pesar de sus muchísimos méritos, se apoya en él, si él no funcionara, todo lo construido por Bayona y su equipo se derrumbaría como un castillo de naipes. Y si no, que se lo pregunten al mismísimo Spielberg (no puede ser casual que sea la tercera vez que le cito en dos párrafos hablando sobre la infancia en el cine) cuyo Mi amigo el gigante no termina de funcionar, precisamente, porque no funciona su niña protagonista. 
 
El joven MacDougall está espléndido como el atormentado Conor O´Malley, cuya infancia se debate entre la separación de sus padres, la grave enfermedad de su madre, el bullying que estoicamente soporta en el colegio y la falta de química con una abuela (Sigourney Weaver) que la vida ha puesto en su camino como la única opción de futuro. ¿Única? No. Cuando todo va mal siempre nos queda la fantasía, siempre es posible soñar, ya sea dormido o despierto, y ahí es donde la novela de Patrick Ness (quien también es responsable del guion) sirve a Bayona para adentrarse de nuevo en el mundo de las ensoñaciones, de la fantasía, cuyo fino e incierto límite con la realidad es uno de los grandes hitos de esta fantástica película fantástica (léase fantástica como adjetivo y como género cinematográfico). 
 
El resto del reparto se completa con la citada Sigourney Weaver que a estas alturas de su carrera se ha convertido en la clásica actriz que funciona casi en cualquier papel; una conmovedora Felicity Jones en el papel de la madre y la maravillosa voz de Liam Neeson (imprescindible ver la película en versión original) como el monstruo. 
 
Como en sus dos anteriores películas, Bayona encarga la (emotiva y efectista) banda sonora a Fernando Velázquez y la (delicada) dirección de fotografía a Óscar Faura. La dirección artística no admite reproche y los efectos visuales son sencillamente portentosos. La creación y recreación del monstruo es deslumbrante aunque la digitalización del cine contemporáneo vaya día a día agotando nuestra capacidad para sorprendernos. Dos de las historias contadas por el monstruo, recreadas mediante animación, podrían perfectamente funcionar como cortometrajes animados independientes de la película; ambos realizados con técnicas diferentes pero idéntica sensibilidad estética.
 
Pero en un conjunto brillante donde todo funciona y resulta difícil destacar algo, la dirección de J.A. Bayona sobresale por su admirable dominio de la puesta en escena, su impecable dirección de actores y su sabia conducción de la narración llevando al espectador por el terreno de las emociones sin apretar el lagrimal de un modo descarado. Sobre esto último habrá opiniones diferentes y todas son respetables, pero Bayona circula por el carril de la sensibilidad, no por el de la sensiblería. Al que le moleste reconocer que se ha emocionado, que lo niegue, pero que no acuse al director de hacer bien su trabajo, una comedia que no provoque risas sería fallida, un melodrama que no haga brotar las lágrimas también. Bayona no falla. Lleven pañuelos de papel.

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