Crítica de ‘Cigüeñas’: ¿De dónde vienen los niños?

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Cigüeñas

 

No sé qué turbias teorías (y prácticas) les habrán contado a ustedes sobre cómo se hacen los niños, pero vayan olvidándose ya de tales actividades. A los bebés los traen las cigüeñas. Los producen en una fábrica con forma de estación petrolífera que está en el cielo (o en lo alto de una montaña, no me ha quedado claro) y desde la cual los distribuyen a lo largo de todo el mundo en un hatillo que hacen con una mantita blanca. ¿Se han enterado? Pues eso.

Bueno, tal vez era así hasta que las cigüeñas se hartaron de su trabajo y se dedicaron al reparto de paquetería constituyendo una empresa tipo Amazon, desde entonces, los niños no se sabe muy bien de donde salen, pero el mundo sigue poblándose. El caso es que una cigüeña macho destinada a ser jefe con la voz de Arturo Valls, una chica pelirroja a la que olvidaron repartir cuando era una recién nacida (doblada en español por Belén Cuesta) y un bebé surgido de repente se ven inmersos en una serie de aventuras. Perseguidos por una manada de lobos Transformers, combatiendo en silencio contra una banda de pingüinos o sufriendo los identificables momentos que toda pareja de padres primerizos han vivido con sus retoños, ya saben, pañales que cambiar, biberones que preparar y dar, y ahora ¿por qué demonios llora esta criatura que esta cambiada, cenada y acunada?

Pues esto es Cigüeñas, la última película de animación en llegar a la cartelera española gentileza de la división de animación de Warner. El problema estriba en que un planteamiento relativamente divertido se queda en una serie de gags (mejor o peor conseguidos) pobremente hilvanados por un guion falto de consistencia. Nadie duda de las buenas intenciones de la película y no querría equivocarles, los niños, que al fin y al cabo son los principales destinatarios del film, disfrutarán enormemente con las andanzas de Junior (la cigüeña), Tulip (la chica) y el bebé; pero los adultos no encontrarán la consistencia suficiente como para sentir que han hecho algo más que acompañar a sus hijos al cine. No hay detrás de tanto ruido y tanto castañazo una idea argumental lo suficientemente sólida como para que la experiencia se reduzca a alguna que otra carcajada (en mi caso, casi todas debidas a un Arturo Valls tan desatado como presentando sus programas de televisión). 
 
Cigüeñas es el debut en la dirección de largometrajes animados de Doug Sweetland que al parecer no encontró acomodo en Pixar para quien dirigió en 2008 un maravilloso cortometraje titulado Presto que precedía a la proyección en cines de la no menos maravillosa Wall-E. Codirige junto a Sweetland, el presunto director Nicholas Stoller (autor de engendros como Todo sobre mi desmadre o las dos partes de Malditos vecinos) que no sé muy bien que pinta aquí, y que bien podría ser el responsable de confundir conceptos tan básicos como ritmo y celeridad. No por contar las cosas muy deprisa, no por hacer que todo ocurra muy rápido y menos aún por hacer que los personajes vayan de tortazo en tortazo, se consigue que la película no decaiga en su ritmo. 
 
De hecho, Cigüeñas se beneficiaría de pararse en algún momento a reposar. Algunos momentos, como esa joven pareja de adictos al trabajo que de repente se dan cuenta de que tener a su hijo al lado continuamente no significa pasar tiempo con él, se prestarían a ser desarrollados con mayor carga de profundidad. A lo mejor conseguían que muchos padres de mi generación y un poquito más jóvenes que yo reflexionáramos sobre algo que estamos haciendo rematadamente mal. 
 
Por lo demás la película tiene un envoltorio estético muy atractivo, la animación es más que aceptable y la brillante banda sonora de los hermanos Jeff y Mychael Danna se beneficia, además, de un buen puñado de buenas canciones como “And She Was” de los Talking Heads o “Fire and the Flood” de Vance Joy.

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