Crítica de ‘Los siete magníficos’: Actualización políticamente correcta

Las críticas de Óscar M.: Los siete magníficos
 
La perpetua e insistente música de James Horner da el pistoletazo de salida a una nueva versión (remake o actualización) muy políticamente correcta de la historia de Los siete samuráis, que ya fue versionada en Los siete magníficos en 1960.
 
Tomando como referente este primer refrito americanizado de la película asiática, Los (nuevos) siete magníficos destaca por su amplio reparto interracial, tanto que no se han dejado a ninguna raza por representar (excepto a los esquimales).
 
Esta nueva mezcla de personajes de varias nacionalidades es desigual, por ejemplo, se ha “blanqueado” por completo a la población del pueblo a defender (en la original eran mejicanos), pero, para compensar el cambio, se le ha dado más protagonismo a la mujer (a una, en concreto).
 
Por fortuna, esta nueva adaptación no se ha convertido en un duelo de egos (a pesar de que está el amigo del director Denzel Washington), aunque sí es palpable la necesidad imperiosa en el guión de dar sus minutos de protagonismo a todos los personajes, para que los actores no puedan luego quejarse a sus representantes o aparezcan comparaciones absurdas (como pasaba en Los vengadores, otra recopilación de héroes con una causa común).
 
Lo más destacable es la falta de altruismo imperante en la versión protagonizada por Yul Brynner, parece que en estos días (aunque la película está situada temporalmente en el siglo XIX) no se concibe que siete forajidos vayan a ayudar a unos pueblerinos simplemente por hacer en bien, deben tener una recompensa económica de por medio. Ya conocen el dicho: el dinero mueve el mundo.
 
Para rematar tenemos a un nuevo villano (interpretado por Peter Sarsgaard) mucho más cobarde que el anterior, que no duda en quedarse en la retaguardia mientras sus hombres mueren por su lealtad. Estos y otros actos posteriores aportan al personaje más maldad, pero menos respeto o temor entre el público. Su momento es, como debe ser, el último.
 
Antes de la llegada del momento culminante y la batalla final, la película sufre un bajón importante de ritmo, algo de lo que, por suerte, se recupera pronto gracias a las escenas de acción, pero da que pensar si eran necesarias más de horas de metraje o si se podrían haber eliminado unos veinte minutos para dejarla redonda.
 
El director Antoine Fuqua consigue sacar adelante una película complicada con muchos personajes, una historia en la que (realmente) sucede muy poco, y un guión que ha sabido mantener lugares comunes con su predecesora y utilizar frases de aquella sin miedo y con respeto.
 
Aunque en la productora a alguien le han temblado un poco las piernas y ha cometido dos errores mortales: el primero es intentar imitar las películas del género con unos borrosos primerísimos planos digitales de los ojos de los contrincantes (algo tan absurdo y burdo que recuerda a los horribles zoom digitales que utilizan en los programas televisivos de cotilleos) y el segundo es clavar la puntilla de la tapa del ataúd con un innecesario epílogo digital enfocando las tumbas de los caídos y una voz en off que recalca al público por qué los siete fueron magníficos.
 
El clímax final es mucho mejor que el anterior y cumple con creces las expectativas: hay acrobacias a caballo, explosiones, muchos trucos visuales y una gran cantidad de muertos, aunque (como en las clásicas películas del oeste) la sangre se mantiene al mínimo (sólo mancha la ropa, por muy a bocajarro que se reciba el disparo).
 
Los siete magníficos pasa con creces la criba de los remakes innecesarios (por supuesto, este también lo es, pero sabe salir airoso de la encrucijada a base de escenas de acción), ofreciendo lo mismo, pero con nuevos actores y mejores medios.

También te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *