Crítica de ‘La memoria del agua’: Alguna vez deberíamos llorar

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La memoria del agua

 

Conozco a personas, incluso en mi círculo más cercano, que evitan continuamente las películas que les expongan al dolor. Dicen, y nunca discuto su argumento, que bastantes penalidades hay en la vida como para ir al cine a sufrir. Cuando me piden que les recomiende algún título de los que hay en cartelera nunca olvidan recordarme, aunque a estas alturas ya no sería necesario, que no se me ocurra sugerirles ningún “dramón”. De todas las opciones dramáticas posibles, las que más les espantan son las que pertenecen al terreno de lo cotidiano, es decir, no les repugna tanto un drama lejano o improbable como aquel que podría acontecernos a la gente corriente con mayor probabilidad. 

De entre las circunstancias dramáticas que nos amenazan a diario, pocas hay tan inevitables como la pérdida. Más tarde o más temprano todos hemos sufrido, sufrimos y sufriremos el dolor de perder a alguien a quien amamos o, sin llegar a tanto, que ha formado parte de nuestra vida. Pocos dolores son tan desgarradores, tan íntimos y tan irremediables. 
 
El director chileno Matías Bize construye La memoria del agua sobre la más terrible pérdida que en mi opinión puede sufrir un ser humano. Aunque no me atrevo a asegurar que no exista, no se me ocurre nada tan espantoso cómo perder a un hijo pequeño. Esas desgracias que, como decían nuestros viejos, van contra natura. En ese momento de su vida se encuentran Javier (Benjamín Vicuña) y Amanda (Elena Anaya), una joven pareja que acaba de perder a su hijo Pedro de cuatro años, accidentalmente ahogado en la piscina de su casa. 
 
A partir de una turbadora secuencia inicial con Elena Anaya al borde de la piscina intentando inútilmente taparla con una lona, Bize desarrolla durante noventa minutos una delicada crónica de la digestión del dolor que cada uno de los dos protagonistas viven por separado y del devastador efecto que la desgracia tiene sobre su relación. Las diferentes necesidades afectivas y emocionales de Amanda y Javier sirven a Bize como base de un relato que conduce con calma, sin gritos ni aspavientos; mientras Amanda busca poner distancia y arrancar de nuevo, Javier se aferra a los recuerdos, a los objetos y a las costumbres.
 
Hay por tanto un doble duelo en La memoria del agua, por un lado el de la citada pérdida, por otro el de la devastación del amor, el del desencuentro ante las disonantes formas de reaccionar frente a la desgracia. Los dos personajes extraordinariamente escritos en el guion y maravillosamente creados por sus intérpretes son el pilar donde se asienta toda la fuerza de esta emotiva coproducción hispano-chilena. 
 
Es muy difícil tratar con materia tan delicada sin abusar de los artificiosos recursos que el cine pone a la disposición de un guionista y de un director, y en ambas labores Matías Bize se conduce con limpieza, con honestidad, con un depurado buen gusto y con el poder que le concede contar con dos fantásticos protagonistas. El actor chileno Benjamín Vicuña realiza una contenida interpretación dibujando en su rostro una amarga sonrisa tras la cual oculta el desgarro al que no permite aflorar. Por su parte, Elena Anaya crea uno de los mejores trabajos de su carrera con una interpretación que basa su fuerza en una arrolladora naturalidad, no hay asomo de fingimiento ni de impostación. Hacia la mitad de la película, tiene una secuencia inolvidable mientras está trabajando como intérprete en un congreso, es uno de esos momentos de una exigencia brutal para una actriz que solo está al alcance de las grandes y con la que Anaya, apoyada en una inteligente planificación de Bize, es capaz de encoger el alma del espectador más duro. 
 
La memoria del agua es una película triste, de hecho hacía mucho tiempo que no veía una película tan triste, pero de una tristeza hermosa, de las que impregnan el espíritu del espectador que asiste encogido ante tanto dolor. Amanda le dice a Javier casi al inicio del film “deberías llorar alguna vez”. Todos deberíamos llorar alguna vez. Aunque sea en el cine.

 

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