Crítica de ‘Mi amigo el gigante’: Spielberg recrea con acierto el universo de Roald Dahl

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Mi amigo el gigante

Hace unos días vi un spot de televisión en el que se anunciaba la última película de Steven Spielberg como “El E.T. de una nueva generación” y eso son palabras mayores. Entiendo que los publicistas tienen que hacer su trabajo y tratan de vender su producto lo mejor posible, pero flaco favor le hacen a Mi amigo el gigante situando las expectativas del público a la altura de una auténtica obra maestra con la que pocas (o ninguna) películas resistirían comparación.

De la imaginativa mente del escritor Roald Dahl sale el material de partida sobre el que la recientemente fallecida guionista Melissa Mathison (sí, la misma guionista que E.T.) escribe el libreto sobre el que Steven Spielberg rueda un nuevo acercamiento al mundo de la infancia, la imaginación y los sueños. No es la primera vez (ni será la última) que la obra de Roald Dahl es llevada al cine, célebres son las dos adaptaciones de “Charlie y la fábrica de chocolate”, la que en 1971 dirigió Mel Stuart con el título Un mundo de fantasía (Will Wonka and the Chocolate Factory) y la más reciente, dirigida en 2005 por Tim Burton, estrenada con el mismo título de la novela. Pero también son adaptaciones de diferentes obras de Dahl las películas Relatos de lo inesperado (Alastair Reid, 1979), Danny, campeón del mundo (Gavin Millar, 1989), La maldición de las brujas (Nicolas Roeg, 1990), James y el melocotón gigante (Henry Selick, 1996), Matilda (Danny DeVito, 1996), Fantastic Mr. Fox (Wes Anderson, 2009) e incluso Los Gremlins (Joe Dante, 1984) está lejanamente inspirado en un cuento del mismo título escrito por Roald Dahl
No resulta difícil imaginar, conociendo un poco la trayectoria de Spielberg, la fascinación que sobre él tuvo que ejercer una historia como la de “El gran gigante bonachón”, novela publicada en 1982, curiosamente el mismo año del estreno de E.T. El Extraterrestre. Una niña huérfana, Sofía, con una portentosa imaginación; un gigante que por las noches se dedica a recorrer Londres capturando sueños; un recóndito país donde crear un universo imaginario de sueños de colores conservados en tarros etiquetados, y una enorme casa fantástica excavada en una cueva donde la cama es un barco y todo está lleno de curiosos artilugios. Todos estos son los ingredientes sobre los que Dahl en su cuento, Mathison en su guion y Spielberg con su portentoso talento visual ponen en pantalla una historia divertida que hará las delicias del público infantil. Sí. No se engañen. Mi amigo el gigante es una película para niños. Habrá adultos (entre los que me cuento) que disfrutarán dejándose llevar por el portentoso delirio imaginativo de la historia, pero otros muchos (y ya conozco varios) arrugarán la nariz preguntándose a sí mismos qué se le ha perdido a Spielberg en una historia que, no nos engañemos, vista desde los ojos de un adulto no es más que un disparate. Pero precisamente para adultos, ya hizo una película el año pasado que, por cierto, era magnífica. 
La banda sonora nos devuelve a un John Williams original después del refrito musical con el que adornó la última entrega de Star Wars (la séptima parte, no me obliguen a levantarme a consultar el título, hace tiempo que me perdí). En cuanto a la parte visual, Janusz Kamiński, director de fotografía de cabecera de Spielberg desde La lista de Schindler (1993) firma un riguroso trabajo, especialmente en las secuencias de un Londres nocturno que retrata con aires de cuento clásico. La animación visual es irreprochable tanto en la recreación del país de los gigantes como en los (recreados) interiores del Palacio de Buckingham a donde la acción nos llevará en algunos momentos. 
En cuanto al reparto, no consigo encandilarme con la debutante Ruby Barnhill en el papel de la pequeña Sofía, reconozco que su rostro transmite inocencia y resulta vulnerable pero carece de la simpatía que haría falta para que la película se convirtiera en inolvidable. Supongo que para una niña de once años tiene que ser muy difícil rodar una película en la que gran parte de la filmación se realiza delante de pantallas de croma y en la que debe dar la réplica a figurantes enfundados en trajes de látex, pero el caso es que su Sofía carece del encanto que tiene, por ejemplo, el niño protagonista de la película con la que en el primer párrafo de este escrito dije que no había que comparar Mi amigo el gigante. Acabo de hacerlo. 
Detrás de la recreación digital del gigante encontramos el rostro de Mark Rylance en la segunda película consecutiva con Spielberg tras su inolvidable (y oscarizado) agente ruso en El puente de los espías. Aunque es difícil separar la interpretación de Rylance de la animación  por ordenador, se aprecia la humanidad y la bonhomía de Rylance en las sonrisas y los cambios de estados de ánimo del gigante. Entre el resto de intérpretes cabe destacar a la maravillosa Penelope Wilton (Downton Abbey) haciendo a una disparatada y divertida reina de Inglaterra. 
Reconozco que a Mi amigo el gigante le falta la emoción de obras mayores de su director pero si no fuera su nombre el que estuviera detrás de los créditos, admiraríamos la película como un divertido entretenimiento ideal para el público infantil. Así que déjense de comparaciones y hagan algo por la infancia de sus hijos. Cómprenles los libros de Roald Dahl, pónganles el DVD de E.T. El Extraterrestre en casa, llévenles al cine a ver Mi amigo el gigante y, si beben gasipum, tengan cuidado de donde se tiran un popotraque.

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