Crítica de ‘Esperando al rey’: Tom Hanks, Tom Hanks y Tom Hanks

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Esperando al rey 

En ocasiones empleamos la expresión “una película al servicio del lucimiento de…” cuando nos referimos a un film en el que toda la producción parece estar al servicio de su estrella protagonista y hasta el guion se supedita a sus necesidades interpretativas. No voy a poner ejemplos porque me conozco y sé que terminaría por extenderme durante más de dos párrafos justificándome. En el caso de Esperando al rey, habrá quien piense así, que se trata de una película al servicio del lucimiento de Tom Hanks. Yo no lo tengo tan claro. Creo, más bien, que en el mediocre último trabajo del director alemán Tom Tykwer, es Tom Hanks el que se pone al servicio de intentar salvar una película mal escrita y peor dirigida. 

No he leído la novela “Un holograma para el rey” del autor norteamericano Dave Eggers, por tanto desconozco el grado de fidelidad por el que ha optado el propio Tom Tykwer al escribir el guion cinematográfico. Y desconozco si la levedad con la que están construidos los personajes estaba ya en la novela de Eggers o es culpa de Tykwer. El caso es que renuncia a (y nos priva a los espectadores de) profundizar en el conocimiento de cualquier otro personaje que no sea el protagonista Alan Clay (Tom Hanks), un mediano empresario estadounidense, una víctima más de la recesión económica, que viaja a Arabia Saudí con el objetivo de vender allí un novedoso sistema de teleconferencias mediante hologramas (lo que se habrá reído Georges Lucas al darse cuenta de que en 1977 ya lo hacía Luke Skywalker en La guerra de las Galaxias). 
Ni siquiera el personaje de Alan Clay está bien presentado desde un punto de vista narrativo. Los vínculos con su familia, que se suponen clave para entender la situación que está viviendo y por qué está donde está, son despachados con unos recursos manidos y poco efectivos. Una conversación telefónica con su padre (medio minuto de Tom Skerrit en pantalla) para explicar que Clay ha defraudado a su padre por ponerse del lado de los tiburones de la crisis al deslocalizar su empresa trasladándola a China. Un email con voz en off y un par de flashbacks para despachar la relación con su hija, al parecer la única que sigue confiando en él. Y de su mujer, o su exmujer, poco o nada sabemos salvo que se le aparece en sueños para hacerle reproches. 
De su equipo de colaboradores en Arabia Saudí (que no sabemos ni por qué, ni desde cuando están allí) tampoco se nos cuenta nada de interés, y el resto de personajes son claramente de usar y tirar. El mejor ejemplo es Yousef, sin duda el mejor secundario del film interpretado con gracia por Alexander Black, una suerte de desastroso chófer-guía-héroe en el que Tom Tykwer se apoya durante los primeros dos tercios de película para añadir comicidad y al que deja tirado cuando deja de serle útil para la trama. También hace lo que puede Sarita Choudhury (cara conocida para los seguidores de la serie Homeland) en un personaje, que se supone catalizador de la trama, pero no tiene guion suficiente para hacerlo. Finalmente, la gran actriz danesa Sidse Babett Knudsen (la protagonista de la serie Borgen) tiene un papel deplorable que debería servir para que la actriz despidiera fulminantemente a su agente. Si pretende hacer carrera en el cine internacional con papeles como este, mejor que se quede en Europa en producciones como la fantástica El Juez (L´Hermine) que se estrenó hace unos meses. 
No dudo que las intenciones fueran otras, que Tykwer pretendiera hacer una crónica amarga y divertida sobre una víctima de la crisis económica de Occidente perdido en la maraña de la emergencia económica de Oriente. Pero no le ha salido. Demasiados clichés culturales. Demasiadas anécdotas con mejores intenciones que gracia. Demasiadas caídas de la silla. Demasiado paisaje exótico. El resultado es un recital de Tom Hanks salvando (o intentando salvar) los muebles de una película que empieza muy bien, con reminiscencias a la excelente Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003) pero va a la deriva abocándose a un final abrupto en el que los personajes secundarios son abandonados a su suerte y la trama es resuelta de un modo precipitado y chapucero. Para ver y olvidar.

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