Crítica de ‘Warcraft: El origen’: Una partida en pantalla grande

Las críticas de David Pérez “Davicine”: Warcraft: El origen

Cuando pensamos en adaptaciones de videojuegos al cine, solemos pensar en películas fallidas como Street Fighter o Mortal Kombat, las aceptables entregas de Tomb Raider o la adrenalítica saga Resident Evil, pero Universal Pictures ha ido un poco más allá con Warcraft: El origen, la épica aventura de dos mundos enfrentados, basada en el fenómeno mundial del mismo nombre de Blizzard Entertainment que arrastra a millones de seguidores en todo el mundo.

Warcraft: El origen, dirigida por Duncan Jones, cuenta las aventuras que acaecen al pacífico reino de Azeroth, el cual está a punto de entrar en guerra para enfrentarse a unos terribles invasores: orcos guerreros que han dejado su destruido mundo para colonizar otro. Al abrirse un portal que conecta ambos mundos, un ejército se enfrenta a la destrucción, y el otro, a la extinción. Dos héroes, uno en cada bando, están a punto de chocar en un enfrentamiento que cambiará el destino de su familia, su pueblo y su hogar. 
Así empieza una espectacular saga de poder y sacrificio donde se descubren las numerosas caras de la guerra y donde cada uno lucha por lo suyo, y que vemos desde la butaca del cine más como una partida al videojuego que como una experiencia cinematográfica. No se puede discutir la innegable calidad visual que acompaña a esta producción, casi digna de la mítica saga El señor de los anillos, pero quizás peque en exceso de cromas y seres digitales, quedando en un segundo plano los humanos. Tanto efecto especial y tanto ser infográfico tan sólo nos hacen sentir que estamos viendo una partida a la consola, y no nos metemos de lleno en la propia película, lo cual por un lado hace que no se disfrute plenamente, pero no impide que estemos durante dos horas entretenidos comiendo palomitas mientras vemos batallas sin necesidad de dirigirlas nosotros con el mando.
Ser tan fiel al videojuego a la hora de mostrarnos estos mundos no impide tener un guión, pues sabemos que existen un sinfin de personajes peculiares como enanos, elfos, demonios… pero no hay una trama específica o un punto de inicio y final definidos, lo que ha permitido a Duncan Jones unir todos esos personajes en una aventura única y, sorprendentemente, coherente, aunque no necesariamente compleja. La tarea de mostrar en 2 horas un mundo tan amplio, o más bien mundos, era muy difícil, pero se nota un gran esfuerzo por lograrlo, y condensar el reclamo de un nuevo mundo por parte de los orcos de manera que entendamos los motivos del enfrentamiento entre humanos y orcos de cara a futuras películas de este universo de Warcraft. 
Con tres películas en la filmografía de Jones, es espectacular el crecimiento exponencial de los presupuestos con los que trabaja y la amplitud del universo de ficción que crece acorde a los mismos. Hemos pasado del minimalismo de Moon, a la interesante fusión entre la identidad tecnológica y humana que nos mostró en Código Fuente para llegar al límite entre lo que se llama película de imagen real y de animación, repleta de captura de movimiento con la que Avatar consiguió deslumbrar hace siete años.
Quizás echemos en falta un desarrollo más amplio de alguno de los muchos personajes principales, y es que no hay demasiado tiempo para que se centren en mostrarnos más parte del origen del líder orco Durotan (Toby Kebbell), del ser hambriento de poder Gul’Dan (Daniel Wu) o del rey humano (Dominic Cooper). 
El valiente Anduin Lothar (Travis Fimmel), con cicatrices en el cuerpo y el alma, es quizás sobre el que recae más peso de la película, pero tampoco llegan a destriparnos detalles de su pasado, como si lo hacen en parte con el joven aprendiz de mago  Khadgar (Ben Schnetzer), quien toma protagonismo según avanza la película, pero no llega a desarrollarse plenamente su personaje, como si lo logra Garona (Paula Patton), que desempeña un papel fundamental, y no sólo como intermediaria en las negociaciones entre ambos mundos, sino también en la parte emocional y el componente amoroso de Warcraft: El origen. Curiosamente, es una superviviente que en vez de mostrar su vida como una lección de supervivencia, nos lo introducen en el guión como un drama, siendo su historia un punto fuerte en ambos lados de la guerra. 
A pesar de ser una aventura de fantasía, Jones y el director de fotografía Simon Duggan consiguen incluir escenas que nos recuerdan a clásicos del Oeste, con un viaje a caballo en las montañas o una reunión secreta en un cañón desolado. El equilibrio entre estas secuencias de aventuras, las escenas de diálogos y las batallas, combinan a la perfección, pero quizás tanto efecto digital haga que rechinen un poco las escenas de magia, donde los hechizos emanan colores que nos despistan y descolocan, no siendo en exceso creíbles, como tampoco lo son las pesadas e incómodas armaduras con las que luchan los humanos, que no terminan de convencer a pesar de su espectacularidad. Al menos son elogiables las texturas de las pieles, los brillantes ojos y, en general, los seres mitológicos que nos enseñan.
Para ser una película con un reparto principalmente verde, Warcraft: El Origen se toma bastante en serio, y abre el camino para lo que pueden ser unas sucesivas entregas plenamente disfrutables y 100% adictivas.

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