Crítica de ‘Capitán Kóblic’: Poco más que un gran reparto

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Capitán Kóblic

Tiene que resultar duro vivir atormentado por el pasado, por los sentimientos de culpa, por la brutal certidumbre de que ya nada de lo cometido tiene remedio, de que no hay marcha atrás ni posibilidad de arrepentimiento e incluso algo tan noble como pedir perdón no sirve absolutamente de nada. Así es la vida de Tomás Kóblic y así lo dibuja Ricardo Darín con su brutal capacidad para llenar la pantalla con su sola presencia. Darín no necesita hablar, ni moverse, ni gesticular. Es uno de esos actores a los que les basta una mirada para transmitir exactamente lo que quiere transmitir. Y en esta película, eso que transmite es muy doloroso. 

Capitán Kóblic era uno de los platos fuertes de la programación del último Festival de Málaga y el palmarés la despachó con un único premio, el correspondiente al mejor actor de reparto para un incontestable Óscar Martínez en la piel de uno de esos (perdónenme el exabrupto, pero hay que llamar a las cosas por su nombre) hijos de puta caciquiles que tanto abundan en las dictaduras (y en las post-dictaduras) dedicándose a imponer su ley sin escrúpulos ni miramientos. 
La película, cuarta de su director Sebastián Borensztein, y segunda consecutiva con Ricardo Darín como protagonista tras la muy simpática Un cuento chino (2011), ofrece en realidad dos películas en una; por un lado un retrato sórdido (no puede ser de otra manera) de las secuelas que las atrocidades de la dictadura militar argentina dejaron en la sociedad en general y en un individuo en particular, el ex capitán de la Armada Tomás Kóblic (Ricardo Darín), que pilotó algunos de los llamados “vuelos de la muerte” en los que por obra y gracia del presidente Videla, se despachaban reos tirándolos vivos al mar desde aviones militares. 
Por otro lado, Capitán Kóblic es también una película de tintes románticos en la que el propio Kóblic en su huida hacia ninguna parte se encontrará con Nancy, una mujer atrapada en una sórdida existencia, interpretada por una fantástica Inma Cuesta que amplía su registro interpretativo con otro memorable personaje, incluido un más que creíble acento porteño, del que saca muchísimo más de lo que el guion le ofrecía. 
El problema es que ninguna de las dos cuerdas argumentales en las que se sujeta la película está lo suficientemente tensa como para sostener a unos personajes que están muy por debajo de los actores que los interpretan. De hecho, si en lugar de Darín, Cuesta y Martínez, la película estuviera interpretada por un reparto de menos enjundia, creo que la película se desplomaría al poco de comenzar. Tengo, como espectador, la continua (y desagradable) sensación de que todo en la película está por debajo de las expectativas creadas por una producción que a priori resultaba muy atractiva. Desde luego está muy por debajo de mis expectativas, pero eso es exclusivamente culpa mía. 
Y una vez eximidos de culpa Darín, Cuesta y Martínez, no queda si no mirar hacia guion y dirección, y en ambos casos el nombre de Sebastián Borensztein aparece como principal sospechoso de la debilidad de un film que tenía mimbres para haber sido mucho más fuerte. No hay tensión narrativa, no hay pulso cinematográfico, la música (excelente) de Juan Federico Jusid va por un lado y la acción por otro. El ritmo se hace lento y cansino. El inicio de la película resulta tedioso y hasta que no aparece en plano Inma Cuesta, uno tiene la sensación a pesar del buen oficio de Ricardo Darín, de haber asistido a un largo e innecesario prólogo. 
El caso es que, siguiendo con la teoría de las dos películas, la vertiente histórica de la película es despachada por Borenzstein con unos perezosos (y muy repetitivos) planos con las ensoñaciones de Kóblic-Darín recordando los vuelos de la muerte, y la historia de amor-pasión sigue un camino convencional y suficientemente trillado en multitud de películas. El chico, la chica, la irrefrenable pasión, el marido (o lo que sea) de la chica, el testigo metomentodo, la crisis, el drama, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. Nada nuevo bajo el sol.
El final, una suerte de catarsis, no se soporta sobre los ochenta minutos que lo preceden y el aire de western con el que Borenzstein pretende impregnar el film queda desvaído por un guion que se hubiera beneficiado de un par de revisiones más antes de comenzar el rodaje. Una lástima porque había mimbres argumentales y, sobre todo, interpretativos para mucho más.

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