Crítica de ‘¿Qué invadimos ahora?’: Verdades a medias

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
¿Qué invadimos ahora?

Desde que Michael Moore recibiera el Óscar al mejor documental por Bowling for Columbine en 2002 y la sorprendente Palma de Oro del Festival de Cannes de 2004 por Farenheit 9/11, su fama le llevó a ser el más mediático de los documentalistas del mundo. 

El caso es que llamar documentalista a Michael Moore me parece, en el mejor de los casos, una inexactitud. Sus documentales tienen demasiado guion previo y demasiada postproducción como para considerarse pegados a la realidad. Como el investigador que cocina los datos para que su estudio arroje los resultados que pretendía demostrar, Michael Moore utiliza la realidad de manera sesgada para contar una historia, la que él quiere contar, y ejercer una acerada crítica al “american way of life” cuya puesta en solfa constituye el eje central de su filmografía. 
En ¿Qué invadimos ahora?, Michael Moore parte de un planteamiento tan simple como efectista (y efectivo), tras poner de manifiesto que Estados Unidos no gana una guerra con claridad desde la Segunda Guerra Mundial, y repasar someramente lo que ocurrió en Corea, Vietnam, Camboya, Afganistán e Iraq, decide que la próxima invasión de Estados Unidos será llevada a cabo por él mismo, que arrogándose la impostada facultad de invasor, viajará por diversos países del mundo para “robar” las ideas que parecen funcionar y que harían de su país un lugar mejor. 
De este modo, viajará a Italia donde los trabajadores son tratados con gran empatía por sus jefes y todos disfrutan de varias semanas de vacaciones pagadas durante las cuales hacen el amor continuamente y son felices; a Francia donde los niños comen como gourmets en los comedores escolares; a Finlandia donde su transgresor sistema educativo parece ser la panacea de la felicidad infantil al tiempo que alcanza excelentes resultados de aprendizaje; a Eslovenia donde la Universidad es gratuita; a Portugal donde la despenalización de las drogas ha bajado el consumo y la criminalidad asociada a las mismas; a Noruega donde las cárceles son una suerte de Arcadia donde los asesinos viven como hermanos; a Alemania donde los alemanes reciben masajes y tratamientos en spas cada vez que se estresan en el trabajo; a Túnez donde los líderes religiosos son enormemente tolerantes y las mujeres reciben tratamientos de planificación familiar con naturalidad o a Islandia donde, precisamente las mujeres, viven en pie de igualdad con los hombres desde que fueron los primeros en elegir a una mujer como máxima mandataria del país. 
Todo esto, puesto en continua contraposición con su país, Estados Unidos, donde todo va mal, los trabajadores no tienen vacaciones pagadas, los niños comen porquería en los colegios, el sistema educativo es malo, la Universidad sólo al alcance de los que se endeudan, la política antidroga una excusa para seguir incurriendo en discriminación racial (al parecer solo detienen a negros por delitos relacionados con las drogas), las cárceles nidos de violencia y maltrato… y así sucesivamente. 
Y el problema no es que Michael Moore mienta, que no sé si lo hace, el problema es que ofrece una visión sesgada y parcial de la realidad, y aquello de “una verdad a medias es la peor de las mentiras” se convierte en el gran pecado de este docudrama que se sitúa en las antípodas de lo que un documental debe ser. No hay ni rastro de los problemas laborales de los trabajadores italianos o alemanes, solo aparecen los que son felices y aman a sus jefes (trabajan en las fábricas de Versace, Ducati o haciendo lapiceros para Faber Castell en Alemania). No sabemos nada de los problemas de drogadicción en Portugal o de la opinión de los noruegos acerca del confort con el que viven sus presos que como mucho son condenados a 21 años. Tampoco hay ningún problema en Túnez donde al parecer todos los líderes religiosos son tan tolerantes como el entrevistado. 
Hace tan solo unas semanas se estrenó un documental francés titulado Mañana, que hasta donde sé sigue en cartelera. En aquel documental, cuyo ideario de partida podría ser similar al de Michael Moore: encontrar soluciones para un mundo mejor;  el acento estaba en las ideas de pequeñas comunidades de personas que a lo largo del mundo ensayan nuevas formas de agricultura, métodos innovadores de obtención de energía o tratan de encontrar modelos de democracia más participativos.
En ¿Qué invadimos ahora? el acento está puesto en la omnipresencia de su director que a través de su voz en off o de su voluminosa presencia en plano se erige en protagonista de aquello que quiere contar. Y ojo. Lo hace muy bien. Michael Moore es uno de los mejores vendedores que conozco, tanto que sería capaz de vender cubitos de hielo a los esquimales. ¿Qué invadimos ahora? es enormemente entretenido, divertido a ratos, se ve con agrado y se entiende todo perfectamente. La capacidad didáctica de Michael Moore está fuera de toda duda y su talento filmando y montando es apabullante. Tampoco le falta inteligencia ni una visión clara y crítica de los problemas que asolan a su país y de posibles soluciones que al menos valdría la pena intentar. El problema radica en que Michael Moore se sirve parcialmente de la realidad y filma documentales como panfletos sin dar al espectador la más mínima posibilidad de cuestionarse lo que está viendo y escuchando. Y no. No todo vale. Ni siquiera admitiendo el alto contenido de sátira con el que Moore adereza su largometraje. Ni siquiera estando de acuerdo en muchos de los problemas que plantea. Como espectador necesito que me dejen pensar y Moore trata de aborregarme tanto como el sistema educativo que él denuncia.

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