Crítica de ‘Lobo (Theeb)’: El hombre es un lobo para el hombre

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Lobo (Theeb)

Hasta donde me alcanza la memoria, no recuerdo haber visto nunca antes una película de Jordania, y si ahora tenemos ocasión de ver una en las salas comerciales de nuestro país es, sin duda alguna, debido a su exitosa trayectoria internacional. Fundamentalmente a la nominación al Óscar a mejor película extranjera que hace unos meses la llevó a meterse entre las cinco finalistas al premio que finalmente se llevó El hijo de Saúl (László Nemes, 2015). 

Su título original Theeb ha sido mutado en España por Lobo, traducción literal del nombre del niño protagonista, un crío que vive en una tribu de beduinos en el desierto de Arabia mientras el mundo, en 1916, vive los peores momentos de la Primera Guerra Mundial. 
La tribu, tras la reciente muerte del patriarca, está regida por el hermano mayor de Theeb, que trata de mantener el legado de hospitalidad de su padre y ordena a su hermano mediano, Hussein, acompañar a un oficial inglés a una misteriosa misión siguiendo el camino de peregrinación a La Meca. Este camino, muy transitado en otros tiempos, ha sufrido una grave crisis con la llegada del ferrocarril (el mismo que aparecía en Lawrence de Arabia), lo cual ha puesto en peligro el trabajo de muchas familias de beduinos que durante generaciones han trabajado como guías de peregrinos a la ciudad natal de Mahoma. Como consecuencia, el camino es campo abonado para salteadores desaprensivos que atacan a los pocos incautos que se atreven a adentrarse en el mismo. 
Theeb (Lobo), el pequeño de los tres hermanos sufre ante la partida de Hussein y decide acompañarle en tan peligrosa misión sin el permiso de nadie. A partir de aquí comienza una clásica película de aventuras con tintes de western y cierto aire de relato iniciático de un niño, Theeb, que aprenderá en su propias carnes la verdad escondida en el dicho “El hombre es un lobo para el hombre” (Homo homini lupus como dijo Plauto). 
Theeb es la primera película del director jordano-británico Naji Abu Nowar, que a sus 34 años ha conseguido con su primera película nada menos que ser nominado al Óscar y recibir el Bafta al mejor debut cinematográfico del año. Nowar plantea con acierto el relato y lo conduce con rigor, pausándolo lo suficiente para que el espectador se detenga sin prisa en lo que sin lugar a dudas es el mayor activo de la película, la mirada del joven actor Jacir Eid Al-Hwietat que interpreta a Theeb. Uno de esos críos a los que adora la cámara y se merienda a los espectadores con los ojos. Sobre él recae todo el peso de la película y a su rostro recurre el director continuamente, como queriéndose asegurar de que todo lo que pasa es percibido por un niño de pocas palabras pero preguntas incómodas, al que nada escapa. 
La fotografía de Wolfgang Thaler es otra de las bazas fuertes de la película; el inhóspito paraje es retratado de forma que su grandiosidad (predominan los planos abiertos) acentúe el tono aventurero del film. A pesar de desarrollarse en el desierto, Thaler fotografía todas las texturas posibles y la tierra, el cielo, el fuego y el agua tendrán una enorme presencia estética y argumental en una película entretenida, emocionante, hermosa y con una importante carga poética desde el mismo inicio del film, cuando una voz en off recita un premonitorio poema que visto el film, supone una auténtica declaración de intenciones:
“Aquel que nada en el mar Rojo no puede conocer su verdadera profundidad, y no cualquier hombre puede alcanzar el fondo del mar, hijo mío. Por cuestiones de fraternidad, nunca rechaces a un visitante. Sé la mano derecha del justo cuando los hombres elijan su posición. Y si los lobos te ofrecen su amistad, no creas que es algo exitoso. No estarán a tu lado cuando te enfrentes a la muerte”.

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