Crítica de ‘La última apuesta’: Rutinaria crónica de dos ludópatas cruzando el Mississippi

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La última apuesta

Hay películas que no son buenas ni malas, divertidas ni aburridas, emocionantes ni repulsivas. La última apuesta es una de ellas. Todo en sus 108 minutos suena a ya visto, no puedo quitarme de encima la sensación de que lo que estoy viendo ya me lo han contado, y mejor, en otras ocasiones. El tormentoso mundo de las adicciones, sean estas a lo que sean, ha sido tratado multitud de veces en el cine por directores que han llegado mucho más lejos y por actores que han logrado transmitir mucho más tormento de lo que Ryan Reynolds y Ben Mendelsohn hacen en esta película. 

Dos adictos al juego, con perfiles diferentes eso sí, pero marcados ambos por el funesto autoengaño, se conocen accidentalmente e inician un viaje juntos para tratar de recuperar la pasta que han perdido a lo largo de su vida. Gerry (Ben Mendelsohn) es el clásico jugador apegado a su derrota, de aire melancólico y sonrisa lánguida con la que burlarse de su propia miseria, suele jugar en solitario hasta que se encuentra con Curtis (Ryan Reynolds), más joven, más entusiasta, más seguro de sí mismo pero igual de miserable que su recién encontrado amigo. 
A partir de ahí, La última apuesta toma la forma de road-movie a través de las ciudades del Mississippi. Les da lo mismo jugar al póker que al backgammon, la ruleta o los dados. También les sirven los canódromos o los hipódromos donde apostar en las carreras de perros y caballos. Y si no hay nada a mano apuestan a los dardos, al billar o al baloncesto, el caso es buscar continuamente la oportunidad de meterse en vena la adrenalina de poner en juego todo lo que tienen.  Nueva Orleans, Saint Louis, Memphis, Little Rock y Tunica serán las estaciones del viacrucis en el que Gerry y Curtis buscarán la mala suerte, frecuentarán prostitutas, se trasegarán sus buenas dosis de alcohol y buscarán pelea en una especie de masoquista huida hacia el dolor, como si la desgracia de no poder dominar sus impulsos ludópatas fuera poca y necesitaran una degradación aun mayor con la que culminar su suicidio social.
La película transita, como he dicho, por caminos trillados y sus guionistas y directores Anna Boden y Ryan Fleck no consiguen imbuirla de la fuerza necesaria para atrapar al espectador. La puesta en escena es de lo más convencional, basada en las clásicas localizaciones en moteles de carretera y casinos de medio pelo que al parecer deben ser legión en el interior de Estados Unidos.
Cierto es que los intérpretes tampoco ayudan a pesar de sus más que correctas interpretaciones. Ben Mendelsohn no tiene el más mínimo carisma y Ryan Reynolds está empezando a correr el riesgo de no terminar de despuntar como el gran actor que prometía ser en sus inicios y quedar reducido a Deadpools, Linternas Verdes, X-Mens y demás zarandajas. Necesita con urgencia un gran papel, un gran personaje y un gran director detrás que termine de darle el empujón hacia el salto que su filmografía deber dar ya de una vez. El resto del reparto apenas se hacen notar, de hecho, Sienna Miller me pasó completamente desapercibida en un fugaz personaje, lo mismo que Alfre Woodard que apenas tiene una secuencia. 

La última apuesta no aburre. Tampoco divierte. No es buena ni mala. Supongo que habrá espectadores que consigan conectar con estos dos tipos viviendo en el filo del abismo. No es mi caso, ni ellos ni los directores de la película consiguen que me importe un pimiento que ganen o pierdan en esta película tan fácil de ver como de olvidar.

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