Crítica de ‘La bruja’: Festivalera aproximación a la brujería poco terrorífica

Las críticas de Óscar M.: La bruja

Basada en (según los propios créditos de la película) multitud de historias de la época y documentación relacionada, La bruja cuenta la historia de una puritana familia colonial británica expulsada del poblado por diferencias en sus creencias católicas.
Aunque esta expulsión no queda nada clara ni se justifica en todo el metraje, el resultado es que la familia (formada por el matrimonio y cinco hijos) es obligada a buscar una nueva ubicación y se encuentra aislada en mitad de las montañas de Nueva Inglaterra y rodeados por un frondoso e inexplorado bosque.
El guión de Eggers narra con dificultad las repentinas desapariciones de los pequeños, mientras los adultos asisten estupefactos a los acontecimientos, algo similar a la sensación que tiene el espectador, que se encuentra perdido entre un sin fin de escenas poco claras, con resoluciones basadas en mostrar brevemente a la figura que habita en el bosque, acompañado de elevar la espectral banda sonora y pasar a un fundido en negro.
Durante la primera mitad, el espectador asiste con bastante desesperación a una acumulación de escenas enfocadas a representar la vida hogareña y habitual de 1620 más que a crear una ambientación terrorífica que atrape al público. Algo que se traduce en cierta desesperación por parte de la audiencia, sedienta de aquelarres y concubinas de Satán.
Por suerte, está la siempre perturbadora Kate Dickie, acompañada por un más que perfecto Ralph Ineson, con una capacidad vocal terrorífica. Los pequeños tampoco se quedan atrás, la joven Anya Taylor-Joy sostiene el personaje con soltura, mientras que el niño Harvey Scrimshaw tiene un momento cumbre y sobrecogedor hacia la mitad de la historia.
Junto al trabajo de los actores (un punto a favor del debutante director y guionista Robert Eggers), lo único salvable es una trabajada ambientación y un vestuario y peluquería exquisito, que consigue trasladarnos a la oscura y controvertida época colonial americana de principios del siglo XVII.

La única posibilidad satisfactoria para el visionado de La bruja es tomarla desde el punto de vista psicológico, de esta forma, la película explica a la perfección la paranoia y el pánico por el aislamiento que sufren los protagonistas, obsesionados con la existencia de un ser maligno en las inmediaciones. Claro que dicha teoría queda totalmente anulada y reventada por el fantasioso final.

Lamentablemente, no es suficiente para sacar adelante una película que tiene más un punto de vista más documentalista (aspecto que la acerca a El último exorcismo, evidentemente, sin el componente de metraje encontrado, por suerte) que intentar aterrorizar al público, algo que, definitivamente, no consigue en ninguna de sus forzadas escenas finales.
La bruja es, en su conjunto, una excelente película para el circuito de cine fantástico, pero que aburre al espectador más acostumbrado a otro tipo de propuestas más terroríficas, porque miedo, tensión o sobresaltos, no hay.

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