Crítica de ‘El juez (L´hermine)’: Maravillosos actores en una excelente película

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El juez (L´hermine)

Podría entenderse El juez (L´hermine) como una película de género judicial aderezada por una entrañable historia de amor o como una película de amor inmersa en un juicio. Ambas aproximaciones son perfectamente aceptables y he de confesar que no tengo claro a qué carta quedarme pues ninguna me hace sentir incómodo. El juez es una película amable, muy entretenida y con dos fantásticos intérpretes protagonistas que la engrandecen a pesar de las pocas pretensiones de su planteamiento. 

Michel Racine es un juez que corrige continuamente a quien se refiere a él como juez y prefiere ser llamado “Presidente del Tribunal”; de carácter desabrido y huraño, no tiene ningún inconveniente en dejar bien claro lo poco que le gusta la gente en general y algunos en particular. Durante los pocos días en que se desarrolla el film, los que dura el juicio en cuestión, se encuentra además enfermo de gripe, lo cual ensombrece aún más su misantropía. Y será una mujer, siempre es una mujer, la que rescate al juez Racine de su anodina existencia en un hotel, al que se ha visto abocado a vivir, tras separarse de su esposa. 
La mujer en cuestión es una danesa afincada en Francia, su nombre es Ditte Lorensen-Coteret y trabaja como anestesista, se trata incuestionablemente de una mujer hermosa, pero su atractivo no es el de los efímeros cánones marcados por las frívolas revistas de moda o los estúpidos programas de televisión. Es una de esas mujeres cuya belleza emana directamente de su humanidad, Racine no ha podido olvidarla a pesar del tiempo transcurrido desde que estuvo ingresado a su cargo en el hospital tras un accidente. En su memoria ha permanecido indemne la forma en la que Ditte se aproxima a la cabecera de la cama de sus enfermos y coge sutilmente sus manos para mostrarles algo más que profesionalidad médica, sin falsa afectación ni repugnantes melindres. 
La actriz danesa Sidse Babett Knudsen, a la que como muchos espectadores españoles conocí gracias a la espléndida serie Borgen, apoya su interpretación (como hace también en la serie) en la sutileza, en la franqueza de su rostro que aquí, alejado de las tensiones políticas y familiares del gobierno danés, aparece sereno, franco y diáfano. Le basta una leve modificación de su rictus para transmitir preocupación, duda, empatía o turbación. Su mirada, su sonrisa y la desafectada delicadeza de una feminidad apabullante empapan a su personaje del encanto suficiente para enamorar al juez Racine (y a algún espectador desprevenido). 
El juez Racine es el maravilloso actor Fabrice Luchini del que hace apenas unas semanas escribí a propósito de Gemma Bovery (Primavera en Normandía) y al que no parece que exista personaje que no pueda encarnar. Su creación en El juez es admirable, su transición de la amargura de su cotidianidad al azoramiento que le produce la contemplación de Ditte no necesita apenas palabras; basta con contemplar su mirada, sus tenues gestos y su divertido atolondramiento para entender lo que un hombre enamorado es capaz de hacer o decir. 
El resto del reparto está compuesto por una serie de actores poco conocidos que encarnan a los miembros del tribunal que ha de juzgar a un hombre acusado de matar a golpes a su bebé de meses, y a los testigos e intervinientes en dicho juicio. El desarrollo del proceso y las deliberaciones del tribunal están filmadas con acierto por Christian Vincent y muestran las peculiaridades del sistema judicial francés, un tanto diferente, aunque sólo sea estéticamente y en puesta en escena, al americano que tantas veces hemos visto en un género muy querido por el cine hollywoodiense. En algunos momentos es imposible no acordarse de la fantástica Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) con su ejemplar análisis de la duda razonable que puede llevar a un hombre de la inocencia a la culpabilidad. 
Suelo quejarme a menudo en mis críticas de las películas demasiado largas y que no saben hacer uso de la concisión para contar una historia. Suelen irritarme (y esto es muy personal) las que sobrepasan las dos horas a las que pocas veces encuentro justificación. El juez dura 98 minutos y se me hace demasiado corta, echo de menos saber más acerca de ese juez Racine atribuladamente enamorado, de esa encantadora mujer y de varios de los interesantes personajes apenas apuntados a lo largo de una película tan sencilla como inteligente que fue galardonada hace unos meses con el César a la mejor actriz de reparto para Sidse Babett Knudsen. Fíjense, los franceses, tan chauvinistas ellos, no tienen ningún problema en entregar los premios de su cine a intérpretes extranjeros, en España todavía hay quien protesta por nominar a Tim Robbins o Juliette Binoche al Goya
Finalmente no puedo dejar de hablar de la maravillosa canción “Dreamers” que aparece en un momento de la película y se repite en los títulos de crédito, durante los cuales casi me dejo los ojos extremando mi atención para enterarme del nombre de la dueña de esa cautivadora voz que me ha tenido más de una hora pegado a youtube al llegar a mi casa. Se trata de la francesa Claire Denamur a la que no conocía de nada y cuyos dos álbumes espero recibir en los próximos días gracias a una conocida empresa de internet (soy un antiguo, no me descargo música legal ni ilegalmente, necesito tocar los CDs).

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