Crítica de ‘Tres colores: Blanco’: Donde reside la igualdad

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Tres colores: Blanco

De los tres films que componen la trilogía de Kieślowski, Blanco es el único en el que el personaje protagonista es un hombre. No tengo claro que esto convierta la película en más masculina que Azul y Rojo pues las tres exploran valores (los consabidos lemas de la revolución francesa) y sentimientos que son por encima de todo humanos; pero sí es cierto que el hecho de colocar un sentimiento tan pasional como el amor, y más aún un amor platónico, en un personaje masculino otorga una singularidad a Blanco que la diferencia argumental y emocionalmente de las otras dos películas de la serie. 

El citado personaje protagonista, Karol, es un peluquero polaco interpretado por Zbigniew Zamachowski que es abandonado por su esposa francesa Dominique (Julie Delpy) que le acusa de no haber consumado el matrimonio. Tras el comienzo de la película con la célebre secuencia de la maleta en la cinta transportadora durante los títulos de crédito, la primera escena se desarrolla en los juzgados de París donde tiene lugar el juicio de divorcio entre ambos. Esta secuencia supondrá el cruce con la película previa Azul, en el momento en que Julie (Juliette Binoche) entra, buscando a la amante de su fallecido marido, en la estancia donde se está celebrando el juicio. 
“¿Dónde está la igualdad?, ¿el hecho de que no hable francés es una razón para que el tribunal se niegue a escuchar mis argumentos?” clama Karol durante el juicio después de que el juez le hubiera mandado callar y sentarse. Esa barrera del idioma que parece separar a Karol (polaco) de Dominique (francesa) es solo uno de los argumentos (acaso el más evidente) que Kieślowski utiliza para situar a su protagonista en la “desigualdad” de la que parte y de la que tratará de huir una vez que haya vuelto a Polonia escondido en una maleta, pero antes de eso, someterá a su protagonista a varias degradaciones más que le conducirán a tocar fondo: la pérdida de su dinero, el humillante nuevo gatillazo con Dominique y el encuentro con su compatriota Mikolaj (maravilloso el personaje creado por Janusz Gajos) cuando ya no le queda otro remedio que pedir monedas en el metro mientras toca melodías polacas haciendo vibrar su peine de peluquero cubierto por un papel (blanco). 
Precisamente Mikolaj será el detonante y el testigo de la total bajada a los infiernos de Karol en la secuencia más brutal de toda la trilogía, el fallido asesinato en el metro que Kieślowski filma con la limpieza y rigurosidad con la que un cirujano abre un abdomen. 
Pero muy pronto la película cambia de ciudad. El París de Azul es sustituido por la Varsovia natal de Kieślowski donde Karol comenzará a diluir su desigualdad a partir del momento en que trata de tirar una moneda al río y esta se le queda pegada en la mano, este anecdótico e intrascendente hecho será el detonante del cambio. Una vez más el azar juega un papel importante en el cine del director polaco.
Aprenderá francés, conseguirá un trabajo y empezará a ganar dinero convirtiéndose en un terrateniente. El dedo de Karol sigue el perfil de los planos sobre el papel como el de Julie seguía en Azul las partituras del “Himno para la Unificación de Europa”. En ambos casos, la canción en Azul y las parcelas de tierra en Blanco serán los resortes sobre los que los personajes reconstruirán los despojos a los que sus respectivas vidas habían sido reducidas. 
La concepción estética de la película es coherente con la de las otras dos películas a pesar de que como el propio Kieślowski reconoció en una entrevista, el blanco es el color más difícil de filmar en el cine pues no es realmente un color si no la ausencia del mismo. La fotografía en este caso es del también polaco Edward Klosinski y utiliza en varias ocasiones la localización en parajes nevados, una vez que la acción se ha trasladado a Polonia, para conseguir el predominio deseado. Blanco es también el coche de Dominique, blanca la bata con la que trabaja su hermano peluquero (al que da vida Jerzy Stuhr, uno de los actores referentes en el cine de Kieślowski), blanca la taza donde bebe, la escultura con la que viaja de París a Varsovia y cuyos rotos pedazos pega con cola blanca. Y blanca como la nieve es la piel del cuerpo de Julie Delpy, ese cuerpo cubierto por una sábana roja (fraternidad) que Kieślowski filma con sensibilidad y distancia en el momento culminante del film.
Los momentos Kieślowski están presentes en el largometraje, el anciano (en este film curiosamente también es masculino) tratando con dificultad de tirar una botella en un contenedor de vidrio, el sonido del aleteo de palomas que alzan el vuelo, la utilización de los primeros planos de los personajes protagonistas como herramienta narrativa, el meticuloso lenguaje corporal de sus actores dirigidos minuciosamente con el primor con el que un pintor aplica sus pinceladas más finas; o los célebres planos detalle cargados de simbología que son seña de identidad de su cine: una moneda girando sobre un tablón de madera o el agua cayendo lentamente de la jarra a la taza al ser servida son solo algunos ejemplos en Tres colores: Blanco
La interpretación de Zamachowski tiene la hondura necesaria de un personaje al que si lográramos abstraernos de su desgracia podríamos encontrar cómico: una paloma suelta sus excrementos sobre su chaqueta cuando se detiene admirado a contemplar el cielo surcado por su vuelo, su tarjeta de crédito que no en vano es de color azul (libertad) es cortada con unas tijeras de manera inmisericorde por la empleada del banco, y su accidentado viaje en avión introducido en el interior de la maleta en unos tiempos pre 11-S en los que esas cosas eran (tal vez) posibles.
Con Blanco, Krzysztof Kieślowski recibió el Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín de 1994. Aunque la película no tuvo tanta repercusión como había tenido Azul un año antes y tendría Rojo unos meses después, Blanco es la perla oculta de la trilogía con momentos cautivadores como ese inolvidable final con los planos de Dominique y Karol mirándose desde la distancia. Durante mucho tiempo fue mi película favorita de las tres, creo que motivado por una identificación con el amor platónico que sufría el protagonista (masculino) que no era tan fácil (la identificación) con las protagonistas femeninas de las otras dos películas. Hoy he vuelto a verla antes de escribir estas líneas y sigue pareciéndome una película maravillosa. Me dan mucha envidia los que mañana puedan verlas por primera vez en pantalla grande.

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