Crítica de ‘Luces de París’: El amor está en la granja (o en París)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Luces de París

Coinciden en su fecha de estreno dos películas francesas de 2014 con la casualidad añadida de que ambas se desarrollan principalmente en la región de Normandía. Una de ellas, Gemma Bovery se ha titulado en España Primavera en Normandía (Anne Fontaine) y la otra, la que nos ocupa, titulada La Ritournelle (que literalmente podría traducirse como “El estribillo”) se estrena en nuestro país como Luces de París

El cuarto largometraje de su director Marc Fitoussi (y si no me equivoco, el primero que se estrena en España) es una amena comedia romántica protagonizada por Isabelle Huppert y Jean-Pierre Darroussin que dan vida a Brigitte y Xavier Lecanu una pareja de mediana edad (no me hagan precisar) que se dedica a la cría y explotación de vacas de la conocida raza charolesa. La monotonía de la vida rural en su pueblo normando y cierto desgaste, que según dicen es normal en una relación prolongada, hace que Brigitte se sienta atraída por un insustancial guaperas jovencito (Pio Marmaï) con el cual trata de reencontrarse en París urdiendo una supuesta casualidad. 
Durante el primer tercio del film, que transcurre en Normandía, Fitoussi ejerce cierta labor documental sobre cómo son criadas las vacas charolesas, parto incluido, al tiempo que presenta a sus personajes. Mientras Xavier vive entregado a su trabajo con devoción, Brigitte parece atrapada en el aburrimiento de ver todos los días las mismas inexpresivas caras vacunas. Una supuesta consulta médica en París llevará a Brigitte a la capital donde vivirá un par de días de huida de su anodina existencia en la granja y se verá deslumbrada por el encanto de París y por un atractivo danés más afín a su edad (Michael Nyqvist) con quien coincidirá en su hotel. A partir de aquí, el tono (seudo) documental cede ante la comedia romántica.
Con estos ingredientes, Marc Fitoussi y Sylvie Dauvillier, autores del guión, fabrican una entretenida historia sobre la decadencia del amor conyugal, el deslumbramiento ante espejismos de amor, las segundas oportunidades, y el descubrimiento de que a menudo, lo más valioso que alguien puede tener en la vida es precisamente lo que ya tiene. 
Isabelle Huppert ocupa por completo los carteles españoles de la película desplazando al fantástico actor Jean-Pierre Darroussin, poco conocido en nuestro país, pero al que los seguidores de las películas de Robert Guédiguian reconocerán como uno de sus habituales. Siempre me ha gustado mucho este actor poco dado a los aspavientos, de esos que expresan sus emociones a base de miradas y silencios. Las secuencias de su paseo por París en pos de su mujer o la del teatro donde permanece como atento espectador de las acrobacias de su hijo están llenas de sentida emotividad. 
No suelo empatizar muy a menudo, sin embargo, con Isabelle Huppert, una actriz que suele resultarme demasiado fría, aunque me gusta mucho más en películas como esta en las que no se toma demasiado en serio a sí misma que en otras donde se deja llevar por el afán de trascender. En Luces de París, la Huppert crea un personaje vulnerable, querible, y con un adecuado balance entre cierta inocencia infantil y un coqueteo adulto no exento de gracia. Su plano final es francamente brillante y aunque muy lejos del de Charlotte Rampling al final de 45 años, tiene ciertas similitudes que me lo han traído a la memoria. 
Aunque existen ciertos altibajos en el metraje con algunas secuencias mediocres (el personaje de Marina Foïs como la hermana de Xavier resulta totalmente fallido); el amable tono general con el que es narrada la historia, las salpicaduras de comicidad que impregnan varias escenas y algunos momentos de particular belleza como el emotivo encuentro entre Xavier y su hijo acróbata al que observa con arrobo mientras ensaya uno de sus números, son suficientes para que el espectador disfrute de un cine sin grandes pretensiones que consigue por encima de todo algo tan agradecible como entretener.

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