Crítica de ‘Spotlight’: «El periodismo es publicar lo que otros no quieren que se publique»

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Spotlight

Cuando la prensa en papel está sufriendo uno de sus peores momentos y la información se dispara en nuestro muro de Facebook con artículos sin verificación o tergiversados, o con breves vídeo colgados en Youtube, una película como Spotlight recupera el romanticismo de la profesión periodística y su trabajo de investigación. Spotlight es uno de los títulos más humildes en disputarse el Oscar a mejor película.
Pero si parece pequeña ante la épica de películas como El puente de los espías o Mad Max, se proyecta enorme en la pantalla gracias a un ensamblaje perfecto de guión y reparto. Si hace unas décadas todo estudiante de periodismo deseaba ser Robert Redford o Dustin Hoffman destapando el Watergate en Todos los hombres del presidente, sin duda no serán pocos los que sueñen ahora con ser Mark Ruffalo, Rachel McAdams o Michael Keaton sacando a la luz uno de los mayores escándalos de comienzos de siglo XXI.

Si el año pasado el director y guionista

Tom McCarthy
era vapuleado por crítica y público por su trabajo en Con la magia en los zapatos, con Spotlight parece encorsetarse en la impecabilidad de dirección de los dramas periodísticos clásicos, porque esta película huele a Todos los hombres del presidente, a El filo de la noticia o a Network. Hacía diez años, desde Buenas noches, buena suerte, que el mundo del periodismo no se reflejaba de un modo tan honesto en una película, pero Tom McCarthy, en colaboración con, Josh Singer, uno de los guionistas de El ala oeste de la Casa Blanca, hacen de Spotlight un fascinante viaje a través del trabajo de investigación que un grupo de periodistas han de emprender para destapar un escándalo.

En este caso el guión no ha tenido que echar mano de imaginación. Spotlight es la historia real de cómo el Boston Globe destapó el encubrimiento de la Iglesia Católica de cientos de casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes. Pero lejos de regocijarse en el escándalo, la película es un acercamiento al trabajo de investigación de cada miembro del equipo que va desde las entrevistas personales a víctimas de abusos, a la lucha legal para destapar archivos que la iglesia católica tenía blindados a la prensa. Este escándalo no sólo perjudicaba a la iglesia sino que, en uno de los estados con más católicos de Estados Unidos como es Massachusetts, avergonzaba también al poder judicial y a la propia prensa que había pasado décadas silenciando acusaciones de víctimas.


McCarthy y Singer han sabido encontrar el equilibrio entre todos los reporteros y ninguna historia se desarrolla más que otra. En ese sentido, los personajes permanecen desconocidos para el espectador; no sabemos nada de su vida anterior, ni sabremos nada de su vida futura, la película se centra en ellos con respecto a la noticia, de la manera más fidedigna posible, sin crear tensiones innecesarias. No hace de ellos héroes sino profesionales, convirtiendo a la película no solo en una crítica hacia cómo se silencian los escándalos de las instituciones poderosas, sino en una apología del buen periodismo. Del mismo modo, en lo que a las víctimas se refiere, permanecen en un lugar de respeto y dignidad, y el dolor se expresa a través de sus palabras, sin dramatizar innecesariamente. Por eso la película evita el llanto y cuando este ocurre se narra a posteriori: porque se busca un equilibrio entre lo metódico y lo emocional, despertando la empatía del espectador, que no la lástima.

Pero más allá del guión, 
Tom McCarthy
dirige un increíble elenco de actores de los que no se puede destacar solo uno. La razón por la que Mark Ruffalo está nominado al Oscar casi parece elegido a sorteo porque ninguno de ellos despunta entre el resto sino que funcionan en una armonía perfecta.


Michael Keaton como editor del departamento está más que convincente. Su interpretación fría es bienvenida en el papel de Walter “Robby” Robinson, un verdadero bostoniano que ha de pendular entre su ética periodística y sus contactos dentro de la clase alta de la ciudad y se mantiene continuamente cauteloso. Rachel McAdams en el papel de Sacha Pfeiffer se redime de su trabajo en la segunda temporada de True Detective y defiende su talento con un interpretación contenida. Liev Schreiber interpreta a Marty Baron, instigador de la exclusiva y lo hace con la disciplina que siempre acompaña a su trabajo, perdiéndose en la piel de ese “forastero” capaz de ver lo que los ciudadanos de Boston no ven. En ese sentido, el de Schreider es un personaje que tiene mucho en común con Mitchell Garabedian, interpretado por Stanley Tucci. Garabedian ha enfocado su carrera de abogado a la defensa de víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la iglesia, y Tucci en su piel, en el poco tiempo que aparece en pantalla, nos recuerda que no todas las injusticias de la Academia se apellidan DiCaprio.

El magnífico guión delega por completo en las interpretaciones y evita cualquier distracción técnica. La cámara se mantiene estática y la banda sonora de Howard Shore es de una sobriedad que se aleja por completo a su trabajo en El señor de los anillos o Gangs of New York y se asemeja más a las composiciones que hizo para Philadelphia, El cliente o Copland. El resultado es sencillo y elegante, a juego con los exteriores de la ciudad de Boston.

El pragmatismo de su narración, el magnífico trabajo de sus actores y la fascinante zambullida en el mundo de la investigación periodística hace de Spotlight una de esas películas que nos empeñamos en repetir que ya no se hacen en Hollywood. Se hacen, sí, y si el artículo del Boston Globe se llevó un Pulitzer, no podemos más que presagiar el mismo éxito para la película.

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