Crítica de ‘Point Break: Sin límites’: Adrenalina irreflexiva y devaluación del cine

Las críticas de Carlos Cuesta: Point Break: Sin límites

Hay un disco de 4 non blondes titulado Bigger, Better, Faster, More! (¡Más grande, mejor, más rápido, más!). La deriva de la industria del cine (norteamericana) podría diagnosticarse con esta frase sino fuera por lo de Better (mejor), que no se cumple casi nunca. El dinosaurio más grande, la explosión más fuerte, el coche más caro y los cuerpos más modelados es la clave de una huida hacia delante donde la originalidad y la superación se quedan en la fachada, y a veces ni eso. De Point Break (1991) a Point Break: Sin límites (2015) hay una notable regresión y una evidente devaluación del cine. Comparar ambas y a sus protagonistas es demasiado injusto.
A fuerza de insistir, Hollywood está perdiendo incluso la capacidad de decepcionarnos. Ya ni siquiera es interesante saber cuánto hay de homenaje y cuánto de oportunismo en la vacuidad de rehacer Point Break, aquella película que en España se estrenó con el sugerente título de Le llaman Bodhi. El argumento inicial coincide en la idea de unos deportistas extremos que aprovechan sus cualidades para cometer delitos; un agente del FBI se infiltra en la banda y acaba acorralado por un dilema entre el deber policial y la lealtad con el enemigo, surgida de la fraternidad y el carisma. En la nueva producción se indaga en una faceta más activista, ecológica y espiritual enfrentada al ansia capitalista de las corporaciones, y el protagonismo declarado del surf cede importancia a otro tipo de disciplinas deportivas. Al final, el título más reciente se limita a una acumulación de ideas incompletas sobre la responsabilidad del hombre con el planeta, la sociedad audiovisual y la esponsorización.

Decir que Edgar Ramírez no es Patrick Swayze, porque no lo alcanza, y que Luke Bracey no es Keanu Reeves, repito, es evidente, injusto, casi inútil. Ni siquiera Keanu Reeves era Keanu Reeves cuando se puso a las órdenes de Kathryn Bigelow. Por contra, en 1991 Swayze ya había enamorado a medio planeta con Ghost y Dirty Dancing; Keanu Reeves se cobró entonces una fama que lo convertirían en el elegido de Matrix, en el héroe de Speed y Constantine o en la víctima propiciatoria de Pactar con el diablo junto a Al Pacino. Edgar Ramírez tiene un poderoso atractivo y un rostro feroz y disfruta de un carisma animal con destellos de autenticidad. Si embargo a él y a su compañero Luke Bracey los han arrojado desarmados al capricho de un guión insulso donde la filosofía que motiva a los deportistas-ladrones se queda a medio definir; abandonados a que les destroce la incoherencia de sus papeles, la confusión de una narración fracturada aferrada a la incoherencia, cosida a ritmo de videoclip y con un montaje áspero y brusco en la mayoría de su metraje.

Fue automático salir del cine de ver Point Break: Sin límites y pensar en Corrupción en Miami, por decir un solo título de todos en los que me vinieron a la cabeza. En el segundo remake apestó la forma en que tomaron la serie de culto para captar fraudulentamente al público, barnizando de antihéroes de vuelta de todo a dos agentes antivicio de los que apenas tomaban los nombres. En los dos remakes, la actitud de los protagonistas está cubierta de un postureo que revela no ya la decadencia de sus personajes, sino de la época en la que se ha estrenado la película. Bodhi y Utah ya no son Bodhi y Utah ni son dos surferos cuya relación cuestionaba el sentido y los límites de la amistad y la lealtad; ahora son dos cafres capaces de dominar de forma innata cualquier deporte y que creen poder sustituir la preparación con la mera síntesis de su atractivo y su desesperación.
El agente Pappas (interpretado por Ray Winstone y por Gary Busey en la original), enlace del FBI para el nuevo Utah, es el único asomo de coherencia y sentido común en este fuego fatuo de testosterona y épica-pop. Su brusca comicidad pone sobre la mesa las verdades del barquero sobre la frivolidad new age tan confusa de los antagonistas todoterreno que contamina el raciocinio del héroe infiltrado; aparte, disfruta de los únicos diálogos que parecen salidos de un cerebro y no de un libro de autoayuda de Osho o de un episodio del Capitán Planeta. Delroy Lindo, en el papel de instructor de Utah, debe estar contento con las frases idiotas que han hecho salir de su boca.

La película se lo juega todo a la espectacularidad de las escenas de acrobacias aéreas, paracaídismo, surf, snowboard y motocross. La secuencia del vuelo humano es la más vistosa y conseguida junto con la caída libre de los paracaidístas para liberar los palés de billetes. Por momentos incluso llegan a conectar con un espectador no adicto al Red Bull y a introducirlo en la historia. Eso dura poco porque la estructura y el montaje del film no logra encajar dotar al conjunto de unidad y culmina con una secuencia con tan poca lógica y tan mal ejecutada a nivel de efectos especiales que cierra el film en el clímax del despropósito.

El argumento de la superación de ocho pruebas deportivas imposibles combinadas con golpes a las grandes corporaciones de la industria extractiva podría haber funcionado sin recurrir de una forma tan grosera a la fama del título que le precede. Podrían haber sido una producción entretenida y emocionante al margen del remake si su mensaje espiritual y anticorporativo se hubiera elaborado para darle verdadero sentido y consistencia. La película y su guión parecen construidos deprisa y corriendo, en consonancia con la acción de sus protagonistas que arriesgan su vida en hazañas imposibles sin apenas sentido. Pero si lo que quieres es ver cafres en moto, paracaídos o en tabla de snowboard y los guiones rápidos y furiosos te emocionan, no te la desaconsejo. Pero incluso si eres ese tipo de espectador, los golpes dramáticos no te provocarán ni frío ni calor. De todos modos, ¿quién se acuerda del tipo que se muere al principio o quién de los dos es Bodhi?

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Point Break: Sin límites’: Adrenalina irreflexiva y devaluación del cine

  • el 5 enero, 2016 a las 8:11 am
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    Jajajajja cuanto tiempo que no me acordaba de 'Capitán Planeta'!!!

    Lo cierto es que coincido plenamente contigo, incluso a pesar de tener la sensación (tras pasar unos días) de ser una película entretenida de acción, más en la línea de 'Fast and Furious' que de 'Le Llaman Bodhi'. Del original poco más que los nombres quedan, y podrían haber hecho un producto independiente e interesante, pero recurrir a un título de "culto" por captar posibles espectadores que van a ver lo que luego no encuentran, me parece engañar al espectador. Al menos no se han dignado a titularla como la original en España.

    El fin de semana pude ver de nuevo la película en la que "se inspira" ésta, y el carisma de los personajes y la trama, distan mucho del producto repleto de adrenalina que aquí se nos presenta. Me quedo con la escena del vuelo sin motor y con Edgar Ramirez, que es un actor cada vez más consolidado y que creo que necesita mejores guiones pero que en el cine de acción ha demostrado que ya está aquí.

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