Crítica de ‘La juventud’: Cuando las emociones son todo lo que tenemos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La juventud

No sabría precisar a partir de qué momento comienza  a dar vértigo hacerse mayor. Tampoco tengo claro si es meramente una cuestión de edad, de sumar años como fenómeno matemático y biológico o tiene más bien que ver con una toma de conciencia sobre determinadas condiciones a las que la vida nos somete. La asunción de responsabilidades derivadas del trabajo o de vínculos afectivos y familiares que van desmontando poco a poco el castillo de naipes sobre el cual edificamos nuestra infancia y tratamos a toda costa de mantener en pie durante la volátil quimera de la juventud. 

De todas esas condiciones, la paternidad es sin duda la que me ha colocado en mi sitio, un lugar desde el que contemplar la vida y el paso del tiempo como la turbadora experiencia que en realidad es entrar en la madurez. 
Intuyo con desasosiego que la siguiente estación será la transición entre el deterioro físico (hay que ver cómo se estropean los cuerpos que diría Lina Morgan) y la decrepitud del envejecimiento; la contemplación del espectáculo de ver encanecer (o caer) el cabello o colgar flácidas las carnes en otro tiempo enhiestas se acompañará de estados emocionales que ahora mismo no alcanzo a vislumbrar. 
Y precisamente así ven pasar los días los octogenarios Fred Ballinger (Michael Caine) y su amigo Mick (Harvey Keitel) en un lujoso hotel balneario en los Alpes suizos. Ambos hacen convivir su decrepitud física con la evaporación de su potencia creativa. Músico uno (Caine) y director de cine el otro (Keitel) han llegado a una edad en la que no tienen ganas (Caine) ni inspiración (Keitel) para continuar con su vida artística y cuentan como buenos los días en los que sus respectivas próstatas les permiten dar alivio con relativa facilidad a sus vejigas. 
Este es el material del que se ocupa Paolo Sorrentino en La juventud, película que llega con un escandaloso retraso a la cartelera española tras haberse presentado en la última edición del Festival de Cannes y haberse estrenado en prácticamente todo el mundo (en Francia ya se puede comprar en DVD para que se hagan una idea). 
El cine de Paolo Sorrentino no entiende de sencillez, su discurso es intelectualmente elevado, su puesta en escena aparatosa y su modo de filmar está tocado por ese don que pocos directores poseen y que las convenciones cinematográficas han dado en llamar autoría. Hace un par de años, con su anterior film La gran belleza, Paolo Sorrentino dejó con la boca abierta al público cinéfilo de todo el mundo, a la inmensa mayoría de la crítica y a las academias encargadas de repartir los premios del año que además del BAFTA, el Globo de Oro y el Óscar  le otorgaron nueve David de Donatello y  cuatro Premios del Cine Europeo
Con La juventud no ha conseguido tal nivel de unanimidad y no acabo de comprender porqué cierto sector de la crítica le ha dado la espalda. Comparte con La gran belleza el embriagador estilo de su director y el aroma contemplativo de la vida como una experiencia estética más que ética o moral. Sorrentino huye de la mundanidad de La gran belleza para situar a sus personajes en un microcosmos en el que solazar sus cuerpos al tiempo que encaran una existencia en retirada con una mezcla de insatisfacción y autocomplacencia. Hay, en mi opinión, mucha más potencia en el discurso de La juventud que en el de La gran belleza en la que el derroche estético era tan mayúsculo que se apoderaba de todo lo que la película pretendía contar, a menos que el espectador la viera dos, tres, cuatro… veces. 
La juventud, sin embargo, tiene un relato potente en sí mismo y perfectamente engranado por un fantástico reparto que hace mucho más que acompañar al dúo protagonista citado. De entre todos ellos, a pesar de lo ensalzado que ha sido el (breve) papel de Jane Fonda (nominaciones a grandes premios incluidas), me quedo fascinado con la magnética Rachel Weisz a la que es imposible dejar de mirar cada vez que aparece en plano como la hija de Ballinger/Caine. Ambos, padre e hija, tienen varias secuencias memorables llenas de inteligentes diálogos en los que el rencor y el amor se funden en un mismo afecto. Weisz devora la cámara con un largo parlamento en exigente primer plano que debería figurar en el ideario de cualquier aspirante a actriz. 
Rachel Weisz encarna casi toda la potencia femenina (con el permiso de la voluptuosa Madalina Ghenea en su mítica aparición) de un film que quizá conecte mejor con la sensibilidad del espectador masculino pues si, como dicen psicólogos y sociólogos, crecemos y maduramos de forma diferente, ¿por qué no pensar que también envejecemos de forma diferente? En ningún caso quiere esto decir que La juventud sea una película para hombres, la contemplación de la juventud y los ajustes de cuentas con el pasado son una materia universalmente humana que no atiende a distinciones de género. 
Michael Caine ha sido siempre un grandioso actor, y ahora, en la recta final de su carrera le basta sostener la mirada con aplomo para decir más que otros actores con largos recitativos y grandes aspavientos. Su dicción y su porte le convierten en uno de los actores más elegantes que ha visto el cine. También brilla Harvey Keitel cuyos recursos interpretativos habitualmente se apoyan más en la fuerza que en la contención y aquí adopta con acierto una gran diversidad de estados de ánimo que le llevan de la euforia a la tristeza sin perder un ápice de autenticidad. Y notable es la corte de secundarios liderados por Paul Dano y en el que no falta hasta un sosias de Maradona para apuntalar la decadencia de un glorioso pasado que sin embargo pervive en la memoria de sus admiradores. 
Capítulo aparte merece la música y el manejo que de ella hace Sorrentino a lo largo de la película. La (bonita) partitura de David Lang es devorada por el buen puñado de canciones que jalonan el metraje, desde la fantástica versión de “You’ve got the love” de Florence + the Machine interpretada por The Retrosettes hasta la “Simple Song Nº3” que supone la única nominación de la película al Óscar en la categoría de mejor canción. Escaso reconocimiento a una gran película que en mi opinión merecía muchísimo más. Confío en que el tiempo la pondrá en el sitio que merece. Los temas que trata no pasan de moda.

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3 comentarios sobre “Crítica de ‘La juventud’: Cuando las emociones son todo lo que tenemos

  • el 23 enero, 2016 a las 3:43 pm
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    El asunto musical de esta película me parece que da para tener una crítica propia. A pesar de que la escena inaugural de la película no me gustó mucho, la "Simple Song #3" es imposible escucharla sin emocionarse.

    La película, por otro lado, es fantástica. Paul Dano – que yo no conocía, al menos tan mayor -. Y es verdad que merece muchos más elogios de los que le han regalado. No creo que todo el mundo sea capaz de crear una película así.

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  • el 23 enero, 2016 a las 7:43 pm
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    Efectivamente, la música de la película es excepcional. A mí si me gustó mucho la canción de la secuencia inicial y me sirvió para encenderme y ponerme alerta que iba a ver una película excepcional. La Simple Song#3 es maravillosa. Aunque cuando la interpreten en la gala de los Óscar, ya estoy escuchando al "tonto de turno" entre los comentaristas de la tele diciendo que es el momento aburrido de la noche.

    Paul Dano está muy bien en esta película, está madurando bien, ahora hace falta que le den buenos papeles y no simplezas. Hay un actor ahí dentro.

    Coincido en que es una película fantástica. Releo ahora esta crítica que escribí hace apenas unos días y creo que me quedé corto con los elogios. Ojalá tenga mucho éxito.

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  • el 30 enero, 2016 a las 8:04 am
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    He vuelto a escuchar la canción un par de veces la semana después de ver la película, y me parece mucho mejor aún.

    Podrían usar la canción de fondo cuando hagan el homenaje en la gala. Al día siguiente de los Óscars lo sacarían en todas las noticias de aquí y quién sabe si consigue que la prorroguen en el cine.

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